Anomalías
I don't own Harry Potter nor the characters from it. I do not make any money from the writing of this story.
1
1.
Desde que el títere Pius Thicknesse se apoltronó como Ministro de Magia, a Severus Snape se le había duplicado el papeleo como director de Hogwarts.
Día sí, día no, recibía cartas de recomendación enviadas por diferentes secretarios ministeriales proponiendo candidatos para que renovase el profesorado del colegio.
Contrariamente a lo que había imaginado que pasaría cuando él mismo fue asignado director, ninguno de los miembros del personal había presentado su dimisión. Suponía, aunque no es que ninguno de sus viejos colegas hablase claramente con él al respecto, que su heroico plan consistía en intentar proteger a los alumnos de lo que fuera que tuviera previsto hacer el Señor Tenebroso. Esto, por sí mismo, le suponía también un doble trabajo: proteger a los alumnos y proteger a los profesores.
Había estado haciendo malabarismos solo para conseguir esto último, y el curso todavía no había empezado siquiera.
No podía poner simplemente la excusa de que el puesto ya estaba ocupado. Ya no. La única vez que lo intentó, el Señor Tenebroso asesinó a Charity Burbage y puso a Alecto Carrow en su lugar. Y después cambió la asignatura de Estudios Muggles por una de propaganda mortífaga.
Sin embargo, había un puesto que sí estaba libre, el que había ocupado él mismo el año anterior como profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. No había nadie entre el profesorado actual capacitado para dar esa clase, pero debía darse prisa en buscar un sustituto antes de que el Señor Tenebroso le enviase a alguno de sus psicópatas más sanguinarios.
Por eso había accedido a la entrevista. El nombre de la candidata no le sonaba de nada, de modo que no podía ser del círculo más cercano al Lord. Se preguntaba si sería pariente de Augustus Travers, y por eso se la había recomendado. Puro nepotismo, no maquinaciones para dominar un puesto clave. Lo cual era preferible, sin ninguna duda.
Se oyeron unos golpes en la puerta del despacho y Snape dejó la carta a un lado.
—Adelante.
Entró una mujer robusta, vestida con un discreto traje chaqueta verde jaspeado y un pequeño bolso de mano. Le sorprendió el atuendo muggle; no era lo que había esperado.
Hizo un gesto hacia la silla vacía enfrente de él y la mujer se acercó. Caminaba con la espalda muy recta y llevaba el cabello castaño recogido en un moño alto, con solo dos mechones sueltos que caían a los lados de su cara como si quisieran suavizar la rigidez del peinado.
—Buenos días, me llamo Mathilda Umplehart.
—Buenos días, soy el director Severus Snape. Puede sentarse.
—Gracias.
Snape buscó entre los pergaminos del escritorio y sacó el calendario escolar con la asignación de profesores.
—El puesto que está solicitando es el de Defensa Contra las Artes Oscuras.
—Correcto.
—¿Ha impartido clases en alguna escuela anteriormente?
—No.
Snape levantó la vista del pergamino.
—¿Entonces qué le hace pensar que está capacitada para ejercer este puesto?
—Soy experta en la asignatura en cuestión. He estado dando clases particulares de artes oscuras durante años.
Snape parpadeó una sola vez y tomó la decisión consciente de no fruncir el ceño.
—¿Cómo ha dicho?
—Hace años que soy profesora particular de artes oscuras.
Snape dejó el calendario sobre la mesa y cruzó los dedos de las manos.
—Enseñar las artes oscuras estaba prohibido hasta hace escasamente un mes.
—Soy consciente de ello.
La mujer parecía muy tranquila y apenas parpadeaba. Snape se preguntó si se habría equivocado al suponer que no sería tan peligrosa como alguien enviado por el mismísimo Lord.
Estudió su rostro, pero fue incapaz de descifrar qué había detrás de aquellos ojos pardos.
—Supongo que la futura recompensa del Señor Tenebroso compensaba el riesgo que corrió.
