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Y desaparecer

By: ItrustSeverus
folder Spanish › Harry Potter
Rating: Adult
Chapters: 3
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Disclaimer:

Ni Harry Potter ni los personajes de la obra me pertenecen. No gano dinero escribiendo esta historia. 

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Capítulo 2

—¿Qué opinas? ¿Le das tu aprobación a la casa? —preguntó Hermione cuando llegaron, viendo cómo Snape inspeccionaba todo el salón con una evaluadora mirada.

—¿Eh? Oh, sí, por supuesto. No pienses que estoy curioseando, es sólo que… me ha sorprendido.

—¿Qué es lo que te ha sorprendido?

—Bueno, a juzgar por los espacios decorados por mujeres que he conocido hasta ahora, encuentro notablemente a faltar cortinas estampadas, paredes color pastel y objetos decorativos sin utilidad práctica aparente. En cambio, tú tienes libros por todas partes.

Hermione rió y se encogió de hombros.

—Sí, me temo que nunca he sido como las demás chicas.

—Eso es lo que te hace especial —dijo el hombre sin pensar e, inmediatamente, abrió los ojos, los cerró con fuerza y se dio media vuelta con brusquedad para que ella no pudiera ver su expresión de desconcierto.

No sabía por qué había dicho aquello. De hecho, no sabía por qué cuando estaba a su lado le resultaba tan fácil cometer deslices de ese tipo. Era como si le costara mucho más controlarse cuando estaba en su presencia. Casi como si, Merlín no lo permitiera, hubiera regresado a sus inseguridades de adolescencia. De pronto añoró los días en los que Hermione era su alumna y lo único que opinaba de ella era que no era más que una insufrible sabelotodo. Las cosas eran mucho más fáciles entonces, incluso contando con el insignificante problema de que el Lord había regresado.

—¿Crees que soy…? —empezó a preguntar Hermione, pero el pequeño Severus les interrumpió cuando salió del aseo.

—¡Guau! ¡Qué bañera tan grande tienes! —dijo, entusiasmado—. En casa sólo tenemos un plato de ducha.

La chica rió.

—Me gusta darme largos baños, me relajan y me ayudan a pensar. Si quieres, antes de ir a dormir te puedes dar uno tú también —ofreció.

—¿Puedo? —preguntó, contento.

Hermione asintió con la cabeza y el niño le dedicó una amplia sonrisa.

—¿Qué te gustaría hacer ahora, Severus? ¿Te gustaría leer algún cuento?

—¿Tienes algo de Sherlock Holmes? —quiso saber el niño, y Hermione miró a Snape asombrada.

—¿Te gusta Sherlock Holmes?

Aunque lo preguntó mirando al hombre, el chico no tardó en responder.

—¡Me encanta!

Snape se estiró cuán largo era, intentando adoptar una postura lo más digna posible, y Hermione sonrió.

—Vaya, vaya. De lo que se entera una… en fin, creo que sí tengo algún libro de Conan Doyle, o al menos lo tenía en casa de mis padres, no recuerdo si me lo traje cuando vine a vivir aquí. Déjame mirar.

Empezó a revisar la estantería que cubría casi toda la pared del fondo y poco a poco se fue acercando a Snape, que estaba allí parado sin saber muy bien qué hacer, excepto sentirse incómodo y aparentar dignidad.

—Pero Se… Alan —dijo la chica, mirándole—. ¿Todavía no te has acabado el helado? ¡Se te está derritiendo todo!

Snape miró el helado que sujetaba en la mano y chasqueó la lengua.

—Sí, ya te dije que no estoy acostumbrado a comer dulce y me resulta empalagoso. No deberías haber insistido en comprarme uno.

—Oh, pero es un crimen que no te acabes este helado tan delicioso. ¡Es la mejor heladería de Londres! Y fíjate, lo he escogido de menta con trocitos de chocolate negro con la esperanza de que los colores te resultarían atractivos.

—Es todo un detalle, pero el dulce no es lo mío.

—Eso es porque lo has probado poco —dijo la chica y, sujetándole la mano, empezó a lamer la crema que se iba resbalando a chorretones a lo largo de todo el cucurucho.

