El Juego del Arlequín

BY : Lily-de-Wakabayashi
Category: Spanish > Anime
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Disclaimer: I don't own Sailor Moon and I don´t make any profit with this work.

El Juego del Arlequín.

 

En el exterior de la lujosa casa, la luz diurna comenzaba a disminuir, indicando que la tarde estaba llegando a su fin; un viento frío movía las copas de los árboles y despojaba a algunos de su follaje, cubriendo el suelo con una capa amarillenta y seca. Minako Aino contemplaba con desgana la caída de las hojas y su bailoteo incesante, presa de un hastío mortal. Se sentía aburrida y cansada de estarlo, en esa tarde de finales de otoño Artemis la había dejado sola para irse con Luna y sus amigas habían puesto un pretexto u otro para desaparecer. Ni siquiera Rei Hino contestaba a sus mensajes y eso la tenía de muy mal humor, ¿qué estaría haciendo ella que era más importante que atenderla? Y para cerrar el patético cuadro, hacía demasiado frío como para que Minako tuviese ganas de hacer algo por su cuenta. ¡Vaya porquería de día!

 

– Tal vez debería de buscar algo en Netflix –musitó con desgana, mirando por milésima vez el inicio de su Facebook sin encontrar algo nuevo o interesante que capturara su atención.

 

En ese momento, Rei comenzó a contestar sus mensajes a través de WhatsApp, lo que hizo que los ojos azules de Minako se iluminaran un poco. La joven se disculpaba por haber tardado en responder pero había estado viajando en su motocicleta y no los había escuchado.

 

“Salí del templo porque mi padre llegó y no tenía ganas de verlo”, dijo Rei y Minako entendió a qué se refería: la relación de la sacerdotisa con su padre era todo, menos buena.

“Ven a mi casa”, respondió Minako. “Estoy sola y mortalmente aburrida”.

“¿Estás aburrida?”, preguntó Rei. “Siendo así, podríamos jugar un juego, si quieres”.

“Podría ser”, Minako esbozó una sonrisa maliciosa.

“Pero uno nuevo, no los que siempre solemos jugar”, replicó Rei. “Quiero probar algo diferente”.

 “¿A qué te refieres con eso?”, preguntó Minako, curiosa. “¿Qué clase de juego?”.

“Uno que estoy segura que te va a gustar”, replicó Rei. “¿Aceptas?”.

 

Minako dudó una milésima de segundo antes de enviar el “sí”; Rei tardó tanto en responder que ella comenzó a sentirse ofendida. “Si no quieres venir, basta con que lo digas pero no bromees así conmigo”, le escribió, mandándole muchos emoticones de rabia. En la parte que correspondía al chat de Rei aparecieron los tres puntos suspensivos que indicaban que ella estaba escribiendo algo pero pasaba el tiempo y el mensaje no aparecía. Minako, enojada ya, le espetó en un mensaje de voz que podía largarse mucho al cuerno. En ese momento, en vez de un mensaje, entró una llamada que Minako estuvo a punto de ignorar pero que se decidió a escuchar por si acaso su amiga tenía alguna buena justificación qué darle. Y vaya que la tenía.

 

– ¡Ayúdame, Minako, por favor! –espetó Rei, hablando en susurros–. ¡Me secuestraron! Me han metido a la cajuela de un auto y por alguna razón no soy capaz de usar mis poderes. ¡Ayúdame!

– ¿Qué? ¿Quién ha sido? –preguntó Minako, tensa–. ¿Te han hecho daño?

– Me golpearon para después subirme a la fuerza, fueron dos tipos enormes como orangutanes –contestó Rei, hablando más bajo aún–. Por fortuna no se dieron cuenta de que tengo el celular. ¡Ayúdame, por favor!

– Mándame la ubicación, iré por ti –le dijo Minako, sin titubear.

