Un Acuerdo entre Damas

BY : El8Culpable
Category: Spanish > Celebrity
Dragon prints: 130
Disclaimer: Esta es una obra de ficción. NO sucedió fuera de mi imaginación. Sus únicos personajes reales son las famosas que aparecen, a las cuales no conozco personalmente. No he ganado ni un puto centavo con la escritura de esta historia.

Prefacio: ¡Y ahora me retraso un día a la hora de postear mis historias! ¡Me cago en la...! Pido perdón DE NUEVO y espero, DE NUEVO, que el siguiente mes no vuelva a suceder esto.

ADVERTENCIAS:
La versión original de esta historia fue publicada el 27 de octubre de 2019.
Está ambientada en Estados Unidos, un país que no he visitado (de hecho, nunca he salido de mi país natal). Espero que este hecho explique todas las imprecisiones acerca de cómo son las cosas en esa nación que pueda contener la historia.
Le he realizado algunas modificaciones que espero que lo hagan más disfrutable.


Cuando la supermodelo brasileña Adriana Lima tomó asiento para esperar, ocultó la sorpresa que le produjo reconocer a la mujer que estaba sentada a su lado: la supermodelo israelí Bar Refaeli. La rubia también ocultó su propio asombro. A pesar de que, al principio, por razones que luego no sabrían explicarse, fingieron que no se conocían e intentaron ignorarse, unos quince minutos después Adriana decidió que debían dejar de portarse como tontas y empezó a darle plática a la israelí. Al poco tiempo, ambas modelos habían determinado que no estaban allí al mismo tiempo por coincidencia: las dos habían sido contactadas, y de la misma exacta manera, por Jennifer Lansbury.

Jennifer Lansbury era uno de los nombres más importantes y poderosos de la industria de la moda a nivel mundial. Es cierto que las llamadas que recibieron fueron de lo más extrañas: uno de sus agentes les dijo que las quería para un proyecto en particular pero, desde el principio, aclaró que no era un trabajo de modelaje, afirmó que probablemente nunca antes habían hecho algo como esto pero que, a pesar de todo, era una oportunidad para hacer una fuerte suma dinero sin esforzarse mucho… lo mismo para ambas mujeres… Todo era muy extraño y sospechoso pero, cuando alguien como Jennifer Lansbury te llamaba, tú no podías hacer oídos sordos. Es por eso que estaban allí, sentadas esperando afuera de su oficina. Todo a su alrededor hablaba de DINERO (así, en mayúsculas); sumas que era muy difícil que, incluso ellas, dos de las más grandes supermodelos de todos los tiempos, llegasen a ver alguna vez.

Tras una larga espera (lo bastante para hacer que empezaran a bufar de impaciencia), finalmente la secretaria de la Gran Señora les dijo que podían pasar. Tuvieron otra sorpresa: iba a atenderlas a las dos al mismo tiempo. Ambas se preguntaron cuántas sorpresas más les deparaba ese día.

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Cualquiera que supiese un mínimo sobre el mundo de la moda sabía quién era Jennifer Lansbury. Adriana y Bar por supuesto que habían escuchado de ella (aunque nunca estado siquiera cerca de la magnate)… y tenían que reconocer que estaba a la altura de su reputación: alta, severa, imponente, dictatorial… era como una madrastra malvada de una película de Disney, sólo que mucho más fría, dura y temible… y con un guardarropa mucho mejor… Adriana y Bar, a pesar de ser dos de las supermodelos más famosas y exitosas del mundo entero, no tenían ningún problema en reconocer para sus adentros que estaban intimidadas.

Cuando entraron en la oficina, ella se limitó a indicarles con un ademán que se sentaran para, después, simplemente quedarse viéndolas un largo rato con sus ojos gélidos y penetrantes desde el otro lado de su escritorio, hasta que las modelos empezaron a removerse incómodas y nerviosas en sus asientos.

Finalmente, la Gran Señora sacó una foto de una gaveta del escritorio y, sin decir palabra, se la pasó a las modelos. En esta se veía lo que parecía ser un chica muy joven y muy hermosa, de inmaculada apariencia angelical, que, cosa extraña, vestía ropas de varón. La “chica” sonreía de una forma que podría ser calificada como “triste” sólo en el mejor de los casos.

Cuando ambas le hubieron dado un buen vistazo, la Sra. Lansbury les hizo otro ademán para que le devolvieran la foto y, al recuperarla, la guardó antes de finalmente hablar:
—Esa es una foto de mi hijo, Scott.

En los rostros de ambas modelos se dibujaron idénticas expresiones de sorpresa. ¿Era un chico? ¡Pero si lucía tan femenino como ellas!: su vestimenta no podía ocultar un cuerpo sumamente delgado y esbelto; su rostro tenía los rasgos perfectos y delicados que parecían hechos a la medida de las portadas de catálogos de cosméticos, con una inmaculada tez marfileña, grandes ojos almendrados de color verde oscuro, pestañas larguísimas y muy densas, una nariz pequeña, recta y elegante y una boca chiquita con unos labios delgados pero sensuales de color rosado pálido. Por último, su cabello era una luenga cascada de seda de color rubio pálido.