Por primera vez, la expresión de Umplehart cambió. Parecía sorprendida.
—No soy mortífaga, señor director —dijo.
Snape levantó una ceja.
—¿Disculpe?
—Yo no soy mortífaga. Nunca me he alistado ni llevo la marca tenebrosa. No comulgo con la mayoría de esas ideas disparatadas. Y jamás he conocido a El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado.
Por más que lo intentó, esta vez Snape no pudo evitar fruncir el ceño. Cogió la carta de recomendación que le había enviado Travers y la releyó rápidamente. Llevaba el sello del Ministerio de Magia y las altas referencias que había dado el secretario ministerial de aquella mujer le habían dado a entender que era una mortífaga. Pero, analizando el texto con atención, se dio cuenta de que no había nada allí que lo dijera explícitamente.
—Pero me han enviado una carta de recomendación del Ministerio.
Umplehart le devolvió la mirada sin aparente incomodidad.
—Correcto.
—Y Augustus Travers habla muy bien de usted —señaló.
—Correcto.
Soltó la carta de nuevo. ¿Qué demonios significaba aquello?
—¿Y por qué iba a proponerla como profesora de Hogwarts el Secretario de Asuntos Ministeriales y de Seguridad Mágica si no es una mortífaga?
—¡Qué pregunta tan absurda! —exclamó ella. El tono de la mujer pilló a Snape desprevenido, por lo que no respondió. Abrió más los ojos y frunció los labios—. Ser mortífaga no es un requisito para ser una buena profesora.
—¿Me está diciendo que la han enviado aquí solo porque es buena profesora?
—Correcto.
Snape la estudió en silencio. Parecía decir la verdad. O, al menos, parecía creer que decía la verdad, que no era necesariamente lo mismo.
En cualquier caso, todo aquello era una anomalía. Y, por su experiencia, las anomalías eran algo malo. Pero también por su experiencia sabía que debían estudiarse de cerca para prevenir males mayores.
—Eso está por ver —dijo al fin—. Dejémoslo por el momento. Está contratada, puede comenzar a…
—¿Puedo hacerle una pregunta?
Snape la miró con recelo.
—Adelante.
—¿Tengo libertad total para elegir mi temario?
Snape consideró la pregunta.
—Dentro de los límites de su asignatura, sí —contestó.
—Perfecto —dijo ella.
—Como le comentaba, ya puede ir a acomodarse a sus aposentos. Un elfo doméstico la acompañará.
2.
Snape había dedicado el resto de la tarde y buena parte de la mañana siguiente a investigar a Mathilda Umplehart, sin ningún resultado. Ninguno de sus contactos parecía conocerla y Travers estaba ilocalizable.
Desde que la profesora llegó el día anterior, Snape no se había vuelto a cruzar con ella, porque él se había saltado la cena y también la comida, pero ahora la observaba en silencio mientras McGonagall, aprovechando la ausencia de Carrow, que había sido convocada por el Lord, se le quejaba de algo que él apenas estaba escuchando.
Umplehart estaba sentada en un extremo de la mesa con la espalda muy recta y no hablaba con nadie. Esperaba que le trajeran el primer plato mientras anotaba algo en una libreta. Pero lo más peculiar no era que usara una libreta muggle, sino que escribiera con bolígrafo en vez de con pluma.
Snape frunció el ceño.
—¿Has hablado con la nueva profesora, Minerva? —preguntó. La subdirectora se interrumpió a media frase, pestañeó un par de veces y miró a su izquierda.
—¿Umplehart? No. ¿Por qué? ¿Y qué tiene que ver con lo que te estoy diciendo de Carrow?
Snape no contestó.
—¿No te parece algo extraño que use un bolígrafo y una libreta muggles?
—¿Vas a denunciarla por eso? —preguntó McGonagall, cortante.
Snape se giró de golpe hacia ella. Los ojos de la subdirectora parecían estar en llamas. Por un segundo, había olvidado que ya no eran viejos colegas. Ahora eran enemigos. O eso tenía que seguir creyendo ella.