Snape se puso muy rígido y apenas si respiraba, fascinado por los movimientos de la lengua de la chica, que no se había dado cuenta de lo provocativa de su acción hasta que el angustiado silencio del hombre caló en su consciencia. Cuando lo hizo, se quedó petrificada, levantó la vista hasta encontrar los ojos de Snape, y compuso una sonrisa de disculpa.

—Lo… lo siento, yo… no puedo resistirme al dulce. Mi padre era siempre muy estricto en cuanto a esto. Él es dentista, ¿sabes? Y no le gustaba que ingiriésemos azúcar, así que ahora, cada vez que veo un pastelito, unos bombones, o cualquier otro festín de azúcar, estoy totalmente indefensa ante sus encantos, y ver que se te derretía el helado ha sido… bueno, superior a mis fuerzas. Espero que no te importe.

El hombre la observó inmóvil durante unos segundos más y después, sin apartar la vista, le dio un largo lametón a su helado.

—No —dijo, sorprendido de sí mismo, de su reacción y de su respuesta—. No me importa. En absoluto.

Ella también pareció asombrada, porque se ruborizó de repente y desvió la mirada como si los ojos del hombre sobre los suyos le quemaran.

—Oh, mira, Severus —dijo, llevando la mano derecha a la estantería que estaba a su lado—, ya lo he encontrado.

Le tendió al niño un volumen encuadernado en granate con los bordes desgastados y las páginas amarillentas.

—Cuando tenía tu edad, este era mi preferido —dijo, y el niño lo cogió con alegría—. Ahora ponte a leer un ratito mientras Alan y yo vamos a trabajar a mi estudio.

Obedientemente, el niño se sentó en el sillón con el libro en el regazo, y ellos se dirigieron a una salita donde Hermione se había instalado un pequeño despacho.

Ella se sentó tras la mesa y Severus tomó asiento enfrente suyo, acabándose los últimos bocados de su helado.

—Si te digo la verdad —dijo la chica—, no tengo ni idea de qué ha pasado. Tendré que investigar qué significa el dibujo de la runa tal como quedó después de haberla dibujado mal. Quizá ese diseño exista como runa tal como está y tenga una magia propia, pero no lo reconozco de ninguno de los libros de runas con los que he trabajado, por lo que esto nos puede llevar tiempo. Y tienes que entender que puede ser contraproducente hacer cualquier cosa sin saber…

—Sin saber cómo se ha originado el incidente, lo entiendo —la interrumpió el hombre—. ¿Cómo puedo ayudarte?

—Tendrás que buscar este diseño en los libros que te iré pasando —dijo, dibujando algo en un trozo de pergamino—. Primero repasaremos los que tengo en casa, por si mi memoria fallase y estuviese en alguno de ellos; si no encontramos nada, tendremos que sacar en préstamo los de la biblioteca pública; y si eso tampoco bastase, mi último recurso es pedirle a la directora McGonagall que nos deje investigar en la biblioteca de Hogwarts.

—Todavía hay un recurso más —la corrigió Snape—, en última instancia, si nada de eso nos sirve, me acercaré al Callejón Knocturn a comprar ciertos libros de runas oscuras…

—¡Oh! —exclamó Hermione—. ¿Crees que es posible que haya invocado magia oscura por error?

—Nunca se puede descartar… —contestó él, con tono práctico.

—Está bien, si no encontramos nada, tendremos que pensar en esa posibilidad. Mientras tanto, yo repasaré mis notas para ver si encuentro algo que me dé una pista sobre cómo deshacer esta magia.

Se pusieron manos a la obra de inmediato y estuvieron buscando en silencio durante un par de horas, hasta que, en determinado momento, entró en el despacho el pequeño Severus con cara de preocupación.

—¿Qué ocurre, cielo? —preguntó Hermione, con dulzura.

—Es que, si no avisáis a mi madre de que estoy aquí...

—En un minuto la llamaré por teléfono —le cortó Snape, malhumorado—, y ahora vete al salón y no molestes, que los mayores estamos trabajando.

El niño se dio la vuelta, cabizbajo, y Snape cerró la puerta del despacho.