Aunque la cara que pusieron las modelos cuando ella lo presentó como su “hijo” en lugar de su “hija” le pareció profundamente ofensiva, la Sra. Lansbury no dejó traslucir lo que sentía y simplemente procedió a explicar como Scott, de 14 años, tenía unas calificaciones perfectas, unos modales perfectos, era saludable, hermoso y, en resumen, era todo cuanto una madre podía desear en un hijo.

Ninguna de las dos famosas se sorprendió porque la Sra. Lansbury no comentara los rumores acerca de cómo había conseguido a su hijo: a saber, que se había casado con un donnadie sumiso y manipulable y que, una vez el niño hubo nacido, se divorció de su marido asegurándose que no viese ni un centavo de su dinero ni, más importante, que volviese a tener ningún contacto con la criatura en lo que le restase de vida ni llevase el apellido de este.

Una vez hubo terminado de contar la hagiografía de su retoño, la Sra. Lansbury volvió a guardar silencio. Esta vez su mutismo se alargó y se alargó hasta que Adriana, finalmente, se aclaró la garganta antes de, con timidez, preguntar:
—Y… ¿Qué desea que hagamos por usted?

La Gran Señora lo explicó. En los rostros de Adriana y Bar se formó una expresión que traslucía lo escandalizadas que estaban pero la Sra. Lansbury no les dio la oportunidad que pronunciaran las negativas que predeciblemente iban a replicar. De inmediato se puso a extender sus argumentos; ella había llegado hasta donde estaba, en parte, por un talento innato suyo para convencer a las personas para que hicieran lo que ella quería que hicieran (como decía la expresión popular, “era capaz de venderle hielo a los esquimales”) y, cuando terminó de hablar, para su satisfacción, que no dejó traslucir, notó que ambas modelos habían decidido escucharla un poco más antes de decidir nada. Después de eso, todo se redujo a un simple insistir de forma inteligente hasta que aceptaran su oferta y fijar un precio. Dicho precio sería elevadísimo, un ojo de la cara prácticamente, pero, además de poder permitírselo, pensaba que el fin justificaba los medios.

Sólo restó pulir los detalles para que, al final, dando por terminada la reunión, estrechando las manos de ambas modelos, cerrara diciendo:
—Entonces… esto es un acuerdo entre damas, ¿cierto?
—Sí —respondió Adriana con voz neutra y muy seria. Bar se limitó a asentir en silencio.

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Al salir de la oficina, Bar y Adriana decidieron buscar un lugar privado donde seguir discutiendo. Bar propuso a Adriana que hablaran dentro de su auto (las dos habían venido conduciendo a la reunión en la clase de deportivos último modelo que imaginas que bellezas como estas conduzcan), lo cual aceptó la modelo brasileña. Una vez dentro, compartieron sus dudas. Ya estaban empezando a arrepentirse, les costaba creer que hubiesen aceptado; sin embargo, ahora que lo habían hecho, sentían que ya no podían retractarse y, para que negarlo, la suma que les prometió la Lansbury era demasiado tentadora, así que optaron por continuar de todos modos. Otra cosa que les hizo más fácil seguir con el trato fue el que ellas hubiesen notado que todo esto no era mucho más sencillo para la Gran Señora (a pesar de todos los esfuerzos de esta para aparentar indiferencia): no pudieron no percibir que, durante la reunión, la empresaria se la pasase apretando los dientes tanto que daba la impresión que en cualquier momento iban a astillarse (habría que ser ciego para no darse cuenta que ella se estaba controlando para no estallar). La idea de que esto no era mucho más fácil para la Lansbury que para ellas hizo que a regañadientes se estableciera una conexión entre las tres que lo hacía todo un poquito más digerible.

—En fin… —concluyó Adriana, y suspiró antes de añadir—: allá vamos.

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UNA SEMANA DESPUÉS
Scott suspiró. Su madre (en toda su vida, siempre había pensado en ella como “madre” y nunca como “mamá”) le había dicho que ese día unas amigas suyas iban a quedarse durante unas horas en su casa y que él debía recibirlas. Pero ya habían pasado más de 35 minutos de la hora en la que se suponía que ellas iban a tocar a la puerta y no daban ninguna señal de vida (él se había puesto a esperar desde media hora antes de dicho momento, por lo que, razonablemente, empezaba a sentirse impaciente). Pero lo malo no era eso en sí, sino el hecho de que, por alguna razón, este día su madre se lo había dado libre al personal doméstico, por lo que no podía limitarse a sólo dejar una de las criadas esperando, irse a hacer cualquier otra cosa y pedirle que lo llamara cuando se presentasen las invitadas. Así que tendría que quedarse sentado de un sillón cerca de la puerta, esperando y nada más.

Y, además, ¿por qué tendría que haberle dado libre precisamente ese día al personal de la casa? ¿Qué sucedería si a las amigas de su madre, fuesen quienes fuesen, por ejemplo, les daba ganas de comer algo? ¡Él no sabía hacer nada que no fuese emplearse a fondo en sus estudios y cumplir al pie de la letra las estrictas reglas de su madre! Esperaba que a las señoras no les molestara la comida a domicilio…

Finalmente, otros 10 minutos después, sonó el timbre de la mansión. Scott se puso de pie y fue a abrir la puerta.