—Carrow puede impartir en sus clases el temario que considere oportuno —dijo secamente—. No hay nada que puedas hacer para evitarlo. Cuanto antes lo aceptes, más fácil te resultará.
—Los muggles son seres inferiores en todos los aspectos, pudiendo considerarse incluso de inteligencia limitada —leyó la profesora—. ¿En serio, Severus?
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó, señalando el pergamino que tenía ella en la mano.
—Esto es su temario. Es lo que pretende enseñar a nuestros alumnos el curso que viene.
—No te he preguntado qué es, sino de dónde lo has sacado.
—De sus aposentos, por supuesto.
Snape se quedó mudo de asombro.
—¿Te has colado en su habitación? —Dijo al fin. Su voz sonó algo más fuerte de lo que pretendía, por lo que carraspeó ligeramente—. ¿Te has vuelto loca?
—Quizá sí, teniendo en cuenta que estoy intentando hacer entrar en razón a un asesino —dijo.
Los elfos domésticos empezaron a servir los platos.
Snape dio un último vistazo a Umplehart, que atacaba con satisfacción el plato que habían puesto ante ella, y se levantó de la mesa.
—He perdido el apetito. Devuelve ese pergamino al lugar de donde lo has sacado. Buenas noches, Minerva.
3.
Cuando Alecto Carrow regresó a Hogwarts no lo hizo sola. Su repugnante hermano Amycus vino con ella y los dos se autoproclamaron subdirectores del colegio. Según dijeron, esa era la voluntad del Lord.
También era su voluntad que Amycus impartiese Artes Oscuras, para escándalo de McGonagall, que no tardó en presentarse en el despacho del director para quejarse en cuanto escuchó la noticia.
Pero el comprensible enfado de McGonagall era secundario. La inesperada decisión del Lord había vuelto precaria la situación de Umplehart. Si Amycus iba a impartir esa asignatura, no había ningún puesto libre para ella. Pero Snape era reacio a dejarla marchar.
Todavía no sabía qué pensar de ella, pero sospechaba que podría serle conveniente tenerla cerca. Después de todo, trabajar como espía para Dumbledore durante años le había enseñado alguna que otra cosa sobre manipulaciones, y la profesora podría llegar a serle útil. Si solo pudiera descifrarla…
Aquella mañana, a primera hora, había recibido por fin respuesta de Travers. Pero su conversación con él tampoco había arrojado mucha luz sobre el tema. Tal como ella había dicho, el Secretario solo la había recomendado porque había sido muy buena profesora particular para su hijo.
No le preguntó a Travers por el hecho de que no fuera mortífaga porque no quería comprometerla en caso de que él lo ignorase, pero el hombre no había dado ningún indicio de que su recomendación tuviera otra intención que la de echar una mano a alguien que había hecho un buen trabajo. Y eso era todo lo que había podido averiguar.
Llevaba un rato dando golpecitos en el escritorio con el canto de un pergamino cuando Dumbledore apareció con cara somnolienta desde la derecha de su retrato.
—Buenas tardes a todos —dijo—. Perdón por la cabezadita. ¿Me he perdido algo importante?
—Llevas dos semanas fuera, Albus —contestó Phineas Nigellus Black—. Solo te has perdido a tu asesino jugando al tirano en el colegio.
—Cállate, Phineas —dijo Snape.
Se puso en pie y se acercó al retrato de Dumbledore.
—Ya que estás aquí, Albus, ¿sabes algo de Mathilda Umplehart?
—¿Mathilda qué?
Snape resopló y empezó a frotarse la barbilla con los dedos.
Al fin, tomó una decisión. Envió un elfo doméstico a la habitación de la profesora y Umplehart se presentó en su despacho unos minutos más tarde.
—¿Me ha hecho llamar, señor director?
—Sí, siéntese, por favor.
La mujer obedeció y durante casi un minuto ninguno dijo nada. Finalmente, Snape tomó la palabra de nuevo.
—¿Por qué Travers dio esas referencias tan buenas de usted?