 

La llamada se cortó y ella no tuvo la oportunidad de averiguar si Rei la había escuchado o no. Aún así, la chica se transformó en su alterego, Sailor Venus, y justo cuando estaba por salir de su residencia le llegó la ubicación de Rei, por lo que se apresuró a llegar cuanto antes al sitio indicado. Dicho lugar estaba localizado en un área de bodegas a las afueras de la ciudad, algo que resultaba increíblemente sospechoso y conveniente. A pesar de saber que era probable que se tratase de una trampa, Sailor Venus no dudó en ir a buscar a Rei, pues sabía que ella haría lo mismo de estar en su lugar. Ni se le pasó por la mente la idea de intentar localizar a Usagi, a Ami o a Makoto, ni tampoco la de esperar a que Artemis regresara, la situación era urgente y no había tiempo que perder.

 

Al entrar a la bodega, la cual encontró casualmente abierta e iluminada, Sailor Venus se encontró en una zona muy amplia y aparentemente abandonada. El sitio era tan grande que bien podría haber albergado varios aviones pero en ese momento no había nada, ni nadie, tan sólo un par de cajas abandonadas en los rincones. Ya había anochecido y podía percibirse la luna a través de unas ventanas muy altas ubicadas en las paredes, pero no había movimiento alguno que indicara que alguien había entrado recientemente a ese lugar, incluso las pisadas de Sailor Venus habían dejado su huella sobre el polvoriento piso de cemento.

 

– ¡Rei-chan! –gritó ella–. ¿En dónde estás? ¡He venido a ayudarte!

 

Su voz rebotó en las paredes para regresar a ella en forma de eco. Sailor Venus caminó con cautela, mirando hacia un lado y hacia otro, con los sentidos al máximo para tratar de percibir cualquier movimiento, lo que fuera, pero el lugar estaba vacío. ¿Se habría equivocado Rei y le habría mandado una ubicación incorrecta? Por el estrés pudo haber cometido un error o quizás simplemente el Maps había fallado, a veces pasaba. ¿Qué debía hacer? Justo estaba Sailor Venus por darse vuelta y desandar el camino para ir a buscar a los alrededores cuando se escuchó un ruido potente a sus espaldas: alguien había cerrado la puerta que ella había dejado abierta, dejándola sin escapatoria.

 

– Bienvenida, Sailor Venus –dijo una fría voz alterada, imposible de identificar–. Te estaba esperando.

 

En ese momento las luces se apagaron y la Scout soltó un pequeño grito. Ella intentó entonces usar sus poderes para crear luz pero, por alguna razón que no comprendió, éstos no le funcionaron.

 

– ¿Qué sucede? –musitó Sailor Venus, tratando de hacer que su cuerpo y sus poderes se reactivaran, sin éxito–. ¿Qué me está pasando?

 

La oscuridad a su alrededor comenzaba a oprimirla, al igual que la sensación de saber que se había convertido en un blanco fácil. Estaba tan alterada y nerviosa que no escuchó cuando alguien llegó por detrás a toda velocidad, listo para atacar. Minako alcanzó a reaccionar demasiado tarde, sólo fue consciente del dolor intenso que sintió en el cuello antes de sumirse en la inconsciencia.

 

Despertó en una posición tan incómoda que tardó en darse cuenta de cómo estaba: se encontraba amarrada con las muñecas tras la espalda, colgando de una cuerda que estaba atorada en un gancho del techo. Sus pies descalzos a duras penas lograban tocar el suelo con las puntas de los dedos y alguien se había tomado la molestia de desnudarla además. Varias cuerdas cruzaban su pecho, su abdomen y sus muslos, tan apretadamente que ella sentía que le cortarían la piel en cualquier instante, a pesar de lo cual una parte oscura de su ser pedía que las cuerdas las ataran con más fuerza para sentir la opresión sobre su carne. Minako soltó un quejido y, como si sólo hubiera estado esperando a que ella hiciera ruido, alguien encendió las luces y la muchacha pudo ver que se encontraba en un cuarto lleno de espejos, que le regresaban su reflejo desde todos los ángulos. Ella pudo ver entonces a una joven hermosa y atlética, de cabello rubio y ojos azules, ataviada con un conjunto de lencería de seda, terriblemente sexy y de color durazno, colgada cual apetitoso trozo de carne dispuesto a ser observado, con todas esas cuerdas cruzando su cuerpo. Ella no sabía si era el efecto de los espejos o de su atribulada imaginación, pero sentía que miles de pares de ojos observaban cada parte de su cuerpo con deleite, a la espera de lo que habría de suceder a continuación.