—¿Teníais teléfono en casa? —preguntó Hermione, maravillada.

Snape gruñó.

—Sí, mi padre era muggle.

Hermione tuvo que reprimir una risita cuando le vino a la mente la imagen de Severus contestando al teléfono para encontrarse con la voz de un vendedor de seguros o algo por el estilo.

—¿Y por qué eres tan duro con el chico? —preguntó en cambio—. Me parece un niño muy bueno y obediente, pero tú eres muy brusco con él, como solías hacer con tus alumnos.

El hombre se movió incómodo:

—El niño es débil, cuanto antes aprenda que la vida nunca será como a él le gustaría, mejor.

—¡Es sólo un niño! ¡Eres tú, de niño!

—¡Exacto! Y ya ves en lo que me convertí. Todo me habría ido mucho mejor en la vida si alguien me hubiera dejado claras ciertas cosas desde el principio.

Se levantó, furioso, haciendo caer la silla hacia atrás. Respiraba agitadamente, las aletas de la nariz abriéndose y cerrándose con frenesí, tenía las manos cerradas en dos apretados puños y sus ojos como carbones brillaban de ira.

—Severus... —musitó la chica, consternada.

—¡No! —La atajó él, fuera de sí—. No digas nada, no te atrevas a compadecerme. No soporto la compasión.

Y, abriendo la puerta de un manotazo, salió de la habitación en un remolino de ropas negras.

Hermione se quedó de piedra en su asiento, sin poder reaccionar.

“No te lo tomes a mal”, se dijo a sí misma, intentado evitar que la afectara su mal humor. No había vuelto a ser objeto de su furia desde que era su alumna, y había olvidado lo diminuto que uno se sentía en esos momentos. Después de tanto tiempo sin sufrirla, esta muestra de ira por su parte la acongojó hasta el punto de que sentía sus ojos arder. “No seas tonta”, se reprendió, sacudiendo la cabeza para espantar el fantasma de las lágrimas que amenazaba con aparecer, “no está enfadado contigo, sino consigo mismo. Tiene miedo. Al verse reflejado en el niño, se siente frágil y vulnerable, y eso le llena de inseguridad; es sólo eso”. Se recogió el cabello en una coleta, intentando calmarse. “Lo mejor que puedo hacer para lograr que esta situación se nos haga más llevadera a todos”, razonó, “es intentar reafirmarle como persona, para que se sienta más seguro”.

Un propósito muy noble por su parte, sin embargo, en ese momento se oyó un grito proveniente del salón y Hermione salió corriendo para ver qué ocurría, olvidándose de su reciente determinación.

Snape sujetaba al niño por un brazo, y este le miraba con una mezcla de miedo y dolor.

—¡Me haces daño! —protestó el niño, en tono quejumbroso, y Hermione vio que estaba llorando.

—Así aprenderás a obedecer a tus mayores, niño estúpido. Cualquiera diría que a estas alturas ya habrías aprendido a las duras lo que ocurre cuando no lo haces.

—¡Suéltale inmediatamente! —gritó la chica, indignada y horrorizada a partes iguales—. ¿Cómo puedes maltratarle así?

El hombre no le soltó, pero aflojó visiblemente su agarre.

—Le he dicho que se preparase para el baño y que después se iría a la cama, y el mocoso impertinente me ha dicho que quería leer un poco más.

—Bueno, esto ya se pasa de rosca —dijo la joven, con el ceño fruncido—. Aléjate del chico, no quiero que te le acerques, ya me ocupo yo de él. Parece mentira…

Asió al niño por el otro brazo y tiró de él para que Snape le soltara y, en cuanto lo hizo, el pequeño se abrazó a su cintura y hundió la cara contra su cuerpo, sollozante. Hermione le acarició el cabello y susurró palabras de consuelo.

—Tranquilo, cariño. Alan no va a hacerte daño, sólo está enfadado porque es un viejo cascarrabias, eso es todo.

Lanzó una mirada desaprobadora al hombre, que apretó las mandíbulas durante un instante y después la tensión de su cuerpo se relajó de súbito y su rostro sólo mostró un profundo cansancio.