—¡Hola! —lo saludó un par de voces femeninas con efervescente alegría.

El chico no podía creer lo que veían sus ojos. ¡Frente a él estaban dos de las supermodelos más ardientes de todos los tiempos! ¡LA BRASILEÑA ADRIANA LIMA Y LA ISRAELÍ BAR REFAELI!… ¡Y le estaban dirigiendo sendas sonrisas radiantes!

Aunque su madre era una de las mayores magnates de la industria de la moda a nivel mundial, él tenía muy poco contacto con dicho mundo y nunca hubiese soñado con estar tan cerca no de una ¡SINO DE DOS! de las supermodelos de bikinis y lencería más deseadas del planeta.

—¿Nos vas a invitar a pasar o vas a dejarnos paradas aquí afuera todo el día? —comentó una sonriente Adriana con coquetería, lo que hizo que Bar soltara una risita traviesa.

La acotación de Adriana devolvió a Scott al mundo real de golpe.

—¡OH, SÍ! ¡SÍ!… ¡Pasen! ¡Pasen… y tomen asiento! —se apresuró a invitarlas el chico, sumamente nervioso, sonrojándose y temiendo empezar a tartamudear en cualquier momento. Esperaba no habérselas quedado viendo con los ojos desorbitados, su mandíbula colgando abierta y babeándose.

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Las supermodelos Adriana Lima y Bar Refaeli estaban sentadas en uno de los sofás de la sala de estar de la mansión, en frente del sofá donde el chico se encontraba sentado. Ya llevaban varios minutos limitándose a verse los unos a los otros en silencio, ellas sonriéndole al muchacho de una forma que él hallaba extremadamente perturbadora.

—Lamentamos habernos pasado de la hora a la que debíamos haber llegado pero es que había un tráfico horrible de camino acá —acotó Bar de repente, sin dejar de sonreírle.

Scott tardó unos segundos en darse cuenta que le habían hablado.

—¡Oh, NO! ¡NO SE PREOCUPEN! ¡No fue ninguna molestia esperarlas! —respondió el muchacho demasiado rápido, con una sonrisa que pensó que tenía que ser la cosa más estúpida que ellas debían haber visto en sus vidas. Se maldijo a sí mismo, pensando que se estaba haciendo quedar como un completo idiota.

Después de este intercambio la sala volvió a quedar en el silencio más absoluto durante varios minutos. Adriana, dándose cuenta que, si no empezaban ellas podrían estar en esa postura por el resto de la eternidad, decidió ser ella la que le diera conversación al chico.

Más tarde, Scott nunca podría haber explicado de qué hablaron ni por cuanto tiempo; simplemente estaba demasiado distraído. Las modelos vestían de forma sumamente atrevida: cada una usaba el mismo tipo de vestido muy corto y ceñido de una sola pieza, donde sólo las más exiguas tiritas de tela imaginables mantenían sus tops en su lugar, con escotes vertiginosos, la totalidad de sus espaldas al descubierto y minifaldas tan cortas que el chico estaba seguro que si dejaba que su mirada bajara demasiado podría verles las bragas. Ambas mujeres además calzaban zapatos de tacón altísimos. Lo único que diferenciaba el atuendo de Adriana del de Bar era que, mientras que la ropa y los zapatos de la brasileña eran de color rojo intenso, los de la israelí eran de color azul cielo. Ellas también se habían pintado las uñas del mismo color que sus vestidos y sus zapatos, se habían maquillado a la perfección (Adriana usaba un lápiz labial del mismo color que su ropa, sus zapatos y sus uñas; Bar se había puesto uno de un tono rosado claro) y se habían puesto perfumes deliciosos que ayudaban a aumentar la turbación del adolescente. El muchacho rezaba de todo corazón que las beldades no se diesen cuenta que su mirada constantemente abandonaba sus rostros en un intento por recorrer la mayor cantidad posible de sus cuerpos antes que él, avergonzado, la devolviese a la altura de los ojos de ellas.

Básicamente, su boca trabajaba en modo más o menos automático… eso, hasta que Adriana dijo algo que hizo que él le prestase toda su atención.

—Discúlpame, pero… por favor… ¿podrías… repetir lo que acabas de preguntar? —interrogó tímido e inseguro, suplicando que ellas no se ofendiesen por no haberlas estado escuchando bien.
—Acabo de pedirte que, por favor… —en este punto Adriana hizo una pausa un poco larga. Bar y Adriana ya se habían hecho señas que indicaban que era hora de entrar en faena. Scott había resultado ser un chico muy dulce, y no un niño rico malcriado, como habían temido, lo cual iba a hacer todo mucho más fácil— …nos muestres tu cuarto.

El muchacho quedó petrificado de terror.