 

– Despertaste al fin –dijo la voz que le dio la bienvenida en la bodega, una voz metálica e impersonal, difícil de identificar si era de hombre o de mujer pues era una voz modificada–. Temí haber sido demasiado duro contigo, dulzura.

 

Y como si se hubiese materializado de la nada, al lado del reflejo de la chica en lencería durazno colgada del techo se apareció una figura vestida de negro, cuyo rostro estaba cubierto por una máscara de arlequín negra con detalles en rojo y oro. La misteriosa figura se acercó a Minako y le acarició los muslos, el vientre y la cadera con avidez, pasando también por sus pechos, los cuales sobó por encima de la tela del sostén. Sin titubear, esa persona le acarició los pezones y se los pellizcó, lo que hizo que Minako se mordiera el labio inferior para no gritar. Ella comenzó a sentir un cosquilleo entre sus muslos, algo indefinido que amenazaba con hacerla mojar la fina ropa interior. ¿Qué sucedía con su cuerpo, que respondía de esa manera?

 

– Has sido mala, dulzura, muy mala al haber ido a ese lugar sin compañía –habló la figura con máscara de arlequín–. ¿Nunca te enseñó papi que una mujercita no debe ir sola a las bodegas abandonadas?

 

Para rematar sus palabras, el desconocido le dio una palmada fuerte a Minako en el glúteo derecho, lo que la hizo saltar, no tanto por el dolor como por la sorpresa.

 

– Oh, sí, has sido muy mala –continuó diciendo esa fría voz metálica, mientras descargaba una y otra vez las palmas abiertas en las nalgas de Minako.

– ¡Ahh! –Sailor Venus soltó jadeos de miedo, sorpresa y, sí, también de excitación.

 

Como si estuviera en un trance, Minako vio su cuerpo siendo golpeado una y otra vez por su desconocido secuestrador, ella podía ver cómo esas manos enguantadas en cuero azotaban sin piedad su carne blanca, tornándola rojiza al dejar las marcas de las palmas. El misterioso arlequín golpeaba también sus muslos, lo suficiente para dejar la huella, tras lo cual arremetía contra el suave y blando trasero de la muchacha. Minako estaba hipnotizada por los miles de reflejos de su cuerpo semidesnudo atravesado por cuerdas, que se balanceaba de un lado a otro sin que pudiera evitarlo. Al verse así, al sentirse tan magullada, la joven comenzó a experimentar un deseo irrefrenable de que su secuestrador fuese más duro, más enérgico, que la castigara como la niña mala que era y que dejara las marcas de sus manos por toda su piel, que ablandaran la carne de sus nalgas y que las dejara al rojo vivo, para sentir el fuego explotar en su interior. Ante estos pensamientos, Minako no pudo contenerse y soltó un gemido prolongado, que bien podía interpretarse que era tanto de dolor como de placer.

 

– Vaya que eres muy mala, dulzura. –El arlequín dejó de golpearla y ladeó levemente la cabeza–. Necesitaremos hacer algo con esa boquita tuya.

 

El desconocido chasqueó los dedos y las luces volvieron a apagarse. Y de alguna manera que no le quedó del todo clara, Minako volvió a sumirse en la inconsciencia.

