AFF Fiction Portal
GroupsMembersexpand_more
person_addRegisterexpand_more

Posesión.

By: Lily-de-Wakabayashi
folder Spanish › Anime
Rating: Adult +
Chapters: 1
Views: 67
Reviews: 0
Recommended: 0
Currently Reading: 0
Disclaimer:

I do not own "My Hero Academia", nor the characters from it. I do not make any money from the writing of this story. Only Azure Bourgeois belongs to me.

Capítulo único.

Posesión.

 

Azure Bourgeois-Todoroki abrió los ojos a media mañana, con la agradable sensación de quien ha pasado una buena noche. A través de un ventanal abierto le llegaba el aroma salobre del mar y una suave brisa que provenía del sur. Sabía bien en dónde se encontraba, pero le desconcertó que el sol estuviese tan alto en el cielo.

 

Hacía mucho que no había dormido tanto de un tirón; de hecho, tenía años de no despertar tan tarde y ya no recordaba cuándo fue la última vez que durmió toda una noche completa. Lo irónico del caso era que la noche que durmió completa fue la única en la que quizás habría valido la pena permanecer despierta, su noche de bodas. Considerando que hacía años que dejó de ser virgen y que conocía cada rincón del cuerpo de su ahora esposo, no era que lamentara habérsela perdido, aunque no sabía qué pensaría él al respecto. Sin embargo, le había resultado imposible no quedarse dormida en cuanto se acostó en la mullida cama matrimonial de esa lujosa habitación, la noche anterior no había dormido más de tres horas y el estrés de la ceremonia (su boda, ¿quién lo diría) la había dejado física y mentalmente agotada, así que era de esperar que su cuerpo y su mente se desconectaran en cuanto tuvo un momento de relajación. No importaba qué tanto le atrajera sexualmente su nuevo esposo, ningún deseo carnal podía vencer al cansancio físico sin importar qué tan fuerte fuera.

 

            Enji estaba recostado a un lado suyo, leyendo el periódico. Aunque estaba parcialmente vestido, se notaba que llevaba despierto mucho más tiempo que ella. Azure tuvo una pequeña punzada de remordimiento por haberse dormido tanto, a pesar de que él no lucía ansioso ni impaciente por despertarla.

 

       Bonjour, Enji –saludó ella, girándose en la cama para quedar boca arriba–. ¿Cuánto tiempo llevas despierto?

       Kon'nichiwa, Azure –respondió él, dejando el periódico a un lado–. No tanto como crees.

       Me hubieras despertado en cuanto lo hiciste tú –protestó ella–. Creo que dormí más de la cuenta.

       Yo también lo hice –replicó el hombre–. Y me parece que necesitabas descansar.

 

Enji, al igual que ella, no había sabido qué esperar de su segunda “primera” noche de bodas. No era un secreto entre ellos que él era muy torpe para ese asunto de la seducción, una torpeza basada en una timidez profunda y muy bien oculta, y que Azure en ese terreno era mucho más desinhibida y experimentada que Enji, siendo ella la que solía llevar la batuta por mucho que él le aventajara en edad. El plan original era que ellos durmieran por primera vez como marido y mujer en Paradise, pero el regalo de último minuto de Hawks los había hecho terminar en ese hotel de lujo, uno de los primeros que abrieron o reestablecieron su servicio después de la guerra. La habitación estaba preparada para un par de recién casados, con todo lo que se podía esperar para una primera noche juntos: champaña, caviar y un jacuzzi con una sorprendente variedad de jabones y espumas, entre otras cosas, pero si bien el asunto de quedarse a solas en esa habitación tan predispuesta para las artes amatorias le ocasionaba cierta inquietud (una vez más, su vergonzosa timidez salió a flote), Enji sufrió el mismo destino que Azure: se quedó dormido en cuanto puso la cabeza en la almohada. Nada de tórridos escenarios llenos de carnalidad descontrolada, nada de sesiones maratónicas hasta el amanecer, nada de gritos desenfrenados, lo único que hubo fue una tranquila noche de sueño reparador.

 

Muchos años después, ambos habrían de encontrarle gracia al asunto, pero no se podía esperar otra cosa considerando lo mal que habían dormido las noches previas a la boda. Sin embargo, algo le había quedado de aprendizaje a Enji con respecto a Azure y las costumbres: no te sientas obligado a hacer algo sólo porque la tradición dicta que debes de hacerlo. Si esa primera noche no pudieron tener sexo debido al cansancio, no era motivo para lamentarlo sino agradecer que se hubiesen sentido tan relajados en presencia del otro que habían podido dormir tan plácidamente estando juntos.