—¿Por qué quieren ver mi cuarto? —fue todo cuanto pudo responder, con voz casi inaudible, intentando que su rostro no se deformara en una mueca de horror absoluto.
—Ohhhhhhhhhhhhh… ¡Pura curiosidad! —exclamó la brasileña con sobreactuada despreocupación y languidez mientras la israelí dejaba escapar una risita de niña coqueta.

Scott entró en pánico mientras palidecía como un cadáver. El chico tenía mil… no, ¡cien mil! razones para no dejarlas entrar en su habitación. Pero, en parte porque no se le podía ocurrir ninguna excusa que le pareciera decente y en parte porque no se sentía capaz de negarle nada a unas mujeres tan bellas, todo lo que salió de sus labios fue un “de acuerdo” pronunciado con voz mortecina.

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Mientras guiaba a las modelos a través de la mansión, Scott se sentía como un condenado a muerte que marchase voluntariamente al patíbulo. La parecía que su propio cuerpo se había convertido en un autómata que tenía como único objetivo llevarlo a su perdición.

Cuando finalmente se detuvo frente a la entrada a su habitación, tuvo la impresión de estar observando desde un cuerpo ajeno mientras esa mano de otro abría la puerta. Lo único que traicionó su verdadero estado de ánimo mientras les decía a las mujeres que podían pasar era el profundo rubor que teñía su rostro.

Una vez dentro, lo que ellas vieron les provocó un poco de disgusto, aunque no por las razones que Scott había temido.

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La Sra. Lansbury había explicado a Adriana y Bar que, como muchas otras madres en el mundo, soñaba con que su hijo la convirtiese algún día en abuela. No obstante, Scott no sólo tenía una apariencia delicada y femenina sino que también tenía una personalidad delicada y femenina, lo que la hacía temer, como muchas personas asumían al conocerlo, que fuese homosexual. Parte del acuerdo al que habían llegado consistía en que ellas deberían… “asegurarse”… que su hijo no fuese homosexual.

Lo primero que vieron las bellezas al entrar en el cuarto del chico fueron las paredes prácticamente empapeladas con pósteres de supermodelos en bikinis o en lencería. Ellas torcieron el gesto: la Gran Señora debía de ser una especie de madre ausente porque, si en algún momento se hubiese tomado la molestia de simplemente visitar la habitación de su hijo, se habría dado cuenta que en realidad no había ningún peligro de que fuese gay.

Notando que el muchacho se había quedado parado en la entrada de su habitación, con el rostro muy colorado y la misma cara de perro que espera que le den una paliza, Adriana exclamó con la voz de una alegre niña pequeña:
—¡Mira, Bar! ¡Parece que Scott es fan de nuestra profesión!

La respuesta de Bar fue soltar una carcajada de entusiasmo que fue de inmediato imitada por Adriana. Esto dejó totalmente confundido al muchacho, quien esperaba que las mujeres reaccionasen con indignación.

La brasileña se acercó a una pared, apuntó a un póster con su dedo índice y exclamó juguetonamente, con una sonrisa de oreja a oreja:
—¡Mira! ¡Aquí está Miranda Kerr!
—¡Y aquí está Candice Swanepoel! —respondió a su vez la israelí, imitándola.
—¡Y aquí Alessandra Ambrosio!
—¡Y aquí Karolina Kurkova!
—¡Y aquí están Irina Shayk y Emily Ratajkowski!
—¡Y aquí están Heidi Klum y Kate Upton!
—¡Y aquí estoy yo! —al final dijeron, risueñas, ambas al mismo tiempo al encontrar sus imágenes.

Después que ambas profirieran por un rato carcajadas traviesas, Adriana se dio la vuelta hacia Scott y comenzó a caminar hacia él muy lentamente, contoneando sus caderas de manera escandalosa y mirándole y sonriéndole de forma muy voraz, lo cual fue imitado unos pocos segundos más tarde por Bar, quien iba ligeramente detrás de ella. El muchacho, que tenía la impresión de tener los pies clavados al lugar donde estaba parado, empezaba a sentir miedo; pensó que sentiría lo mismo si se le estuviese acercando un tiburón famélico.

—¿Sabes qué, amiga? —acotó Adriana con una voz profunda y sensual— Creo que un fan tan dedicado como este merece un premio muy especial…

La latina sólo le dio tiempo a su colega para que le respondiera con un tenue asentimiento antes que ambas saltaran sobre el chico como un par de fieras hambrientas sobre una presa indefensa, se abrazaran a él, lo arrastraran a la cama, lo acostaran boca arriba y comenzaran a desnudarlo.

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Una vez desvestido por completo, los rostros de las mujeres se iluminaron mientras sus ojos se abrían grandes como platos y se les dibujaban enormes sonrisas de oreja a oreja al ver lo que el chico escondía en sus pantalones. A pesar de su apariencia tan femenina, delicada e inofensiva, él tenía la polla de un auténtico macho: muy larga, muy gruesa y cubierta de venas que le daban un aspecto imponente… ¡justo como a ellas les gustaban; cumplir con su parte del acuerdo iba a ser mucho más divertido de lo que habían imaginado!