—¿Otra vez me pregunta por este tema? —preguntó ella.
—Déme el gusto.
La mujer suspiró y se acomodó mejor en su asiento.
—¿Por qué no iba a hacerlo? Fui una excelente profesora particular de artes oscuras para su hijo.
—¿En serio?
—Por supuesto. Le enseñé hechizos que estaban prohibidos por el Ministerio y cómo defenderse de ellos. Complementé la educación defectuosa que ofrecía Hogwarts y ahora puedo afirmar con orgullo que es un joven mago altamente cualificado.
Snape estaba de acuerdo. Malachai Travers se había convertido en un buen mago. También era un sádico.
Quería preguntar más. Mucho más. Pero podía sentir la mirada penetrante de Phineas Nigellus Black clavándose en él.
—De todos modos, no la he hecho venir por eso. El puesto de Artes Oscuras ya está ocupado, desafortunadamente, de modo que no puedo dárselo.
—Pero creía que…
—Lo sé, pero las circunstancias han cambiado.
—Entiendo. Entonces supongo que recogeré mis cosas y…
—De modo que tendrá que impartir la clase de Teoría y Práctica Mágica Avanzada —la interrumpió.
La mujer pareció no comprender lo que había dicho.
—¿Teoría y Práctica Mágica Avanzada? ¿Qué asignatura es esa?
—Una nueva que acabo de crear.
Umplehart bajó la vista hacia el dobladillo de su falda, después levantó la cabeza de nuevo y dijo:
—Excelente. ¿Sigo teniendo completa libertad con mi temario?
—Sí.
—Perfecto. Me pondré a prepararlo ahora mismo.
—Tendrá que compaginarse con Amycus Carrow, que será el nuevo profesor de Artes Oscuras, para no solapar temas, ya que su asignatura será un complemento de esa.
—No hay problema.
—El curso empieza en dos semanas. ¿Tendrá tiempo suficiente?
—Sí.
—Perfecto. Muchas gracias. Ya puede irse.
La mujer se levantó de inmediato y dejó el despacho.
—¿Qué estás tramando, Severus? —preguntó el viejo Black desde el retrato.
Snape lo ignoró. Cogió una pluma y empezó a escribir sin demora la lista definitiva del profesorado y de las asignaturas del curso que debía remitir al Ministerio antes del comienzo del curso.
4.
Snape no se había atrevido a soñar ni por un instante que su época de director de Hogwarts fuera a transcurrir plácida y apaciblemente. Pero lo que jamás habría imaginado era que la primera queja que le llegase tras el inicio de curso fuese de Amycus Carrow contra Mathilda Umplehart. Y solo era el segundo día de clases.
Entró en su despacho hecho una furia.
—¿Qué demonios está haciendo esa mujer? —gritó.
Snape miró con desaprobación la puerta del despacho, que el mortífago había dejado chocar contra la pared al abrirla y ni siquiera se había dignado a cerrar.
—¿De qué mujer hablas, Amycus?
¿Qué habrá hecho ahora Minerva?, se preguntó. Desde que él era director, la profesora parecía haber desarrollado una especie de rebeldía insolente que nunca antes había mostrado. Lo entendía, pero no dejaba de ser molesto y le dificultaba su trabajo.
—Nos reunimos un montón de veces para ponernos de acuerdo en el temario, dijiste que no tenía que solaparse con mis clases, pero lo primero que ha hecho nada más empezar es precisamente eso.
No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que no hablaba de McGonagall, lo cual no dejaba de ser sorprendente.
Snape sintió algo muy extraño. Al principio no supo identificarlo. Pero después se dio cuenta de que era una moderada satisfacción. Inaudito.
Miró a Carrow con placidez.
—¿Cuál es exactamente el problema? —preguntó.
—Es un insufrible tira y afloja. Enseño una maldición a los alumnos y en su siguiente clase ella enseña la contramaldición. Doy una clase práctica sobre un hechizo y ella lo deshace a la siguiente. Ayer estuvimos así desde primera hora, y hoy vamos por el mismo camino.
