Sonrisas como puñales
Neither Harry Potter nor any of the characters of the saga belong to me.
1
Hay sonrisas que hieren como puñales.
(William Shakespeare)
Cap.1
Hermosa, inigualable, inolvidable sonrisa.
Severus podía pasarse todo el día viéndola sonreír sin cansarse.
Esos labios como pétalos de rosa; sus pequeños, ordenados y blanquísimos dientes; los hoyuelos que se le formaban en las mejillas; los ojos achicándose, sonriendo también, tanto o más que su boca…
Deseaba morder esa sonrisa, deseaba hacerla suya, besarla, chuparla, lamerla, embotellarla en un frasco de pociones para poder bebérsela siempre que se sintiera melancólico.
Cura instantánea contra la tristeza y la soledad.
Sev esto, Sev lo otro... daba igual lo que dijera mientras sonriera de aquella manera.
Y lo había hecho.
Muchas veces.
Ahora sonreía también.
La estaba observando y lo hacía.
Pero no para él.
Nunca más para él.
Y así fue como esa sonrisa preciosa, incomparable, deseada, inabarcable, se convirtió en un afilado puñal que le troceó el corazón en mil pedazos imposibles de recomponer.
Cap.2
Se arrodilló ante el que ahora era su amo, tembloroso pero con la férrea determinación del que ha sido empujado por un precipicio y ha sobrevivido a la caída.
Lo que no te mata, te hace más fuerte, se repetía mentalmente como un mantra, mientras la cadavérica mano se posaba sobre su cabeza.
Si el señor oscuro no te mata, te hará más fuerte, quería decir.
Y tenía razón.
La marca tenebrosa se formó en su antebrazo con una dolorosa quemazón que soportó con estoicidad y las mandíbulas apretadas.
–Mírame –ordenó su amo, y Severus levantó la mirada, temeroso–. Ahora eres mío –decretó Voldemort, y sonrió con muchos dientes y ningún rastro de humor.
Una sonrisa de una frialdad letal.
Lo que no te mata, te hace más fuerte, se repitió Severus, pero, ¿a qué precio?
Cap.3
–Me das asco –escupió Dumbledore, y compuso una sonrisa que era más bien una mueca cargada de tanto desprecio, que el hombre postrado a sus pies se sacudió en un escalofrío. ¿De verdad era tan repulsivo? Sí, lo era, aquella sonrisa no mentía–. ¿Te da igual que el marido y el niño mueran siempre que tú consigas lo que quieres?
Tragó saliva junto a su orgullo.
Sabía amargo.
–Pues sálvelos a todos –dijo con voz ronca.
La cruel sonrisa del anciano acababa de enseñarle una lección que no olvidaría jamás: que no merecía vivir, ni ser perdonado, ni encontrar la paz, ni ninguna de las cosas buenas que la vida pudiera brindarle a otros.
–¿Y qué me ofreces a cambio, Severus?
Ni siquiera se le ocurrió pensar por qué tendría que dar algo a cambio de que Dumbledore protegiera a dos de los miembros de su propia Orden.
Esa sonrisa lo decía bien claro: no mereces nada y has de pagar.
Siempre.
Por todo.
–Lo que usted quiera –contestó, abatido–. Haré lo que me pida.
Cap.4
La reconoció de inmediato.
Los párpados se estrechaban para acompañar el movimiento de la boca hacia arriba. Los ojos, de ese verde intenso, resplandecían tres veces más con aquella sonrisa, entornándose de la manera especial que él conocía tan bien.
Como cuando ella sonreía.
Sí, desde luego que la reconoció.
Pero su radiante sonrisa de labios rosados y ojos verdes no pertenecía a aquel rostro enemigo.
No debería pertenecer jamás a él.
Era la sonrisa de Lily Evans.
Siempre Evans, jamás Potter.
Se obligó a apartar la mirada del chico que se felicitaba con el pelirrojo a su lado –un Weasley, sin duda– por haber sido seleccionado para Gryffindor, pero el daño ya estaba hecho.
Los pedazos de su corazón que habían logrado resistir al paso del tiempo se convirtieron finalmente en polvo.