—Está bien, sí… —dijo en un murmullo— quizá eso sea lo mejor. Ocúpate tú de él. Lo más prudente será que me marche.

Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta de la calle, pero la chica, alarmada, soltó al chico y fue tras él.

—¡No! No te vayas… —dijo.

—¿Por qué? ¿Qué sentido tiene que me quede? No hago más que empeorar la situación. No sé tratar con niños, nunca he sabido. Por eso dejé mi puesto de profesor en cuanto me fue posible.

—¿Y qué hay de lo de vigilar que no le haga demasiadas preguntas? —repuso ella en voz baja.

Él se encogió de hombros.

—Ya me da igual. Pregúntale lo que quieras, sonsácale toda mi vida, ¿qué más me da? Ahora ya sabes cómo era de pequeño: tan estúpido, frágil e insoportable como cualquier otro mocoso de su edad.

—Oh, Severus… —susurró ella— si supieras qué diferente te veo yo… el niño es…

—Sé perfectamente cómo es. Tan quebradizo, tan emotivo, tan vulnerable… —replicó, con una mueca de repulsión.

—Merlín —dijo ella—. Realmente no entiendes nada de nada, ¿verdad? No sabes que eso es bueno, que es justo así como deben ser los niños: inocentes.

—Ya… —repuso él, cansadamente— en fin, como he dicho antes, es mejor que me vaya.

—No lo hagas —rogó Hermione.

—¿Por qué? —repitió.

—Porque de verdad me gustaría que te quedaras —respondió ella, con total sinceridad. Snape la miró con intensidad unos instantes—. Por favor —añadió, y algo pareció ceder en el interior del hombre, que asintió con la cabeza y dijo:

—De acuerdo. Si realmente deseas que me quede, lo haré. Aunque no entiendo cómo puedes quererme cerca, teniendo en cuenta lo difícil que me está resultando todo esto…

La joven le dedicó una sonrisa radiante, contenta de haber conseguido que no se marchara. Hermione creía entender su reticencia para con el chico, y estaba segura de que si conseguía que Snape se llevase mejor con él, le ayudaría enormemente a sanar algunas de sus viejas heridas; de modo que se puso como objetivo lograr que el hombre aprendiese a aceptar sus fragilidades, presentes o pasadas. “No será fácil”, se dijo, pero estaba convencida de que valdría la pena.

Le pidió al niño que dejase el libro y fuese a darse un baño, asegurándole que al día siguiente podría leer más rato. Después fue a la cocina a preparar un poco de cena fría para los tres y, en cuanto hubieron cenado, la joven fue a acostar al crío en su cama.

Al volver al salón, se encontró a Snape mirando fijamente las llamas de la chimenea, sumido en profundos pensamientos que no se disolvieron con su presencia.

—¿En qué piensas? —preguntó la chica, sacándole de su ensimismamiento.

—¿Mmm? Oh, sólo estaba… recordando —respondió, y sacudió la cabeza como para aclarar su mente—. Cuando le devolvamos a casa, lo mejor será que le hagamos volver al momento exacto del que le sacamos, porque sino, ese chico va a tener auténticos problemas.

—No te preocupes, estoy casi segura de que si conseguimos hacerle regresar, podremos devolverle al mismo punto de la línea temporal de donde provino. Y tendremos que lanzarle un obliviate, por supuesto. No sería prudente que recordase nada de esto. Que nos recordase a nosotros.

—Desde luego.

Se quedaron en silencio unos instantes, y después Hermione le invitó a tomar una copa.

—¿Tienes Ogden? —preguntó Snape.

La joven asintió y le indicó el sofá frente al fuego.

—Siéntate, enseguida lo traigo.

Al cabo de unos instantes, la chica reapareció portando dos vasos y una botella de un líquido ambarino. Los llenó y se sentó a su lado.

—Gracias —dijo Snape, tomando el que le ofrecía.

—Imagino que todo esto debe resultar muy difícil para ti —comentó ella, y notó que el hombre fruncía el ceño ostensiblemente—, y quiero que sepas que mi intención no es en absoluto complicarte más las cosas, pero no es justo que lo pagues con el chico. Es un niño muy bueno, y está muy asustado.