 

Sin embargo, a diferencia de ella, Enji había despertado mucho más temprano debido a dos razones importantes: la primera era que llevaba décadas levantándose de madrugada para entrenar, así que su psique ya estaba acostumbrada a despertar a determinada hora, y la segunda era el dolor de sus lesiones, que lo obligó a pararse de la cama a caminar un poco para quitarse el entumecimiento y tomar el cóctel de medicamentos que el doctor Belmont había preparado para él. Empero, nunca consideró despertar a Azure porque le gustaba la idea de que ella descansara a su lado con tanta tranquilidad como si en verdad no tuviese miedo de quedarse a solas con él (cosa que muy pocas veces le había pasado en la vida), así que la dejó dormir hasta que su propio cuerpo considerara que ya era suficiente.

 

       De cualquier manera dormí demasiado –insistió ella, incorporándose–. Deduzco que tú llevas mucho rato despierto.

       Es culpa del dolor –admitió Enji, tras titubear–. Es… inevitable que eso me despierte antes.

 

No quería verse como alguien débil y viejo, pero tampoco quería mentirle, principalmente porque eso habría ofendido mucho a Azure, quien ahora ostentaba el dudoso honor de ser su médico personal, aunque estuvo a punto de arrepentirse de haber hablado cuando vio su expresión de preocupación.

 

       No es para menos: si para mí fue pesado, para ti debió serlo más –dijo la médica y se puso en pie–. ¿Te has tomado tus medicamentos?

       Sí –respondió él, mirándola de pies a cabeza.

       Bien. Lo que te hace falta ahora es una sesión de hidromasaje –resolvió Azure, con un tono levemente profesional–. Lo positivo de las tinas de jacuzzi es que pueden usarse para más de una finalidad.

 

A esas horas de la mañana, con el sol entrando por el ventanal abierto, la delgada tela del camisón blanco de Azure se transparentaba lo suficiente para mostrar las curvas de su bien formado cuerpo. Y Enji podía ser un héroe retirado y lisiado con todo lo que eso conllevaba, pero seguía siendo hombre y no pudo evitar sentir que lo invadía el deseo. Sin embargo, Azure no notó su mirada y se retiró al baño, y al poco tiempo empezó a escucharse el sonido del jacuzzi llenándose.

 

       Tenemos suerte, esto tiene una función de hidromasaje –anunció ella, asomándose a través de la puerta del baño–. Te servirá muy bien para relajarte.

       No quiero incomodarte –carraspeó Enji, entre incómodo y excitado–. Puedo hacerlo solo.

       De que puedes, puedes –sonrió Azure–. Pero yo quiero ayudarte.

 

Él se sentía avergonzado, una pequeña parte por forzar indirectamente a Azure a actuar como su cuidadora en su primer día de casados (sin darse cuenta todavía de que ella lo hacía por gusto y no por obligación), cuando deberían de haber estado haciendo otra cosa, y en gran medida por haberse excitado con el simple hecho de ver su cuerpo desnudo a través de la delgada tela del camisón. Se sentía como un niño que había fallado en alguna tarea simple, aunque ninguna de las dos cosas fuera culpa suya en realidad.

 

Un cuerpo que había poseído muchas veces y que conocía de sobra, pero que aun así deseaba seguir poseyendo y explorando como si fuera la primera vez.

 

“Compórtate”, se ordenó Enji a sí mismo, mientras se dirigía al área de jacuzzi. “No eres un adolescente sin control”.

 

Cuando la tina estuvo llena, Azure lo ayudó a desnudarse y a meterse en el agua; algo había usado ella que el agua tenía una espuma con un olor muy agradable, mientras chorros de agua caliente hacían pequeños remolinos en la superficie. Enji quiso protestar, pero la francesa, con la maña que ya tenía bien aprendida para manipularlo a su antojo, lo obligó a acomodarse en el jacuzzi y ajustó el nivel del hidromasaje.

 

       Quédate aquí un rato –le ordenó con suavidad, valiéndose de sus encantos–. Te relajará los músculos y ayudará a calmar el dolor.

       Hmm –gruñó Enji, aunque el agradable aroma y la fuerza del hidromasaje lo atraparon de inmediato–. No quiero ser una carga precisamente hoy.

       ¿Cuándo vas a entender que tú nunca has sido una carga? –Azure puso los ojos en blanco–. Acepta de una vez que, para mí, ayudarte es todo un placer.

 

Ella desapareció antes de que él pudiera responderle, así que Enji se limitó a dejar que los chorros de agua hicieran su trabajo. Era realmente agradable, quizás por el aroma de las sales de baño que Azure usó, y mucho más íntimo que las tinas de hidroterapia que utilizaban en las instalaciones de Les Bleus, en donde todo mundo podía verlo. Durante unos diez minutos, más o menos, la mente de Enji se quedó en blanco, limitándose a permitir que el agua relajara sus adoloridas articulaciones y músculos, pero después su subconsciente lo hizo recordar el cuerpo de Azure y ya no pudo hacer otra cosa que pensar en su desnudez.