 

Cuando volvió a abrir los ojos, seguía atada pero esta vez estaba sobre una cama. Sus muñecas estaban encadenadas a los postes de la cabecera y seguía llevando las bragas de seda en color durazno, pero el sostén había desaparecido. Las cuerdas que rodeaban su cuerpo también se habían ido pero ahora Minako tenía una mordaza de bola, en color anaranjado, que evitaba que ella pudiera gritar. La muchacha se removió para ver qué había a su alrededor y alcanzó a ver una mesita baja sobre la cual había varios objetos, aunque no pudo distinguirlos. Minako pudo comprobar que sus piernas estaban libres, aunque sospechaba que no lo estarían por mucho tiempo; así también, sentía en sus muslos y nalgas el ligero ardor de los golpes que la extraña figura le dio en el cuarto de los espejos. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? Sailor Venus no lo sabía pero no debía de ser mucho a juzgar por la molestia que sentía.

 

– Hola, dulzura. –Frente a ella se materializó la figura con máscara de arlequín–. Has sido muy mala así que es hora de darte un castigo más intenso.

 

El desconocido llevaba en la mano un látigo de cuarenta finas cuerdas, que hizo restallar en el aire antes de acercarse a Minako, quien cerró sus piernas con fuerza. Sin embargo, la figura con máscara de arlequín dejó el látigo en la mesa para tomar algo y dirigirse después a los pezones rosados y descubiertos de su amarrada joven, los cuales estimuló y pellizcó un poco antes de colocar pinzas en cada uno de ellos. Minako soltó un gemido que resultó apenas audible por la mordaza que tenía en la boca.

 

– Seguro que te gusta, ¿cierto? –preguntó el arlequín, condescendiente, tras lo cual volvió a tomar el látigo con la mano derecha al tiempo que con la izquierda jalaba de las riendas de las pinzas pezoneras.

 

La figura desconocida pasó las cuerdas del látigo por las plantas de los pies de Minako, lo que hizo que ésta automáticamente abriera las piernas, presa de un intenso cosquilleo. El arlequín comenzó a latiguear suavemente los muslos de la chica, pasando las cuerdas por el monte de Venus, jugueteando con la punta en la entrada de su vagina, la cual a esas alturas comenzaba a derramar un líquido lechoso y espeso.

 

– Así que esto te ha gustado –continuó el arlequín–. Sigamos entonces con la diversión.

 

El arlequín combinaba los azotes en los muslos con las estimulaciones con las cuerdas, haciéndolas pasar por el clítoris de la muchacha, acariciando el introito vaginal con ellas y estimulando la región del esfínter anal. Sin que pudiera evitarlo, Minako empezó a mover su cadera, ansiando el roce de las finas cuerdas que se movilizaban sobre su clítoris como si quisieran hacerlo estallar. La saliva escurría por la comisura de sus labios y sus dientes apretaban la mordaza, temiendo no poder contener el placer por más tiempo. Cuando ella se movía más de la cuenta a parecer de su captor, éste la azotaba con el látigo para castigarla o bien tiraba de las pinzas pezoneras, lo cual aumentaba el gozo más que disminuirlo.

 

– ¿Quién diría que tienes alma de masoquista, dulzura? –dijo la figura misteriosa, notoriamente complacida–. Es hora de darte una pequeña recompensa por lo bien que te estás portando.

 

El arlequín soltó el látigo para tomar de la mesa cercana un objeto que Minako sólo había visto por Internet, cuando Usagi quiso hacerle una broma a Ami para su cumpleaños: unas bolas anales. La persona misteriosa cubrió las bolas con lubricante y estimuló con su punta el esfínter anal de su capturada, haciendo que ésta elevara la cadera por la repentina sensación que la invadió.

 

– Tranquila, que no te haré daño –aseguró el arlequín, agarrando nuevamente el látigo para estimular el clítoris al tiempo que con la otra mano introducía una a una las esferas.

 

Cada nuevo embate causaba en Minako una oleada de intensísimo placer que la sumergía en una montaña rusa de gozo; ella sentía que sus labios vaginales derramaban sus líquidos de manera incontrolable y sabía que el orgasmo estaba cerca, aguardando agazapado en sus pezones adoloridos, en su clítoris hinchado, en su ano dilatado que aceptaba de buen grado el escarnio. La figura misteriosa continuó introduciendo las bolas mientras estimulaba alocadamente el punto de placer de Sailor Venus con el látigo, hasta que Minako por fin estalló cuando la última bola entró en ella. El orgasmo fue tan intenso que su cuerpo se convulsionó con violencia y de sus genitales fluyó una gran cantidad de líquido que empapó la cama y sus piernas.