Durante unos segundos, el hombre observó en silencio los reflejos dorados dentro de su vaso, después se lo llevó a los labios y saboreó un lento y largo trago del ardiente líquido.

—Que sea o no difícil para mí es totalmente indiferente —aseguró, dirigiendo su mirada a los ojos de ella, unos tonos más oscuros que el whisky que acababa de beber—. Sé que él… sé que no tiene la culpa de nada, pero… si he de decirte la verdad, no soporto mirarle siquiera, todo en él me trae amargos recuerdos y consigue evocar en mí las peores emociones. Le veo, y es como si la vida me estuviera gastando una broma de mal gusto, mostrándome con sorna las mil posibilidades que tenía ante mí cuando tenía su edad y sin darme opción de evitar lo que serán sus errores futuros.Y aún ha habido suerte de que quién apareció en tu consulta no fuera mi yo de diecisiete años, porque si hubiera visto a ese cretino nada le hubiera librado de una buena paliza. Creo que hubiera sido capaz de molerle a golpes.

Pese a lo serio del comentario y del rostro del hombre, Hermione no pudo evitar soltar una risita al escuchar esto, pero Snape frunció el ceño aún más, y ella se apresuró a disculparse.

—Lo siento, no me estoy burlando, es sólo que me parece gracioso que hables así, parece que te refieras a alguna otra persona, pero estás hablando de ti mismo, ¿sabes?

—Sí, claro que lo sé. Por eso puedo permitirme el lujo de decir algo así. Si fuera otra persona me contendría más antes de manchar mis manos de sangre, pero si me mato a mí mismo no puede considerarse asesinato, ¿no es cierto?

—En todo caso sería suicidio… —murmuró Hermione, mordiéndose el labio con fuerza.

Snape la estudió atentamente unos segundos, no para cerciorarse de que la chica estaba bromeando, ya que eso resultaba evidente por los enormes esfuerzos que a todas luces estaba haciendo para no reír, sino porque la luz de la chimenea hacía bailar cálidos destellos por todo su pelo y sus ojos, y hacía demasiado tiempo que la palabra “belleza” no aparecía en la mente del hombre, justo como estaba ocurriendo en ese momento.

—Adelante, ríete si quieres, está claro que te mueres de ganas —dijo al fin.

Hermione exhaló el aire que había estado conteniendo.

—Oh, vamos, no puedes negar que tiene su gracia —rezongó ella—, además de ser el sueño de todo psicólogo. ¡La de neurosis que se podrían detectar con sólo enfrentar a un hombre cara a cara con su yo del pasado!

Snape hizo rodar los ojos y Hermione rió, ya sin tratar de contenerse.

—Te advierto de que como se te ocurra intentar psicoanalizarme, saldré por esa puerta y no volverás a verme. Ya te las apañarás con el crío tú sola —dijo, pero no fue la amenaza lo que provocó un pequeño estremecimiento en la joven, sino el tono relajado con que había hablado y el hecho de que, al hacerlo, el hombre le había rozado la rodilla con la suya en un gesto inconsciente, derivado de su cambio de postura en el sofá.

—Más me vale no hacerlo, entonces —murmuró ella, y durante unos segundos sus miradas conectaron, comunicando mucho más de lo que podían lograr las palabras.

De pronto, el pequeño Severus abrió la puerta del salón, entró arrastrando los pies y se quedó ahí de pie, mirándoles a los dos en silencio.

—¿Qué pasa, cielo? —dijo Hermione—. ¿No puedes dormir? —El niño negó con la cabeza y la joven se levantó del sofá—. Entonces quizás será mejor que te lea un rato, ¿qué te parece? ¿Quieres que siga con el libro de Sherlock Holmes?

—Eso no servirá —repuso Snape, con tono grave—. Quiero decir… a mí nunca me funcionó cuando era pequeño, ¿y a ti… Severus?

El niño volvió a negar con la cabeza.

—Entonces, quizá…

—Déjalo, yo sé cómo… eh… mejor siéntate aquí y espera mientras yo le acuesto. Sé cómo lograr que se duerma.