 

 

Enji nunca se lo había dicho (al menos no con esas palabras), pero a él siempre le había gustado el cuerpo de Azure, desde la primera vez que percibió que por debajo de su uniforme médico se escondía una figura proporcionada y firme. Le gustaba la forma de su cuerpo, sus curvas pronunciadas, sus muslos tersos, sus senos firmes y prominentes, y el sabor que desprendían al probarlos, la humedad de su sexo y la forma en cómo ella lo atrapaba cada vez que él entraba en su cuerpo. También le gustaba el lunar que tenía junto a la boca, en el lado izquierdo de su cara, una marca de belleza poco convencional. No sabía todavía el por qué precisamente Azure era la que despertaba esa parte de su humanidad que durante años había mantenido dormida, pero así era, cada que la veía desnuda el deseo de poseerla se convertía en una urgente necesidad. Azure era una mujer seductora por naturaleza, pero con Enji ella nunca había necesitado esforzarse demasiado para hacerlo caer.

 

“A buena edad he comenzado a tener pensamientos lujuriosos”, se dijo Enji, al sentir que la sangre se agolpaba en su miembro, sin estar consciente de que no era la edad sino la persona indicada la que despertaba ese tipo de sensaciones.

 

Entonces, sin previo aviso, Azure apareció de nuevo y despabiló a Enji de inmediato. Él soltó una llamarada de turbación cuando la vio, pues estaba completamente desnuda y se dirigía hacia él con ese movimiento de caderas tan sensual que tanto llamaba la atención. Enji notó de inmediato que había algo diferente en ella y tardó unos segundos en determinar qué era, pero cuando lo hizo, el deseo lo recorrió como una descarga eléctrica: estaba completamente depilada, sin un rastro de vello azul en su monte de Venus. Sin mediar palabra, Azure ingresó a jacuzzi con él, llevando en la mano un par de esponjas y un frasco.

 

       ¿Te sientes mejor? –preguntó ella, mientras comenzaba a tallarle el cuerpo con una de las esponjas.

       Eh, sí… –titubeó Enji–. ¿Qué haces?

       Shhh, relájate. –Azure le habló con suavidad–. Esto te va a gustar.

 

Haciendo uso de la esponjas y del contenido del frasco, un aceite perfumado, Azure masajeó los músculos de Enji, comenzando por sus extremidades y pasando por su pecho, yendo después por los músculos del cuello y por su abdomen todavía plano y trabajado, con una firmeza cargada de erotismo. Ella le realizaba con pericia los ejercicios de rehabilitación que aprendiera para él, pero con ese toque femenino tan suyo que despertaba sensaciones en su piel. Enji se sentía entre relajado y excitado, no podía negar que lo estaba disfrutando y olvidó por completo el dolor que había estado sintiendo minutos antes. Además del placer físico que sentía, sus ojos también se deleitaban con la vista de la mujer desnuda y mojada que tenía frente a él, con el agua escurriendo por sus gloriosos pezones rosados y empapando su vientre firme y sus blancos muslos.

 

       Espero que no hagas esto con todos tus pacientes –gruñó Enji, en voz baja.

       No sabía que tuviese sentido del humor, monsieur Todoroki –sonrió Azure.- Pero no tiene por qué preocuparse, este servicio VIP es exclusivo para usted.

 

Ella le acarició con ternura la cicatriz del lado izquierdo de su rostro antes de darle un beso apasionado, de esos que hacen perder la noción del tiempo. Él se lo correspondió con muchas ganas, preguntándose si debía seguir como estaban o si les daba rienda suelta a sus deseos, pues a pesar de que ansiaba poseerla, también estaba gozando mucho con sus masajes. Enji se recargó contra el borde del jacuzzi y dejó que Azure lo atendiera con lentitud y sin pausa, enfocándose ahora en sus muslos, rodillas y piernas, liberando el estrés de los adoloridos músculos.

 

       Por lo que veo, le están gustando mis masajes, Monsieur –dijo Azure, acariciando con su mano el endurecido miembro de Enji–. Me complace mucho que así sea.

 

Él intento decir algo, pero Azure ya lo había atrapado con la esponja y empezó a masajearlo. Su mano asió su pene suavemente pero con una fricción insoportable, con un lento vaivén. Aunque ella ya había demostrado en otras ocasiones su habilidad para masturbarlo, en esa ocasión la esponja le daba un toque extra de placer que lo estaba enloqueciendo, quizás por su contextura, tal vez por el roce. Azure volvió a besarlo, sin dejar de friccionar su miembro con firmeza, manejándolo a su antojo ahora que ya le pertenecía. Enji comenzó a jadear y no hizo intento alguno por detenerla. ¿Para qué? Si ya podía gozarlo sin culpa. Aquello parecía durar una eternidad; cada vez que Enji estaba a punto de venirse, Azure se detenía, pero no del todo, sino que oprimía, soltaba y volvía a oprimir, hasta que él se corrió con tal violencia que le quedaron zumbando los oídos. Enji cerró los ojos y exhaló un chorro de humo por la nariz de lo satisfecho se sentía.