—¿Qué tipo de clase práctica?
—Por ejemplo, ayer le lancé un Vibratum a un Hufflepuff de tercero. Tenía intención de dejarlo temblequeando hasta su siguiente clase conmigo, que es esta tarde. Eso le serviría de lección para que no volviese a cuchichear mientras yo hablo. Pero su grupo tenía clase con Umplehart ayer a última hora, y ella les enseñó cómo pueden deshacer el hechizo.
—¿Eso hizo?
—Como lo oyes.
—¿Y se lo has dicho a ella?
—Estuvimos discutiendo sobre esto ayer largo rato, pero hoy está haciendo exactamente lo mismo.
—Ya veo. Gracias, Amycus, puedes retirarte. Hablaré con ella.
Carrow asintió con la cabeza, indignado, y salió del despacho.
Snape estuvo a punto de hacer llamar a la profesora, pero echó un vistazo al retrato del viejo Black, que en esos momentos se hacía el dormido, y cambió de idea.
Fue a buscarla él mismo a sus aposentos.
—Director Snape, no esperaba su visita —dijo al verle—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Me gustaría hablar con usted un momento, profesora Umplehart.
La mujer lo invitó a pasar y Snape echó un vistazo a la habitación. Resultaba inesperadamente cálida. Se detuvo a medio paso y frunció el ceño. No, no era eso. No podía ser cálida, apenas había objetos personales y no había tocado nada de la decoración propia de la sala. ¿Qué era aquella sensación?
—Es musgorazón —dijo ella, como si hubiera leído sus pensamientos.
—¿Disculpe?
—Se está preguntando por qué mi habitación es tan extrañamente acogedora, ¿no es así?
Snape no contestó.
—Cuando estoy fuera de casa me gusta usar musgorazón. Es una poción a base de musgo de sauce boxeador que…
—Sé lo que es. Fui profesor de Pociones durante muchos años.
—Disculpe, no tenía ni idea. Verá, me cuesta adaptarme a lugares extraños. Usar una poción ambientadora que logra que cualquier sitio se sienta como un hogar me ayuda con el proceso.
Snape la observó con curiosidad. Aquella mujer firme y decidida acababa de confesarle una debilidad sin pestañear. ¿No temía que pudiese buscar la manera de usarla contra ella? Desde luego, era evidente que no era una mortífaga.
—¿En qué puedo ayudarle, director Snape?
La pregunta lo sacó de su ensimismamiento. Echó de nuevo un rápido vistazo a la sala para cerciorarse de que no hubiese ningún retrato y volvió a girarse hacia ella.
—Amycus Carrow está muy disgustado con usted.
—¿Ah, sí?
—En efecto. ¿Sabe cuál puede ser el motivo?
—¿No se lo ha dicho él?
—Sí, pero quiero ver si lo sabe usted.
Umplehart puso cara de desconcierto.
—No tengo ni la más remota idea —dijo.
—¿Ah, no?
—En absoluto. Director, usted me indicó expresamente que no solapase mi temario con el del profesor Carrow.
—Así es.
—Y no lo he hecho.
—Él no parece compartir esa opinión.
La mujer se quedó pensando.
—¿Esto es por el Flagellum?
Snape empalideció.
—¿Flagellum?
—Eso he dicho. Verá, el profesor Carrow no tiene ninguna razón para enfadarse conmigo, pero yo sí que estoy muy disgustada con él. ¿Sabe usted que está lanzando maldiciones?
—Creía que usted defendía las Artes Oscuras.
—Defiendo enseñarlas, no usarlas. Y menos contra alumnos indefensos. En su primera clase, un alumno de segundo llegó tarde y el profesor Carrow lo castigó con un Flagellum. Cuando llegó después a la mía la criatura estaba en un estado deplorable. Cojeaba al andar, no dejaba de llorar y tenía problemas para apoyarse en el respaldo del asiento. Su túnica estaba hecha jirones por la espalda. ¡Tuve que improvisar la clase, claro! Les enseñé cómo contrarrestar el Flagellum y cómo curar correctamente las heridas que produce, y me aseguré de que todos y cada uno de ellos aprendieran a lanzar el contrahechizo.