 

– Wow, eso fue salvaje, dulzura –comentó el arlequín, acercándose a ella con una venda que tomó de la mesita cercana para ponérsela sobre los ojos–. Me has estimulado más de lo que esperé.

 

Una vez que le vendó los ojos a Minako, la figura le quitó la mordaza de la boca, algo que sorprendió a aquélla, hasta que se dio cuenta, por el ruido, de que su captor se estaba desnudando. Pronto, la persona misteriosa se subió a la cama y colocó una pierna a cada lado de la cabeza de Minako, muy cerca de sus carnosos labios.

 

– Es tu turno, dulzura –ordenó el arlequín.

 

Minako entendió a qué se refería: quería que le hiciera sexo oral, así que abrió sus labios y sacó la lengua, explorando. Para su enorme sorpresa, no fue un miembro erecto lo que encontró, sino unos húmedos labios vaginales. ¡Su captor era en realidad una mujer! Y esto la excitó mucho más que si se hubiese tratado de un hombre, hay que decirlo. Minako sacó su lengua y lamió con fruición lo que encontró a su paso, deteniéndose en el clítoris de su secuestradora, masajeándolo a conciencia, lamiendo después su húmeda cavidad, probando y saboreando los jugos que de ella salían cual si fuese el néctar de un suculento durazno. Pronto, el arlequín empezó a gemir, primero suavemente y después con más fuerza, hasta que el movimiento de su cuerpo delató que estaba siendo presa de una pasión incontrolable. Minako aplicó sus conocimientos y su hábil manejo de la lengua para continuar lamiendo, chupando y deleitándose con el sabroso manjar que tenía encima de ella, hasta que el grito de su captora y el consecuente chorro de flujos le demostraron que había conseguido su objetivo. Minako sintió que el arlequín se dejaba caer junto a ella, jadeando durante algunos momentos para recuperar el aliento.

 

– Oh, dulzura, eso ha estado muy bien –aseguró la misteriosa secuestradora, bufando–. Tan bien que voy a tener que castigarte otra vez. ¡No tenías derecho alguno a hacerme gozar tanto!

 

El arlequín posó una mano sobre la boca y la nariz de Minako y ésta sintió cómo comenzaba a perderse en la oscuridad nuevamente, sin que pudiera evitarlo.

 

Cuando despertó por tercera ocasión, se encontraba otra vez en el cuarto de los espejos, aunque en esta ocasión estaba atada boca abajo a un potro del amor, totalmente desnuda, con el culo al aire y las piernas bien abiertas gracias a una barra separadora. Ya no llevaba las pinzas pezoneras pero en su lugar tenía un par de diminutos estimuladores pegados a sus pezones, los cuales vibraban contra la suave carne (de hecho, Minako sospechaba que el encendido de dichos vibradores fue lo que la hizo despertarse). La mordaza había regresado pero la venda se había ido, así que podía verse a sí misma reflejada muchas veces en los múltiples espejos, en una pose obscena que resultaba placentera a la vista. En cuanto ella abrió los ojos, el arlequín hizo acto de presencia, llevando en sus manos el látigo de cuerdas. Minako sintió que un estremecimiento de placer recorría su cuerpo desnudo cuando su misteriosa captora pasó las cuerdas por sus nalgas y sus sedosos muslos.

 

– ¿Estás lista, dulzura? –preguntó el arlequín, pero todavía no acababa de formular la pregunta cuando ya había dejado ir el látigo contra la firme piel de Minako–. Voy a castigarte en forma.

 

La muchacha gimió con fuerza a través de la mordaza de bola, ya muy mordida y ensalivada a esas alturas. La secuestradora alzó el látigo y lo dejó caer, una y otra vez, sobre el trasero de Minako, con fuerza y sin compasión alguna. A cada azote, la chica se retorcía y gemía a causa del más duro placer, alzando el culo con ansias para recibir los golpes, disfrutando cada maltrato dado a su piel y a su carne.