 

       No sé cómo es que tienes tan buenas habilidades –masculló él, cuando recuperó el habla–. No quiero preguntar en dónde lo aprendiste.

       ¿Te ha gustado? –le preguntó Azure, inocentemente.

       No voy a decir que no –admitió Enji–. ¿Qué ha sido eso?

       Un tratamiento experimental –contestó ella, complacida–. Uno que sólo planeo aplicar contigo.

 

Esta vez fue él quien la besó con toda la pasión de la que era capaz y ella le echó los brazos al cuello para regresárselo con la misma intensidad. En sus manos Enji sentía la piel mojada de Azure, sintió sus senos puntiagudos contra sus propios pectorales y cómo ella se estremeció cuando él la estrechó contra su cuerpo. Se besaron y se acariciaron un largo rato, Enji todavía quería penetrarla y sabía que ella estaba tan ansiosa como él, pero como todavía no se sentía en condiciones de hacer algo excesivamente elaborado, su estimulada mente le dio una idea. Él tomó la otra esponja que Azure había llevado y se dispuso a enjabonarla de pies a cabeza, con más torpeza que pericia, pero dejándose llevar por sus impulsos. Aunque no lo dijera expresamente, para Enji fue evidente que para Azure también fue placentero masajearlo, así que él decidió tomar el mismo rumbo: pasó las manos por los pechos de Azure y sus dedos oprimieron los pezones endurecidos, provocando que ella soltara una risita seductora. Animado por su reacción, Enji continuó enjabonándola y masajeándola con la esponja, reconociendo que el proceso también le estaba encantando a él; jugueteó un rato con los senos de la joven, frotándolos con la esponja hasta dejarlos muy erectos, después los enjuagó y los lamió hasta que ella gimió. Él recorrió entonces sus caderas, sus glúteos, su espalda y pasó después a sus muslos, obligándola a que los abriera para pasar la esponja entre ellos. Al rozar un punto en específico, Azure jadeó de una forma distinta y él supo que había dado en el blanco; continuó entonces frotando esa área con firmeza, usando la esponja, hasta que Azure comenzó a mover sus caderas, muy excitada. La francesa protestó cuando Enji se detuvo, pero después soltó un gemido de sorpresa cuando él introdujo un par de dedos en ella y los movió con más destreza de la que ella esperaba. Azure se aferró con ambas manos a ese fuerte brazo que hurgaba dentro de su cuerpo valiéndose de sus dedos, jadeando cada vez más hasta que el placer se rompió dentro de ella y la inundó de pies a cabeza, haciéndola caer después sobre él.

 

Respirando agitadamente, Azure se recostó contra el pecho de Enji y él la rodeó con sus brazos; ambos dejaron que el agua los envolviera y los acariciara mientras respiraban para recuperar las fuerzas y el aliento.

 

       Sí que sabes usar tus dedos –murmuró ella, con los ojos cerrados–. Me encanta cuando tienes tanta iniciativa.

       Sí, bueno, traté de no pensar demasiado las cosas –replicó Enji, avergonzado–. Sólo imité lo que hiciste con la esponja.

       Bastante bien, he de decirlo. –Azure lo besó–. Espero que esto te haya hecho olvidar el dolor por un rato.

       Fue más que eso –aseguró el hombre–. No me molestaría repetir este tratamiento experimental si es contigo.

       Con todo gusto –sonrió la francesa, con picardía–. Aprovecha que te casaste con una médica.

       No era esto precisamente lo que tenía en mente cuando te lo pedí –replicó Enji, con una seriedad que casi hace reír a Azure–. Pero no veo el inconveniente.

 

Resultaba tentador quedarse ahí otro rato, el suficiente para que Enji se recuperara y repetir el proceso de amarse hasta satisfacer sus más profundos deseos, pero a Azure comenzó a darle hambre y él necesitaba estirarse para que después el dolor no lo afectara por la noche, así que estuvieron de acuerdo en detenerse, por el momento, para salir a comer. Ella entonces lo ayudó a salir y se dispuso a secarlo con una toalla, con unos movimientos rítmicos tan sensuales que él se preguntó cómo era posible que Azure fuese capaz de imprimir erotismo al evento más simple o carente de sensualidad.

 

       ¿Estás segura de que quieres bajar? –preguntó Enji, con voz ronca.