Snape tragó saliva.
—Su enojo no es por el Flagellum —dijo.
—¿El Trincatum? —Snape frunció el ceño—. ¿El hechizo de luna, entonces?
Ahora estaba directamente escandalizado.
—¿Hechizo de luna? ¿Me está diciendo que Carrow ha usado un hechizo para hacerle creer a un alumno que es un hombre lobo?
—Desde luego que sí. Estaba en su temario. ¿No lo leyó?
—No, no, no. Él nunca dijo que fuera a aplicar… en fin —se interrumpió—. Da igual. Ya hablaré de esto con él. No se trata de nada de eso, sino del Vibratum.
—Ah, ya veo. Como comprenderá, no podía tener a ese crío temblando durante toda la clase. Era algo intolerable. Así que tuve que enseñarles a contrarrestar los efectos hasta que el hechizo expira por sí mismo. Director, yo tengo mi propio temario preparado para dar, pero lo cierto es que él me lo pone muy difícil si tengo que añadir temas adicionales de manera imprevista.
Snape intentó sobreponerse a todo lo que acababa de oír. El curso solo acababa de empezar. ¿Cómo era posible que ese animal de Carrow se estuviera ensañando con los alumnos así? Cuando enumeró todas las maldiciones en su temario, no lo había presentado como si fuese a llevar a cabo demostraciones prácticas contra los estudiantes.
A ese paso le iba a resultar imposible acabar el primer trimestre sin ninguna baja. Se pinzó el puente de la nariz para pensar.
Lo que contaba Umplehart era brutal. Pero él tenía las manos atadas. No podía actuar contra los mortífagos que había colocado allí el mismísimo Lord. ¿O sí podía…?
Observó a la profesora en silencio.
Entonces ella volvió a hablar.
—Director Snape, no es mi lugar decirle cómo debe hacer las cosas, y tengo que suponer que usted está de acuerdo con los… métodos didácticos del profesor Carrow. Al fin y al cabo lo ha nombrado también subdirector. Pero en mi humilde opinión él no está enseñando bien las Artes Oscuras. Solo debería enseñar a ejecutarlas, no lanzarlas de verdad contra los alumnos. Y además, debería darles a conocer también los contrahechizos, trucos para detectar e identificar maldiciones, y maneras de protegerse de ellas y de revertir los efectos cuando sea posible. El proceso entero. Debería ser una enseñanza integral.
—Me temo que yo no puedo hacer nada al respecto —contestó, tajante.
—Pero está mal —insistió ella.
Snape la miró con mayor intensidad.
—Le repito que yo no puedo hacer nada —dijo, más despacio. Con más énfasis—. Esa es la asignatura de Carrow y tiene libertad absoluta para decidir sobre los temas que trata. —Hizo una pausa—. Igual que usted.
Umplehart pestañeó dos veces y guardó silencio.
—Volviendo al motivo que me ha traído aquí —dijo Snape—, le diré a Carrow que sus clases no están en absoluto en conflicto con las de él.
—Y es cierto —contestó ella—. Solo las complemento. ¿No es eso lo que explicó que sería mi asignatura? Un complemento a Artes Oscuras. Pues eso es justo lo que hago. Él enseña a lanzar maldiciones. Yo enseño a que no te alcancen. Son materias prácticamente opuestas.
Snape asintió con satisfacción.
—Excelente, entonces —dijo, y se dirigió a la puerta.
—¿Eso es todo? —preguntó la mujer a su espalda.
—Sí —dijo, pero detuvo la mano en el pomo. Quizá podía aprovechar el momento de privacidad para averiguar algunas cosas más de aquella mujer.
—¿Director Snape? —insistió ella.
Snape se giró hacia Umplehart.
—¿Es usted sangre pura?