Él no sabe porque está sucediendo esto. Sólo por coincidencia, su madre le había enviado precisamente a sus favoritas, las que este chico que está obsesionado con las bellezas que modelan prendas íntimas y trajes de baño consideraba que eran las más bellas entre las bellas y, ¡maldita sea!, si querían tener sexo con él, iba a estar a la altura de las circunstancias; su timidez natural totalmente esfumada como por arte de magia.

Las supermodelos se subieron en la cama y se pusieron en cuatro patas, arqueando sus espaldas y apuntando sus culos hacia el cielo, lo que hizo que sus minifaldas se recogieran y enseñaran las nalgas, y procedieron a usar sus talentos orales para complacer a Scott, usando todos los trucos que conocían, llenando la habitación del adolescente con los sonidos obscenos y viscosos que producían sus bocas contra su miembro. Ellas cubrieron su falo de ruidosos besos, chupadas y lamidas; le clavaban sus dientes profundamente en su carne; se turnaban para tragarse entero ese sable hasta que sus narices quedaban aplastadas contra el pubis del chico. Muy pronto, su pene y sus bolas quedaron cubiertos de una gruesa capa de reluciente saliva. Scott se sentía en el Paraíso; su verga y testículos siendo consentidos de la forma en la que sólo dos supermodelos de talla mundial podrían hacerlo.

A Scott siempre le había parecido curioso que Bar Refaeli, al igual que la supermodelo rusa Irina Shayk, sólo tuviese un hoyuelo en la mejilla derecha. Pero, extraño o no, no podía negar que ese hoyuelo lucía de lo más encantador al formarse mientras la rubia se metía su sólido lingote de carne hasta el fondo.

Después de un buen rato dándole al muchacho una magnífica exhibición de sus poderes de succión, ellas se separaron de él y se levantaron de la cama. Scott, molesto, iba a protestar y exigirles que volvieran a mamársela, pero se detuvo cuando vio lo que hacían: un striptease de dos supermodelos sólo para él. Su baile no tenía nada de sensual: era frenético, obsceno, violento… justo como el chico pensaba que debía ser un striptease. Cuando terminaron, las sonrientes y jadeantes beldades se quedaron, empapadas en sudor, sólo en sostenes y bragas (de las que por atrás sólo llevan la más exigua tirita de tela, la cual se mete entre las nalgas) hechos de encajes translúcidos y del mismo color que sus vestidos, así como con sus zapatos de tacón… y ambas tenían pírsines en sus ombligos (él creía que los pírsines en el ombligo son muy sexys)…

Bar fue la primera en volver a la cama con el chico. Se apartó el sostén sin quitárselo y acaparó su polla, poniéndola entre sus perfectas tetas y procediendo a aplastarla y exprimirla con frenética violencia. Adriana, por su parte, hizo lo mismo que la israelí con su sostén y se abrazó a Scott, estrujando su angelical rostro entre sus impecables chichas; pronto, él responde abrazándose a ella, sus manos explorando la espalda de la brasilera, mientras su boca se dedica a morder, chupar, lamer y besar esas extraordinarias redondeces, ensañándose particularmente en los tiernos pezones de la Lima. Después de unos minutos en esta postura, Bar y Adriana intercambian lugares y ahora es Adriana la que masturba la polla de Scott usando sus ubres mientras los senos de la Refaeli descubren los talentos orales del muchacho. Durante todo este proceso, ellas sueltan risas de felicidad debido a las deliciosas sensaciones que sienten en sus pechos.

Tras unos minutos haciendo esto, ambas bellezas vuelven a demostrarle su voracidad a la polla y las bolas del chico. Pero a Bar la domina la impaciencia por descubrir cómo se sentiría una verga como esa dentro de su coño, así que aparta a Adriana de un empujón y se sienta sobre el miembro (apartándose su braguita sólo un poquito, sin quitársela), dándole la espalda al chico, y procede a subir y bajar, empalándose en esa lanza de placer; sonriendo con los ojos casi totalmente cerrados, una expresión de ensueño en su rostro. Adriana, lejos de mostrarse enojada por el empujón, se abraza a Bar y ambas se dedican a besarse apasionadamente, devorarse las tetas la una a la otra con gula salvaje, darse de nalgadas y frotarse sus clítoris con sus dedos. Scott se suma a la diversión, descargando poderosas y ruidosas nalgadas sobre los glúteos de Bar, llenando su habitación de sonidos melodiosos.

Bar llega al orgasmo y, riendo a carcajadas, cubre la polla de Scott con una cantidad impresionante de sus deliciosos jugos. Ambas bellezas vuelven a ponerse en cuatro patas para limpiar con sus bocas el miembro del chico y dejarlo reluciente y perfectamente lubricado con sus salivas.

Ahora es el turno de Adriana de montar al semental de 14 años pero, a diferencia de Bar, cuando ella lo hace, es dándole la cara al niño, para que pueda disfrutar del espectáculo de sus pechos rebotando mientras sube y baja por su espada (pero, al igual que la rubia, no se quitó las bragas; sólo se las apartó un poquito); la cara de ella deformada por una mueca feroz. Cuando las manos de Scott empiezan a acariciar los muslos de la Lima, Bar, que se ha posicionado detrás de su amiga, tira de su rostro para obligarla a compartir un ardoroso beso, las tetas de la Refaeli aplastadas contra la espalda de su colega. Una vez unidas sus bocas, las manos de Bar comienzan a recorrer el cuerpo de su compañera, sobando y estrujando sus senos y jugueteando con sus pezones, frotando su clítoris y dándole sonoras nalgadas.