       No niego que suena muy tentador quedarse –respondió Azure, con picardía–. Pero desgraciadamente necesito comer y a ti te vendrá bien tomar el sol. No te preocupes, tendremos muchas noches a partir de ahora para gozarnos sin reserva.

 

Y ésa era la mejor perspectiva sobre su matrimonio que cualquiera de los dos podría tener.

 

El hotel era realmente impresionante, se notaba que era un sitio de lujo reservado para el turismo extranjero más adinerado. Según sabía Enji, había sido una inversión arriesgada de un millonario jeque árabe que deseaba ayudar a Japón a restaurarse tras la guerra, pero si bien causó dudas entre muchos japoneses influyentes (incluyendo el mismo Endeavor), al parecer estaba generando buenas ganancias y muchos empleos locales, los suficientes como para que las dudas iniciales comenzaran a disiparse. Aun así, era del tipo de lugar al que Enji no habría acudido de primera intención y a Azure ni siquiera se le había pasado por la mente el querer visitarlo, ni en su luna de miel.

 

       Me parece que pasar tres días de descanso aquí no serán tan malos después de todo –comentó Azure, mientras tomaban vino blanco con caviar y esperaban turno en el elegante restaurante francés que había elegido para comer–. Casi me siento mal de haber desperdiciado toda la noche y parte de la mañana durmiendo cuando pudimos haber disfrutado del hotel.

       Yo quisiera saber si en verdad esto le resultó gratuito a Hawks –dijo Enji, a su vez, y frunció el ceño–. Me cuesta trabajo creerlo.

       No pasará de que después lo encarcelen por malversación de fondos –replicó ella y se rio–. Pero no creo que nos haya mentido. No a ese nivel.

 

Azure había elegido el restaurante, que promulgaba ser especialista en cocina francesa, con la simple finalidad de criticar la comida; sin embargo, fue la primera sorprendida hasta con la calidad del servicio del camarero, quien los atendió en un perfecto francés.

 

       Necesito aprender a hablar francés –masculló Enji por lo bajo, cuando vio que el mesero se entendía con Azure.

       Dicen que la mejor manera de aprender un nuevo idioma es tener un amante que tenga ese idioma como lengua materna –sonrió Azure, con coquetería–. Tú ya vas adelantado en ese aspecto.

 

Enji se atragantó con el vino; desde que se habían comprometido, ella se había vuelto más descarada, pero si bien algunos comentarios lo avergonzaban por directos, no estaba seguro de que le molestaran.

 

       Sí, como sea –masculló él, tratando de lucir despreocupado–. Aunque ya eres mi esposa.

       Pero también sigo siendo tu amante, mon amour –replicó Azure, con picardía.

Después de la comida, compuesta por Soupe à l'oignon, Carré de cordero, auténtico pan francés y un postre que estaba cubierto por láminas de oro (un total desperdicio a decir de ambos: para Enji porque el oro no es originalmente un producto comestible y para Azure porque algo que no contribuyera a dar más sabor a un platillo no servía para nada), la cirujana sugirió que fuesen al área de la enorme piscina parcialmente techada a reposar y Enji estuvo de acuerdo. Ella lo ayudó a instalarse en un camastro ubicado en un área en donde le llegara parcialmente el sol y se retiró después a los vestidores a cambiarse; al volver, llevaba puesto un diminuto traje de baño de una pieza que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, con un diseño de llamas que realzaban su tez blanca y su cabello azul oscuro.

 

       ¿De dónde has sacado ese traje de baño? –Enji alzó las cejas con una mezcla de admiración y sorpresa.

       ¿Te gusta? –Azure se lo modeló con mucho gusto–. Lo vi hace tiempo en una tienda y me dije que tenía que comprarlo, aunque no había tenido la oportunidad de estrenarlo.

       Para no tener idea de que Hawks nos iba a regalar una estancia en un hotel de lujo en la playa, vienes mejor preparada de lo que creí –comentó Enji, quien había tenido que comprar algunas prendas de último minuto.

       Oh, tú sabes bien lo que es tener que estar preparado para cualquier eventualidad –explicó Azure, con una sonrisa–. El tener que estar listo para poder irte a una misión en cualquier momento.

 

Pero un traje de baño no era algo que Azure fuese a necesitar en una misión, a menos no en una relacionada a Les Bleus, aunque tal vez había estado ansiosa por mostrárselo a Enji y no dudó en llevarlo en cuanto supo del cambio de planes. Bien, que no había por qué quejarse, Azure se veía sensual y hermosa con la prenda puesta y el diseño de llamas era un plus ultra para él.

 

       Supongo –cedió Enji–. Y para dejarlo en claro: no me estoy quejando, sólo me ha sorprendido… de buena manera. Se te ve… muy bien.