—Voy contigo y…

—¡No! —La atajó Snape, con más brusquedad de lo que había pretendido, y sin embargo no hizo nada para corregirse—. Quédate aquí. Yo me ocupo de esto.

Y sujetando al niño por el hombro, se fue con él del salón.

Hermione se quedó muy sorprendida por la reacción del exprofesor. ¿Cuál era ese método secreto para hacer que se durmiera que no quería compartir con ella? ¿Cuán terrible podía ser para querer ocultárselo?

Procuró no ofenderse, se esforzó en no tomárselo a pecho y sobre todo, trató con todas sus fuerzas de no sentirse intrigada por ello. Al fin y al cabo, se trataba de la vida y el pasado del hombre, y ella no tenía por qué entrometerse. Estaba en su derecho de proteger su privacidad. Y aún así, la curiosidad que sentía era tan grande, que no pudo evitar lo que siguió a continuación.

Salió del salón y fue hasta su habitación, donde abrió levemente la puerta sin hacer ruido, sólo lo justo para poder ver a través de la rendija la cama donde el niño estaba acostado y el hombre que estaba sentado a su lado en el colchón, sujetándole una mano entre las suyas. Pero si el tierno gesto la había sorprendido, mucho más lo hizo darse cuenta de que Snape le estaba cantando una canción al niño con su voz suave y profunda.

When you're weary, feeling small, when tears are in your eyes, I will dry them all. I'm on your side, when times get rough, and friends just can't be found. Like a bridge over troubled water I will lay me down, like a bridge over troubled water I will lay me down —el niño cerró los ojos por fin, con una pequeña sonrisa en los labios, y entonces, en un gesto que hizo que a Hermione se le parase el corazón, Snape giró la cara hacia ella y la miró, sin dejar de cantar—. When you're down and out, when you're on the street, when evening falls so hard I will comfort you. I'll take your part, when darkness comes, and pain is all around.

Con un fuerte latido, el corazón de Hermione volvió a ponerse en marcha, y cerró la puerta de la habitación despacio, sintiéndose como una voyeur que hubiera invadido de manera imperdonable la intimidad del hombre. No sabía por qué él no había querido que le viera cantándole al niño, pero estaba claro que el Snape que había visto ahí dentro no era el Snape que conocía la gente. ¡Diablos! Ni siquiera estaba segura de que a ese Snape le hubiera conocido nadie jamás.

Volvió al salón, aturdida, emocionada y preocupada de que esta transgresión hubiera provocado de nuevo la furia del hombre. Se sentó en la alfombra ante el fuego, recostándose en el sofá y doblando las piernas contra su cuerpo, encogiéndose sobre sí misma en gesto protector. No quería enfrentarse a él. No, después de haberle visto así.

Unos minutos después el exprofesor entró en el salón y se quedó plantado en la puerta. Hermione ni siquiera se atrevió a mirarle, aunque sentía su presencia tan claramente como sentía el calor del fuego. Snape cruzó la sala hasta la mesita que había junto al sofá.

—¿Te importa que me sirva otro vaso? —preguntó, sirviéndoselo de espaldas a ella sin esperar su respuesta, que de todos modos no llegó.

Snape bebió un buen trago antes de decidirse a hablar. ¿Y qué podía decir, de todos modos? Le había pedido que se quedara en el salón y no lo había hecho. Nunca nadie le hacía caso, ¿es que no sabía mostrarse lo bastante imponente? Y ahora la joven le había visto cantando, ¡cantando, por las barbas de Merlín! No sólo era un ser despreciable en todos los aspectos posibles, no sólo ella estaba empezando a conocer sus debilidades a través del niño, sino que ahora, además, acababa de descubrir su parte más ridícula. ¿Podía humillarse más?

—Yo… —murmuró la joven— siento haber ido a la habitación. Sé que me habías dicho que no lo hiciera, pero…

—Pedirle a un Gryffindor que no haga algo es como pretender nadar contracorriente, supongo —contestó él con aire resignado, sin mirarla.

—Si te sirve de consuelo, creo que tienes una voz muy bonita.