Adriana alcanza su propio orgasmo. Este es diferente del de Bar: si la israelí reía, la brasileña dio los profundos rugidos de una leona en celo. Después, ambas mujeres deciden que es hora de introducir al chico a las delicias del sexo anal. Bar se pone en cuatro patas, arqueando la espalda y apuntando hacia arriba con las pompas, y Scott y Adriana proceden a cubrir sus glúteos de mordiscos, besos, chupadas y lamidas, turnándose para follarse su ojete con sus lenguas; a jugar con los firmes cachetes, separándolos, juntándolos y hundiéndoles sus dedos como si fuesen clavos; y a darles nalgadas poderosas y sonoras. Una vez que las nalgas de Bar han adoptado un agradable tono carmín y quedado cubiertas de marcas de uñas y dientes, Scott penetra su culo, metiendo y sacando su polla con furia frenética, las tetas de Bar rebotando como locas con cada brutal embestida del ariete de carne del semental de 14 años, el pubis del chico produciendo música celestial cada vez que impacta contra la cola de la rubia, mientras Adriana y él se abrazan, él devorando las pechugas de ella.

Una vez que Scott ha dejado el ano de la Refaeli completamente flojo y dilatado, Bar le mama la polla hasta dejársela perfectamente limpia y lubricada. Ahora es el turno de la Lima de que le dejen sus nalgas enrojecidas y cubiertas de marcas de uñas y dientes, para después ser follada analmente primero por dos lenguas y después por un pene tremendo que haga que sus tetas reboten como locas, el pubis del chico haciendo música gloriosa cada vez que se estrella contra las posaderas de la morena, mientras Scott se come los melones de Bar. Durante toda esta escena, ambas supermodelos han llenado el aire con innumerables gemidos, jadeos y risas (en el caso de Bar) y rugidos de tigresa (en el de Adriana) provocados por la mezcla de placer y dolor que les producían las cosas que Scott les hacía.

Una vez que él termina con el trasero de la Lima, el trío decide probar una nueva posición.

Adriana se acuesta boca arriba en la cama, haciendo que Scott hunda su cara en su sexo (porque ella también quería disfrutar de algo de sexo oral) y que Bar se siente en su cara, dándole la espalda al niño. Bar llena el cuarto con sus gemidos y jadeos agudos y lánguidos, sus ojos entrecerrados, mientras mueve sus caderas sobre el rostro de la morena como si estuviese bailando. Justo después que la latina se corriera a causa de tener durante varios minutos la boquita de Scott haciéndole sexo oral expertamente (el chico sorbería goloso sus jugos), Bar cubre su cara con sus propios fluidos (que la brasilera también consumiría con fruición).

Cuando termina de tragar los néctares de Adriana, Scott separa las piernas de la latina lo más posible para hundir una y otra vez su poderoso miembro donde antes había estado su boca. Al mismo tiempo, sus manos se mueven a las tetas de la Lima, masajeándolas y estrujándolas, mientras hunde su cara entre las nalgas de la Refaeli, dándole a Bar (quien no ha abandonado su posición sentada sobre el rostro de la brasilera) otro beso negro. Después de un rato haciendo esto, sus manos se separan de las chichas de Adriana y su boca del culo de Bar y procede a volver a dejar las pompas de la Refaeli rojas a punta de sonoras nalgadas. Tras unos minutos más, ambas modelos vuelven a alcanzar sus orgasmos y correrse.

Los tres se derrumban agotados, jadeando, sus cuerpos empapados en sudor. Una vez que sus respiraciones y ritmos cardiacos han vuelto a la normalidad, Bar empieza a reír sin razón alguna y sus compañeros, unos segundos después, la imitan. Varios minutos más tarde, el trío deja de reír casi al mismo tiempo y se quedan un largo rato simplemente viendo el techo del cuarto, con sonrisas de indecible felicidad y satisfacción en sus labios. Sería Bar quien rompería el silencio afirmando que se le había ocurrido una cosa.

—¿Qué? —preguntó Scott, volviéndola a ver, curioso; su sonrisa ensanchándose.
—¡Ohhhhhhhhhh… es una sorpresa! —respondió una sonriente Bar guiñándoles un ojo a sus amigos, lo que provocó que Adriana emitiera una risita baja y maliciosa.