       Me alegra saberlo. –Azure estaba complacida de que él hiciera un esfuerzo para darle un piropo de vez en cuando.

 

Después de un rato de estar reposando, Azure le dijo que iría a nadar un poco; ella se desperezó entonces con la gracia de una ninfa y se lanzó al agua con un salto grácil, tras lo cual dio un par de vueltas a la alberca sin detenerse. Era la primera vez que Enji la veía nadar y le asombró lo bien que lo hacía, un dato sobre ella que nunca había preguntado y que tampoco había tenido la necesidad de saber. Enji no era bueno nadando, debido a su quirk solía evitar cualquier cosa relacionada con el agua en exceso (razón por la cual también detestaba la lluvia), pero era obvio que Azure sí disfrutaba hacerlo. Pronto él notó que no era el único que la observaba, Azure llamaba mucho la atención con ese traje de baño tan ajustado y había más de un hombre siguiendo sus movimientos en la piscina. Enji estaba seguro de que muchos los habían visto juntos y se preguntarían qué hacía un hombre viejo como él con una mujer tan bella, pero si bien antes se habría sentido ofuscado, en ese momento le entró la urgente necesidad de marcar su territorio.

 

“Esa mujer es mía…”.

 

Tras dar varias vueltas más, Azure salió por fin de la piscina; el agua escurría por su cuerpo y hacía que el traje de baño se le pegara aún más a la piel, si es que eso era posible. Todos a uno se la comieron con la mirada, seguramente deseando ser el que se la llevara a la cama y arrancarle el diminuto traje de baño para después poseerla. Enji experimentó entonces unos celos distintos, unos que estaban relacionados a un sentimiento de posesión y que no tenían nada que ver con los que tuvo a causa de Hawks. Tuvo deseos de estallar y gritarles a todos que esa mujer era suya y de nadie más, que sería él y sólo él quien la hiciera suya, pero a esas alturas de su vida ya sabía controlar un poco más sus emociones y se limitó a echar humo por la nariz. Se sorprendió al descubrir que, además, estaba teniendo una erección, no sabía si de los celos o de la admiración que despertaba esa sensualidad femenina.

 

“Va a volverme loco…”, gruñó para sí, pero sin dejar de seguir cada uno de sus movimientos.

 

Al menos, Azure había bajado un poco su tendencia a coquetear con cualquiera que le dirigiera la palabra, una de las pocas cosas de ella que a Enji en verdad le sulfuraban, aunque eso no evitaría que los hombres continuaran mirándola, era algo imposible de evitar. Azure se dirigió entonces a una de las regaderas públicas, destinadas a que los huéspedes se quitaran el exceso de agua clorada, y se dio un regaderazo que ocasionó que Enji sufriera un micro infarto (y seguramente no sería el único que lo tendría) cuando dejó que el agua limpia recorriera su cuerpo de pies a cabeza. ¿Cómo era posible que fuese tan erótico el asunto cuando ella no estaba desnuda ni estaba usando un bikini o una prenda más pequeña? Quedaba claro que la sensualidad no dependía de la ropa (o de la ausencia de ella), sino de la persona en sí y Azure la tenía de sobra.

 

       El agua está deliciosa –comentó ella cuando regresó a él, mientras se secaba el mojado cabello azulado con una toalla–. Es una lástima que no te guste nadar.

       Estoy bien viéndote hacerlo –repuso Enji, con una voz más ronca de lo que esperó–. Aunque no sea el único que lo hizo.

 

La francesa fingió darse cuenta hasta ese momento de que muchos hombres la habían estado observando. Y Enji sabía que fingía porque Azure era del tipo de mujer que sí se percataba de la admiración que despertaba en el género masculino, pero le agradeció el intento.

 

       No lo había notado –mintió ella, con voz dulce–. ¿Eso te pone celoso, mon amour?

       No sé si sean celos lo que siento –confesó Enji, mientras Azure se sentaba junto a él–. No es el mismo tipo de sentimiento que tuve por Hawks, pero se le parece. Quizás sólo sea la necesidad de demostrar que me perteneces.

       Me gusta cómo suena eso –dijo Azure con coquetería y le acarició el rostro–. Que digas que te pertenezco, no lo de Keigo… Aunque mentiría si dijera que no me gusta que sientas celos por mí, porque ten por seguro que yo sí los he sentido por ti.

       Hmm –gruñó Enji.