—No, no me sirve de consuelo —repuso sin miramientos, girándose bruscamente hacia ella con el vaso en la mano. Hermione dio un respingo y, avergonzada, agachó la cabeza, y Snape suspiró. Se sentó junto a la joven, en la alfombra, y bebió otra vez de su vaso, considerando que quizá la humillación era el precio que debía pagar por haber pensado siquiera por un instante que podía merecerse a alguien como ella—. Cuando no podía dormir, mi madre venía a mi cama, me sujetaba la mano, acariciándola con sus pulgares, y me cantaba esa canción. Era la única cosa que lograba sosegarme. Cuando la cantaba me creía sus palabras, creía que lo que decían era cierto, que todo iría bien, que siempre estaría a mi lado cuando la necesitara y que eso era lo único que importaba. Pero era mentira. Nada fue bien. Nunca. No estuvo siempre a mi lado cuando la necesité, porque murió a los pocos meses de empezar mi primer año en Hogwarts, dejándome solo con Tobias. Y aunque hubiera estado, tampoco habría importado, porque de nada hubiera servido su voz dulce y armoniosa cuando cometí la mayor estupidez de mi vida: hacerme mortífago. Ella no hubiera podido disuadirme de mi propósito, de ninguna manera. Ya estaba demasiado amargado por aquel entonces con todos los aspectos de mi vida. Sólo la habría hecho sufrir más.

—Oh, Severus… —musitó Hermione, conmovida.

—No me compadezcas —dijo él, apretando los dientes—. No se te ocurra compadecerme.

—Jamás —aseguró ella, y se mordió el labio—. Pero, ¿sabes una cosa? Tu madre no pudo estar a tu lado, pero yo sí lo estoy, y estaré aquí para lo que necesites.

Le miró con tanta intensidad que Snape casi sintió que quemaba, y supo que, por algún motivo, la joven lo decía de verdad. Pero, ¿qué cambiaba eso? Ella no podía estar interesada en él, era absurdo pensarlo. Sólo le estaba ofreciendo una muestra de amistad, y más le valía no hacerse ilusiones respecto a nada más si no quería acabar de nuevo con el corazón roto y el orgullo herido, como si no hubiera aprendido nada de sus errores de juventud.

Pero entonces ella le cogió la mano y se le acercó mucho más, quedando muy cerca de su rostro.

—¿Entiendes lo que te digo? —susurró—. Estaré aquí para lo que me necesites.

—Sí… eres una buena amiga —dijo él, intentando apartar su mirada de aquellos ojos acaramelados, sin conseguirlo.

—Una amiga… —repitió ella, y Snape, confundido, notó la clara decepción en su voz— me gustaría ser algo más.

El hombre creyó que su imaginación le había jugado una mala pasada. Ella no podía haber dicho eso, no podía haber querido insinuar que… pero al instante siguiente, los suaves labios femeninos estaban sobre los suyos, y sus pequeñas manos se apoyaban en su pecho, aferrándose a la tela de su túnica como si temiera que él fuera a apartarla de su lado.

Snape intentó rebelarse contra esta imprevista muestra de afecto, intentó alejar a la chica de él, pero su cuerpo no le obedeció. Su boca se entreabrió y dejó paso a su lengua, que se disparó entre los labios de Hermione para explorar su húmedo interior, y sus manos aferraron la estrecha cintura, delineando las suaves curvas y saboreando la calidez del cuerpo de la joven.

Se oyó un gemido, y el hombre no estuvo seguro de si había sido él o ella quien lo había proferido, pero a continuación Hermione se pegó aún más a su cuerpo, pasando la pierna derecha sobre las suyas para quedar a horcajadas sobre él. Sintió sus exquisitos senos presionándose contra su torso, y las manos de Snape viajaron arriba y abajo de su espalda, incapaces de estarse quietas cuando tenían tanto por explorar.

Notaba el ligero vestido arrugarse entre sus dedos y deseó poder quitárselo para que nada interfiriese entre él y esa exquisita piel de melocotón; deseó arrancárselo allí mismo y recorrer cada centímetro de su cuerpo con sus labios y sus manos. Y sin embargo, lo que hizo al fin fue apartarla suavemente hacia atrás, dejándola jadeante y con el corazón acelerado. Snape observó su rostro con avidez: tenía los párpados entrecerrados, los labios enrojecidos y brillantes, y el más ligero rubor cubría sus mejillas. Se embebió de esta imagen como si llevase toda su vida sediento de ella, y entonces Hermione acusó la falta de contacto. Abrió del todo los ojos y le miró interrogante.