La israelí hizo al adolescente ponerse de pie en el centro de la habitación y a la brasilera pararse junto a ella frente a él. De repente, Bar hizo un nudo con los cabellos de Adriana en su mano y, con violencia, la pone de rodillas para que le haga una felación a Scott. Antes de meterse el enorme pene del muchacho en la boca, la morena suelta una escandalosa carcajada de aprobación al acto de su colega. Después, Bar se arrodilla al lado de su amiga y se dedican a compartir ese delicioso salchichón. Después Bar se pone de pie y comparte con Scott besos profundos y candentes y le ofrece sus chichas para que las devore. Después Bar vuelve a arrodillarse para compartir junto a la Lima la polla y las bolas de Scott. Después le toca el turno a Adriana de levantarse, hacer un nudo en su mano con los cabellos de la Refaeli para guiarla como ella había sido guiada. Después, suelta el cabello de Bar para besar con ferocidad a Scott y abrazar su rostro contra sus pechos. Después, vuelve a arrodillarse al lado de Bar para administrarle al chico una mamada dual. Y, finalmente, se pone de pie una última vez para besarse apasionadamente con Scott y ofrendarle a su boca sus senos mientras Bar continúa metiéndose el masivo falo hasta la garganta.

Una vez que la israelí termina de chupársela, Bar vuelve a tumbar a Scott boca arriba en la cama. Ella de nuevo se sienta en su polla, introduciéndola en su chocho, y se dedica a follársela mientras aplasta sus senos contra la boca del muchachito y gime, jadea y ríe con voz aguda. Tras unos minutos haciendo esto, Adriana se sitúa detrás de la israelí, aplastando sus senos contra la espalda de Bar, y tira de su rostro atrayendo la boca de la rubia hacia la de ella y se besan vorazmente al mismo tiempo que la brasileña recorre con sus manos el cuerpo de Bar, sobándole y estrujándole las ubres, frotando sus dedos contra su clítoris y dándole sonoras nalgadas a su colega. Mientras Adriana le hace estas cosas a Bar, las manos de Scott rodean las caderas de la israelí, en busca de sus nalgas, con las cuales juega, hundiendo sus afilados dedos en ellas y separándolas y apretándolas.

Cuando Bar vuelve a alcanzar su ruidoso orgasmo, cambian de posición de nuevo. La rubia se acuesta boca arriba y Scott le hace sexo oral, mientras acaricia sus esbeltos muslos y Bar y Adriana (que está posicionada en cuatro patas sobre la israelí) se besan ardientemente y se devoran y se masajean las pechugas la una a la otra.

Al terminar con esa posición, llega la hora del gran final: hacen a Scott ponerse de pie otra vez en el centro de la habitación y proceden a darle una última y magnífica mamada. Cuando él comienza a correrse con un bramido triunfal, su cabeza echada hacia atrás de golpe, ellas se sacan el pene de sus bocas. Su eyaculación parece no tener fin y ambas modelos terminan con sus hermosos rostros sonrientes y sus gloriosos senos cubiertos por gruesos chorros del cálido y espeso semen del semental de 14 años. El chico, habiéndose obligado a abrir los ojos y volver a verlas, piensa que su blanca leche produce un contraste maravilloso sobre la piel aceitunada de la brasilera y que la israelí luce muy bonita con sus pequitas y su hoyuelo cubiertos con su paja. Lo siguiente que ve Scott es el espectáculo de Adriana Lima y Bar Refaeli limpiándose el denso líquido la una a la otra con sus bocas, sonrisas malévolas curvando sus labios, mientras hacen ruidos obscenos y escandalosos que dan a entender que esto es lo más sabroso que han tragado en sus vidas.

Una vez terminado el show, Scott buscó la cama y se dejó caer pesadamente en ella, agotado y jadeando, empapado en un sudor que parecía estar hirviendo. Adriana y Bar también se acostaron, cada una a un lado suyo, y se abrazaron a él, mientras dejaban salir suaves risitas de felicidad y satisfacción.

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CUATRO MESES DESPUÉS
Tras un largo rato viendo la puerta del baño de su habitación, Scott apartó la mirada de esta y cerró los ojos como si se estuviese quedando dormido. Una tenue sonrisa lánguida se dibujó muy lentamente en sus labios. Adriana y Bar habían desaparecido en el baño varios minutos atrás. Él se encontraba totalmente desnudo (su pene semi-flácido), acostado en su cama, la cual estaba olorosa de los fluidos de su cuerpo y los de sus compañeras. Las paredes del cuarto hace largo rato que habían sido desnudadas de sus pósteres, los cuales se encontraban guardados en un armario: ¡quien necesita pósteres de supermodelos cuando tienes dos de carne y hueso para ti solito! Desde su primer inolvidable encuentro, ellas virtualmente no se habían separado de su lado. En todo este tiempo, las mujeres habían demostrado ser un par de guarras muy sumisas y complacientes: ¡habían dedicado una cantidad de energía increíble para satisfacer cada fantasía sexual del chico y…!

—¡Abre los ojos, Scott! —dijo juguetonamente un par de encantadoras voces femeninas que él ya conocía muy bien.

El chico se incorporó un poco sorprendido. Ante él estaban unas sonrientes Bar Refaeli y Adriana Lima, completamente desnudas excepto por los pírsines en sus ombligos. ¡Realmente debía de haber estado quedándose dormido si las supermodelos salieron del baño y llegaron hasta allí sin que él se diese cuenta!

—¡Tenemos algo muy importante que decirte! —continuaron, todavía sonriendo.
—¿Qué? —preguntó él, con voz un poco soñolienta.