 

Azure había quedado tan cerca que él estiró su brazo izquierdo para abrazarla, aunque se lo pensó mejor y se atrevió a poner su mano sobre la cadera de la mujer, la cual acarició sin recato. Azure se dejó hacer y a su vez pasó sus manos sobre los bien formados pectorales y bíceps de Enji, y después le tocó con suavidad el rostro. Ella lo besó con intensidad y él se dejó besar, dejando que su sentido de posesión lo dominara; Azure lo acarició de tal manera que la erección volvió (quizás nunca se fue, no del todo) y Enji correspondió metiendo sutilmente un par de dedos por debajo del traje de baño húmedo, a nivel de donde la espalda perdía su casto nombre. Tal vez se veía ridículo actuando como si tuviese treinta años menos, pero, ¿a quién le importaba? Ese hotel estaba haciéndolo comportarse de forma distinta a su manera habitual de ser, o tal vez era Azure la que lo hacía conducirse así.

 

       Quizás no sea éste el mejor momento para decirlo, pero lamento el malentendido que causé por el vestido de novia –comentó Azure, cuando se separaron–. No pretendía dar a entender que hay cosas que contigo no puedo hacer que con Keigo sí, sólo pensé que no sería adecuado que, dadas nuestras circunstancias, usara un vestido tan revelador.

       Hmm, yo pude haber manejado ese asunto de una mejor manera –replicó Enji, quien no quería admitir que se dejó dominar por los celos–. Por lo que tengo entendido, nunca quisiste casarte con Hawks así que debí de haber supuesto que no estabas hablando de forma literal.

       Exactamente –afirmó Azure–. Usé a Keigo como ejemplo, no como comparación, porque en primera instancia nunca me habría casado con él, no hay razón para que sientas celos porque, te lo he dicho ya antes, lo quiero, pero no como hombre. Eres tú al que siempre he amado, eso lo sabes desde hace mucho.  

       ¿De verdad nunca pensaste en casarte con él? –preguntó Enji, bruscamente.

       No –aseguró ella, con total honestidad–. No tienes por qué sentirte mal por un escenario que nunca tuvo posibilidad de ser.

       Como tal, no es que la idea me haya causado enojo, pero sí me desconcertó que no hubieses pensado en el matrimonio –confesó Enji–. No te habría culpado de que hubieras querido rehacer tu vida, de hecho eso era lo que esperaba que hicieras, lo que quería para ti: que fueses la prioridad de alguien que sí pudiera dártelo todo. Hawks es un buen partido y es el padre de Makoto, habría sido bueno que te casaras con él.

       ¿De verdad me estás diciendo esto en nuestra luna de miel, que esperabas que me casara con otro hombre? –Azure se echó a reír–. Me conmueve que hayas querido que yo siguiera adelante y que fuese feliz, aunque no fuera contigo, pero aunque nunca te he negado que sí intenté olvidarte y continuar con mi vida sin ti, Keigo nunca estuvo en ninguno de mis posibles escenarios a futuro. Lo cierto es que, si no hubiera tenido a Mako, nunca me habría conseguido pareja, me habría quedado soltera y estaría dedicada al cien por ciento a mi trabajo. Casarme y tener hijos nunca estuvo entre mis planes a futuro, mi meta siempre fue dar lo mejor de mí como médico y como Bleu, aunque eso no significa que me desagrada haber terminado haciendo las cosas que no quería hacer. Madurar es aprender que, a veces, en algún momento de la vida uno tendrá que tragarse sus palabras.

       Hmm –soltó Enji, tras cavilarlo un momento–. Tenemos más cosas en común de las que parece.

       Más de las que tú crees –sonrió ella, con ternura.

 

Volvieron a besarse sin importar que los estuvieran observando y las manos de Enji exploraron más de lo que su decencia le habría permitido hacer en público. Y, algo que todavía lo sorprendía, la erección continuaba bien presente, alimentándose de un sentimiento que podía llegar a ser más peligroso que el deseo. Para un hombre de su edad eso era simplemente sorprendente, que fuera capaz de mantener ese nivel de excitación durante tanto tiempo.

 

       Sí que te pone feliz estas conmigo –susurró Azure, rozando sutilmente el bulto que él mal escondía bajo el traje del baño–. ¿Quieres que subamos a la habitación y probemos si esa enorme y mullida cama puede servir para algo más que dormir?

       Sí –respondió él, con voz ronca.

 

Ella no necesitó más estímulo y menos de diez minutos después ya estaban de regreso en la habitación, besándose como si nada más importara en el mundo. Enji estaba tan excitado que le quitó el traje de baño antes de que Azure pudiera hacerlo y la arrojó a la cama para después desnudarse él.

 

“Contrólate”, se ordenó Enji a sí mismo, antes de perderse en el espectáculo de la mujer desnuda que estaba frente a él.