La mujer se quedó boquiabierta.
—¿Pero qué diablos…?
—Lamento tener que hacerle una pregunta tan delicada —la interrumpió—, pero comprenderá que en los tiempos que corren necesito asegurarme.
La cara de Umplehart indicaba que no lo comprendía en absoluto. Parecía realmente indignada. Aun así, contestó.
—Sí. Lo soy —dijo. Bien, pensó Snape, y exhaló despacio, con alivio—. En toda mi vida jamás me habían hecho una pregunta tan grosera.
—Cuando la contraté me dejó bien claro que no es una mortífaga. Pero usted no es ninguna ingenua. Es consciente del mundo en el que vivimos, ¿no es así?
La expresión de enojo dio paso a otra más cautelosa.
—Por supuesto —dijo simplemente.
Snape asintió.
—¿Por qué daba clases particulares de Artes Oscuras si estaba prohibido?
Umplehart abrió la boca sin decir nada. Estaba claro que no esperaba que la conversación diese ese giro.
—Eh… pues… porque considero una aberración prohibir los conocimientos. Cualquier conocimiento.
—¿Y no le preocupaba cómo fuesen a usar esos conocimientos prohibidos sus alumnos?
—El saber no es peligroso.
—Pero el uso que se haga de ese saber sí puede serlo.
—Correcto. Pero la censura no soluciona el problema. Prohibirlos solo porque pueden usarse para fines peligrosos solo produce gente incapaz de enfrentarse a esos peligros.
Snape esperó a que añadiese algo más, pero no lo hizo.
—Entonces… ¿no le suponía ningún conflicto ético?
—La ética nunca ha protegido a nadie de un Imperius. Si se hubiera enseñado bien esa maldición en nuestras escuelas, los secretarios y funcionarios del Ministerio de Magia no habrían caído bajo sus efectos tan fácilmente en cuanto los mortífagos tomaron el poder.
Snape no contestó porque estaba sorprendentemente de acuerdo con ella.
Umplehart continuó.
—Las artes oscuras existen, eso es un hecho y no se puede cambiar. ¿Cómo podemos pretender defendernos de ellas si no las conocemos en profundidad? ¿Acaso un medimago puede crear un remedio para una enfermedad que no ha sido debidamente estudiada? ¿Cómo esperamos formar a nuestros hijos si les enseñamos a luchar contra un colacuerno húngaro con varitas de regaliz?
Lo miró con ojos de fuego.
Snape tuvo que admitir para sí mismo que le impresionaba su convicción inquebrantable.
—¿Cree usted que los mortífagos son mejores magos que los demás? —preguntó ella. Snape no contestó. Sabía que no esperaba una respuesta—. No lo son. Solo están mejor preparados.
5.
Para mediados de octubre, Amycus Carrow había convertido sus quejas sobre Umplehart en una rutina.
El mortífago no estaba nada contento. Caminaba de un lado a otro del despacho del director gesticulando mucho con las manos y aullando como un torcual en celo. Pero Snape apenas le escuchaba.
Verlo entrar en su despacho hecho un basilisco y quejándose de Umplehart le llevó a pensar en ella de nuevo. Todavía no había llegado a comprender a esa mujer, pero creía que ya estaba cumpliendo con creces el papel que esperaba de ella, aunque fuese de formas insospechadas.
Y lo mejor era que no hacía falta dirigirla, como había creído necesario cuando la contrató. Solo tenía que dejarla ser ella misma. Umplehart encontraba por sí sola la manera de resultar útil.
Para empezar, estaba ayudando a los alumnos a sobrevivir a los Carrow. McGonagall subía a su despacho día sí, día también, a quejarse por el trato despreciable de Alecto y Amycus a los hijos de muggles, a los que acosaban en las clases, en los pasillos, en el Gran Comedor, en los dormitorios… en todas partes.
Los castigos eran terribles. No había nada demasiado monstruoso para ellos.