Ambas le pusieron sendos objetos en la cama. Cuando Scott los tomó para ver que eran, descubrió que eran pruebas de embarazo que marcaban positivo.

—¡Las dos estamos embarazadas! —exclamaron ellas al mismo tiempo con alegría, sus voces casi cantarinas.

Después de un largo rato, mudo y boquiabierto de la sorpresa, Scott dio un grito de júbilo, saltó de la cama, rodeó con un brazo a cada una y besó a ambas mujeres con euforia. Las supermodelos respondieron devolviéndole sus besos y abrazos y soltando felices carcajadas. Probablemente como una reacción a no haber tenido ninguna figura paterna y una figura materna, a la vez, estricta y ausente, desde muy pequeño Scott siempre soñó con tener hijos y formar una familia algún día. El que Bar y Adriana estuviesen esperando hijos suyos era algo que lo llenaba de infinita dicha.

Tras un largo rato simplemente meciéndose, abrazados, sonrientes y con los ojos cerrados, Scott exclamó:
—¡Esto hay que celebrarlo!
—¿Se te ocurre algo? —preguntó Adriana en tono casual, todavía sonriendo.

Intempestivamente, Scott, con brutal violencia, agarró a ambas supermodelos de sus cabelleras y las obligó a arrodillarse ante su pene, que volvía a estar completamente erecto. Ambas soltaron sendas carcajadas antes de ponerse a mamárselo como profesionales.

Cuando terminaron con su felación dual, los tres se pusieron a hacer el amor (no sólo tener sexo) desde múltiples posiciones.

Todo terminó cuando Scott eyaculó en el interior del ano de una Adriana en cuatro patas para después hacer que Bar lamiese el semen que salía chorreando del culo de la brasileña, para felicidad y satisfacción de los tres.

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—Pshhht… Pshhht… Bar despierta… —se escuchaba a alguien susurrando muy bajo.

Bar abrió los ojos. Había estado durmiendo en la cama, Scott Lansbury y ella abrazándose, sus cuerpos entrelazados. Buscando la fuente de la voz, tambaleándose aun en mitad de un sueño, sus ojos fueron a dar con su amiga, Adriana Lima, la cual estaba de pie al lado de la cama con una expresión preocupada en su rostro.

—Levántate. Tenemos cosas muy serias de las cuales hablar… en otro lado. No dejes que Scott se despierte —continuó la latina con la misma voz.

Tras bostezar un poco, Bar se separó del chico lo más delicadamente que pudo, cumpliendo el reto de no permitir que se este se despertara, y salió de la cama. Una vez de pie, ambas supermodelos se vistieron lo más silenciosamente que pudieron. Cuando iban a salir de la habitación, como recordando algo, regresaron al lado de la cama y cada una besó con suavidad la mejilla de Scott, quien seguía dormido. Después de eso, salieron.

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—Dime —pidió Bar con gran seriedad. Ambas estaban en otro cuarto de la mansión.

Adriana comenzó a hablar del acuerdo al que habían llegado con Jennifer Lansbury.

Lo de “asegurarse que su hijo no fuese homosexual” sólo era una parte de este y ni siquiera era la más importante. La Gran Señora, al igual a como se rumoreaba que había conseguido su hijo, deseaba cortar los intermediarios y conseguir nietos (en plural) sin tener que soportar las molestias de tener una nuera. Las había escogido a ellas para que aportaran su belleza a los bebés mientras que su hijo aportaría todo lo demás (eso lo dijo de una forma que daba a entender que pensaba que las modelos no podrían heredar a las criaturas otra cosa aparte de sus atributos físicos). Además, ella tenía prisa porque fantaseaba con ser una abuela joven (tenía menos de 50 años en ese momento). Así que el trato había sido este: ellas tendrían sexo con Scott hasta quedar embarazadas y, una vez nacidos los bebés, abandonarían la mansión con las pagas prometidas, dejándoles a ella y a su hijo la custodia completa sobre los infantes.

(Habían tardado un poco más de lo planeado en quedar encinta porque Scott prefería eyacular dentro de sus bocas y anos, sobre sus rostros, senos, espaldas y nalgas y, en resumen, en cualquier otra parte de sus cuerpos antes que en sus vaginas).

Excepto que había una complicación…

Cuando se reunieron por vez primera vez, la Sra. Lansbury había dado la impresión de que podría pasar horas hablando de cuan “perfecto” era su hijo. En ese momento, Adriana y Bar pensaron que era el típico orgullo desconectado de la realidad de las madres… eso hasta que conocieron a Scott…

Realmente les parecía tan perfecto como la Gran Señora lo había descrito: no sólo era el mejor amante que ellas habían conocido en sus vidas (les daba duro, justo como les gustaba) sino que ya sentían que no podían vivir sin el amor de este adorable muchacho de 14 años.

Así que este fue el trato que Adriana y Bar cerraron con un apretón de manos: se quedarían en la mansión, junto a su hombre y sus hijos, y esa vieja bruja tendría que acostumbrarse a ellas. Este sería su propio acuerdo entre damas.

FIN



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