 

– Niña mala –dijo el arlequín, azotando a Minako sin descanso–. Debes aprender a comportarte correctamente.

 

El látigo caía sobre la blanca piel, dejándola con marcas carmesí. Minako no sabía qué era más intenso, si el dolor o el placer, o si ambas sensaciones eran lo que la transportaban a un lugar muy cercano al cielo. Sin embargo, cuando ella más lo estaba disfrutando, el arlequín dejó de golpearla y arrojó el látigo a un lado. Minako, que había cerrado los ojos, los abrió y emitió un quejido de protesta, pero en ese momento vio que su misteriosa secuestradora llevaba en las manos un consolador con arnés especial: no sólo tenía en el cinturón un enorme dildo de plástico para penetrar, sino que por dentro había otro pene del mismo tamaño para que se incrustara en la persona que lo usaba. El arlequín se puso el arnés, gimiendo mientras el dildo entraba en su lubricada vagina, tras lo cual se lo ajustó y comprobó la dureza del consolador que habría de penetrar a Minako.

 

– ¿Estás lista, dulzura? –preguntó la secuestradora, acercándose a la chica atada para introducirle un par de dedos en su cavidad vaginal.

– ¡Hmmmm! –Minako se retorció del placer, mientras los dedos del arlequín la penetraban y acariciaban su clítoris con movimientos circulares.

– Vaya que estás bien dispuesta. –La captora la estimuló arduamente durante unos segundos más antes de tomar a la joven por las nalgas y comenzar a penetrarla.

 

Sailor Venus dejó escapar un grito agudo, el cual se ahogó gracias a la mordaza. Los consoladores en sus pezones la habían dejado al punto, así que casi se corrió cuando el arlequín la penetró de primera intención. Ésta la embestía cada vez con mayor fuerza y velocidad, empujando sus caderas contra las de ella en un movimiento frenético y acompasado. Minako sentía que sus jugos escurrían por sus piernas abiertas, que su cuerpo se dilataba con cada embate y que el orgasmo iba a invadirla de un momento a otro. A su vez, el arlequín había perdido el control y gemía y la penetraba sin control, disfrutando del acto tanto como su capturada, uniendo sus gritos a los de ella y saboreando hasta la última de sus sensaciones. En la habitación de los espejos sólo se escuchaban jadeos ahogados y gemidos guturales, combinados con el choque de las caderas de las dos chicas. Minako sentía cómo era penetrada una y otra vez, al tiempo que el arlequín introducía un dedo por su ano y la estimulaba con él, en un pálido recuerdo del efecto de las bolas chinas. Por fin, en una avasalladora avalancha, el orgasmo invadió a Minako de pies a cabeza, recorriéndola con tal salvajismo que la mordaza a duras penas pudo contener el intenso grito que escapó de sus labios, al tiempo que su captora también era presa de un espasmo de gozo intenso, de manera que ambas mujeres alcanzaron la cúspide del placer al mismo tiempo.

 

– Eres tan hermosa –murmuró el arlequín al oído de Sailor Venus, tras lo cual la besó en el cuello.

 

Minako jadeaba apoyada contra el sillón, sintiendo que el cansancio la hacía su presa y la sumía en un sueño profundo. Lo último que alcanzó a ver antes de cerrar los ojos fue la máscara de arlequín, un manchón blanco, negro y plata que le sonreía con su sonrisa plástica un millón de veces repetida en los espejos de la habitación.

 

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Cuando Minako volvió a abrir los ojos, se encontraba de nuevo en su propio dormitorio, sobre su propia cama, cubierta con su cobija favorita. Llevaba puesta una de sus pijamas y a su lado descansaba Rei, muy tranquila y fresca. Ésta abrió los ojos cuando Minako se incorporó y le dirigió una curiosa sonrisa de arlequín.