—Has bebido —explicó él, como si eso lo aclarase todo.

—¿Qué?

—Estoy seguro de que mañana te sentirás extremadamente mal por esto, así que es mejor que no dejemos que se nos escape de las manos.

—¿Qué? —repitió ella, y una luz se hizo en su mente—. ¡No estoy borracha! Sólo he bebido una copa de whisky, nada más.

—No conozco cuál es tu límite con el alcohol, y prefiero no arriesgarme.

—¿Arriesgarte? ¿Qué más te da? Tú no arriesgas nada.

“Oh, sí”, pensó el hombre, “desde luego que arriesgo”. Y es que, después de haber logrado tener una relación tan estrecha con la joven, casi amistosa, se atrevería a decir, no podría tolerar una mirada de desprecio por parte de ella. Si alguna vez Hermione le mirase con odio o repulsión, no estaba seguro de poder soportarlo. Y aprovecharse de ella después de haber bebido era una clara equivocación que no estaba dispuesto a cometer. Sin embargo, la chica no entendía nada de todo esto, e insistió en pasarle los brazos por el cuello, volviendo a acercar su rostro al del hombre, buscando sus labios. Él la apartó de nuevo, con suavidad pero con firmeza, y ella liberó su frustración soltando un fuerte resoplido exasperado.

—Es mejor que lo dejemos así —insistió él.

—¿Mejor para quién? —Quiso saber ella—. Porque para mí desde luego que no, y a juzgar por la presión en tus pantalones diría que para ti tampoco.

Snape resistió la tentación de mirar hacia abajo para comprobar la veracidad de su afirmación. Sabía perfectamente lo que sentía, y también que los hombres no eran capaces de ocultar esa clase de cosas.

—Hermione, mañana lo verás todo más claro, te arrepentirás de lo que ha sucedido esta noche y te sentirás aliviada de que no hayamos seguido adelante, créeme.

—No es justo, no estoy borracha —repitió, haciendo un puchero—. No puedes hacerme esto. Si no bebo nada, no soy capaz de reunir el valor para hacer estas cosas, y ahora tú me rechazas por haber bebido.

A su pesar, el hombre no pudo evitar sonreír ante el sincero lamento de la joven. Tuvo que echar mano de todo su autocontrol para contenerse de besarla de nuevo, estaba tan irresistible a la luz del fuego, con los ojos chispeantes y esa pequeña arruga que se le formaba en la frente cuando se enojaba…

—Granger —dijo, asumiendo su tono más autoritario de temido profesor—, no me obligues a lanzarte un imperius para lograr que te comportes.

—Pero es que llevo tanto tiempo queriendo decirte que me gustas, que quiero estar contigo, que…

Superado su horror inicial, Snape consiguió levantar su mano para taparle la boca con la palma.

—Bien, ahora sé definitivamente que el alcohol te ha afectado. Me voy a la cama —dijo, poniéndose en pie—. Y no te preocupes: si mañana no te sientes con fuerzas, no es necesario que hablemos del tema. Podemos darlo por olvidado, si te hace sentir mejor.

—¡No, no me hace sentir mejor! —gritó la chica, levantándose también—. La gente usa el alcohol para envalentonarse desde hace siglos, ¿por qué no puedes aceptarlo tú?

Pero Snape ya se había ido y Hermione estaba sola en el salón.

“De acuerdo”, se dijo, lanzando mil puñales con los ojos a la puerta por donde había desaparecido el hombre, “si crees que te me vas a quitar de encima tan fácilmente, lo tienes claro. Nunca se ha dicho de mí que sea una cobarde, y nunca se dirá. ¿Piensas que no soy capaz de confesar lo que siento por ti estando sobria? Pues te equivocas. Si eso es lo que quieres, eso es lo que haré”.

Y con esta firme determinación, se fue a la cama.

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