Algunos estudiantes habían acabado en estado grave. Snape había tenido que echar una mano a Poppy sin que ni ella ni nadie lo supiera, colándose en la enfermería por las noches, efectuando contrahechizos de manera furtiva y administrando, mientras los pacientes dormían, cataplasmas sanadoras contra daños producidos por magia prohibida, un campo que, precisamente por ser prohibido, la enfermera conocía mucho menos que él. Pero Umplehart podía ayudarlos directamente, sin subterfugios. A cada maldición que ellos probaban con los estudiantes, ella enseñaba cómo contrarrestarla.
Ningún otro profesor podía hacer algo así, porque, aparte de Snape mismo, ninguno estaba tan formado en las Artes Oscuras como ella.
Al mismo tiempo, también estaba logrando desquiciar a los hermanos. Se quejaban de sus clases sin parar, amenazaban con hablarle al Señor Tenebroso de ella para que la pusiera en su lugar, chillaban y pataleaban como críos malcriados que por una vez no pueden salirse con la suya.
Ya había tenido suficiente de eso. No iba a tolerarlo más. No podía actuar contra ellos. Pero tampoco tenía por qué soportar sus lamentos.
—…le digas lo que le digas, se lo pasa todo por el forro de la túnica —se quejaba el mortífago—. No es que lleve una, claro. Y esa es otra. ¿Por qué no le dices que vista como una bruja decente? ¿Tiene que ofendernos siempre la vista con esas espantosas ropas muggles?
—No estoy aquí para hacer de estilista, Amycus —le atajó—. No es mi trabajo decirle cómo debe vestir. Como tampoco te he sugerido nunca a ti que te convendría una visita al dentista.
—Pero…
—¿Qué pretendes que haga exactamente? —le interrumpió.
—Tú eres el director, haz que obedezca.
—Pero ya lo hace.
—¿Cómo dices?
—Antes del inicio del curso os lo dejé muy claro: vuestras asignaturas no deben solaparse. Y no lo hacen. Tú enseñas hechizos y ella los contrahechizos. No hay ningún solapamiento, solo complementariedad.
—Pero si yo enseño un Cruciatus, ella no tiene por qué decirles cómo evitarlo.
—Claro que sí, si tú no lo enseñas por tu cuenta. Ese es precisamente el significado de complementariedad.
—Pero ella no deja de…
Snape se puso en pie y golpeó el escritorio con las manos.
—¡Se acabó, Amycus! No sois ningunos críos y yo no soy vuestra niñera. Dedícate a dar tus clases y olvida al resto de profesores.
—Sabes muy bien que el Señor Tenebroso no nos puso aquí solo para dar clases. Mi hermana y yo somos también subdirectores y tenemos que mantener el colegio bajo control, y si los demás profesores se rebelan…
—Nadie se está rebelando aquí. Cada uno cumple con su trabajo como mejor puede. Umplehart es una bruja de sangre pura y una reputada maestra de Artes Oscuras. El mismísimo Secretario Travers recomendó su contratación. ¿Crees que tú o tu hermana tenéis mejor criterio que él o que yo mismo para evaluarla? Mientras vosotros disfrutabais de libertad absoluta tras libraros de Azkaban, ella daba clases particulares de esa materia prohibida, arriesgándose durante años a ser detenida y enviada a prisión. ¿Quieres ir a contarle cuentos sobre ella al Señor Tenebroso? —Snape se inclinó hacia él por encima del escritorio. Cuando volvió a hablar, su voz se había vuelto peligrosamente grave—. ¿Estás seguro, Amycus?
El mortífago se quedó helado.
—N-no, claro que no —dijo al fin—. No pretendía insinuar…
—A partir de ahora no quiero oír ni una sola queja más sobre Umplehart. Ni de ti, ni de tu hermana. Solucionad vuestros problemas entre vosotros. Y ni se os ocurra ir a molestar al Señor Tenebroso a causa de vuestra propia incompetencia.
Carrow tragó saliva y asintió.
—Y ahora largo de mi despacho. Tengo mucho trabajo que hacer.