 

– Lamento haberme quedado pero no tenía deseos de regresar a casa –le dijo Rei–. Pensé que no te molestaría tener una acompañante por una noche.

 

Minako no respondió; era tarde, muy tarde, prácticamente faltaba poco para que amaneciera y el viento se había calmado al fin: hacía una noche espléndida y tranquila, como pocas se veían en esas épocas. Parecía que habían pasado días desde esa ventosa tarde en la que Minako le dijo a Rei que estaba aburrida y ésta le sugirió que jugaran un nuevo juego. Parecía. Minako ni siquiera recordaba en qué momento se colocó la pijama pero debió ser poco después de que pusieran en Netflix la quinta película navideña de la noche y antes de que se quedara profundamente dormida, a menos que hubiese sido Rei quien la cambió de ropa.

 

– Tengo hambre –fue lo que dijo Minako al fin, poniendo los pies en el suelo para buscar sus pantuflas de gato, las cuales encontró junto a una peculiar máscara de arlequín negra con detalles en rojo y oro.

 

La chica tomó la careta y una curiosa expresión de perversión apareció en su rostro. Rei la vio de reojo y se sentó en la cama, a la espera de su reacción.

 

– Fue muy, eh, interesante el juego, por decirlo de alguna manera –confesó Minako, acariciando la máscara–. Aunque no fue ni remotamente lo que esperaba, creí que sería algo mucho más ligero.

– Pues a mi parecer no lo pasaste mal –replicó Rei, con malicia.

– Yo no dije eso –negó Minako–. Pero no me gustó que bloquearas mis poderes, ni siquiera sé cómo pudiste hacer eso.

– Oh, vamos, no hacerlo así le habría quitado diversión al asunto –rebatió Sailor Mars, enigmática–. ¿Cómo esperas que azote y torture a una chica que sabe defenderse? No lo habría disfrutado ni la mitad de lo que lo disfruté. Ni tú tampoco, dicho sea de paso. Y un mago nunca revela sus secretos así que no te diré cómo conseguí inutilizar tu poder.

– Aún cuando lo gocé, fuiste muy perversa –replicó Minako, girando la cabeza para mirar a su amante.

 

Rei se dejó caer otra vez en la cama, murmurando algo acerca de que Minako podría vengarse después de ella, si quería. Minako, por supuesto, tomó la oportunidad al vuelo: abrió el cajón de su mesita de noche y sacó un frasquito que contenía un líquido ambarino y espeso, un potente afrodisiaco que, con sólo untarlo en las zonas erógenas de una persona la volvería presa de un placer incontrolable. Todavía le quedaba una media hora de oscuridad, como mínimo, y en media hora podían ocurrir muchas cosas en esas cuatro paredes. Sí, bastaría con untar ese líquido en el cuerpo de Sailor Mars para hacerla pagar por lo que hizo, para volverla presa de un placer incontrolable que sólo se satisfaría cuando Minako se lo quitara a lamidas.

 

¿Quién sabía qué sucedería después de eso? Quizás hasta Sailor Venus podría regresarle la cortesía usando también un látigo, seguro que eso sería algo que Rei apreciaría.

 

Fin.

 

Notas:

  • Todos los personajes de Sailor Moon son propiedad de Naoko Takeuchi ©.
  • Ésta es una adaptación de la primera historia con temática yuri (y el segundo con tintes bondage) que he hecho en toda mi vida; el original lo escribí para un amigo como parte de un trato navideño que hicimos, usando a dos personajes de uno de sus cómics, y decidí convertirlo en un fanfic de Sailor Moon pues me di cuenta de que la historia le quedaba muy bien a Minako y a Rei, aunque me basé en la relación que tienen en el manga puesto que ahí son más unidas que en los animes.
  • No soy muy partidaria del yuri pero he querido salir de mi zona de confort (ya que sólo había escrito sobre relaciones heterosexuales antes de esto) y preferí irme por esta vía pues la tolero más que el yaoi. Ya veremos después si me animo a escribir algo más.

 



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