 

Azure no supo de dónde provino la fuerza arrolladora que la dominó. Enji comenzó por tomar sus grandes senos y los amasó con rudeza, pellizcando también los pezones rosados, que se endurecieron al contacto. Le gustaban esos pezones amplios, salobres y deliciosos, de una contextura que le gustaba percibir con la lengua; él se metió el pezón derecho a la boca y lo succionó, mientras que con su mano izquierda apretaba el otro pecho y lo frotaba. Azure soltó un gemido y se arqueó, mientras Enji intercambiaba el seno que introducía en su boca para lamerlo y morderlo. Después él bajó su mano para recorrer el cuerpo de Azure, acariciando su esbelto talle y sus amplias caderas; sus dedos llegaron hasta el monte de Venus completamente lampiño, que ya había acariciado en el jacuzzi en la mañana pero que ahora deseaba poseer. A Enji le había sorprendido que ella se hubiese tomado la molestia de depilarse, nunca había visto algo así y tuvo deseos de fusionarse de inmediato, de entrar en esa húmeda cueva que se había preparado para recibirlo a él. De pronto, se detuvo abruptamente y se irguió, quedando hincado a medias sobre la cama.

 

       Entra en mí, Enji, s'il te plaît –jadeó Azure, suplicante–. Quiero sentirte dentro, hazme tuya.

 

Enji no necesito de más para abrirle bien las piernas, tomar su endurecido miembro e introducirlo en ella, encendiendo al máximo la llama del deseo. Su mente analítica quedó embotada por la pasión, en ese preciso momento no importaba nada más que el deseo de hacerla suya. La penetró con fuerza e intensidad, disfrutando del delicioso roce; entró en Azure una y otra vez, poseyéndola sin control contra la cama, jadeando como el animal descontrolado que era. Recordó las miradas lascivas de los demás hombres, el deseo que todos tenían de hacer con Azure lo mismo que Enji estaba haciendo en ese momento y alcanzó a pensar que ese privilegio estaba reservado a él, ella era suya y de nadie más, antes de perder completamente el control. Los celos y la rabia que sintió en ese momento se desfogaron en sus caderas, en su miembro erecto y duro que entraba en el cuerpo de esa mujer, que perforaba su interior húmedo y caliente, sintiendo cómo Azure contraía sus músculos para apresarlo, para no dejarlo ir hasta que se vaciara en ella.

 

       Oh, mon amour! –exclamó ella, con la mirada perdida–. ¡Córrete dentro de mí!

 

Era más una súplica que una orden, la petición de una mujer sometida por el deseo que se entregaba a su hombre y que esperaba que éste le respondiera como debía. Azure había aceptado el juego y ahora se entregaba sumisa a él. Enji la hizo girarse, le dio una nalga, la tomó por las caderas y volvió a entrar con la misma rudeza de antes; alcanzó a ser consciente de que Azure gritaba sin contenerse mientras alzaba su cuerpo para que él continuara penetrándola salvajemente. Era la primera vez que Enji experimentaba ese sentimiento de propiedad a ese nivel, ni siquiera cuando se acostó con Azure en las montañas Hida sintió que ella le perteneciera, mucho menos cuando volvieron a hacerse amantes dos años después, pero en ese momento era distinto, Azure era oficialmente su esposa, era oficialmente suya y podía poseerla cuanto deseara. Él la empujó con fuerza contra la cama, sin ser dueño ya de sus pensamientos o de sus actos, eran su cuerpo y su lujuria los que llevaban el mando, los que la dominaban a ella y también a él. Enji sintió que el orgasmo estaba cerca y experimentó una oscura satisfacción al decidir que haría el último acto de posesión completa: eyacular dentro de Azure para dejar en su cuerpo su simiente, el mayor placer que podía tener un hombre, imaginar su semen dentro y verlo salir después, combinado con los fluidos femeninos en una húmeda y pegajosa mescolanza. ¡El acto máximo de posesión! Sus embates se hicieron más rápidos, más potentes, más intensos, y él estiró una mano para sujetar a Azure del cabello mientras continuaba oprimiéndola contra el colchón al penetrarla. Y entonces Azure se contorsionó, presa de un orgasmo que la hizo temblar de pies a cabeza, lo que a su vez arrastró a Enji al borde del precipicio para caer con ella. Él sintió cómo su miembro expulsaba su caliente chorro dentro de Azure y soltó un gutural gemido de satisfacción al tiempo en el que el cuerpo de ella se quedaba sin fuerzas y se desvanecía; salió de Azure con el pene pegajoso y húmedo, lo que le otorgó un toque final de intenso deleite. No era la primera vez que le sucedía, pero sí la primera en la que reconocía que el asunto le resultaba sumamente satisfactorio.

 

Endeavor se dejó caer en la cama junto a ella; ambos quedaron tan satisfechos que cayeron en un estupor que duró un tiempo indefinido. Los jadeos profundos pronto dieron paso a una respiración más pausada y tranquila, el relajamiento total que da el haber alcanzado un clímax de la manera más intensa.

 

       ¡Oh, mon dieu, Enji, me dejaste viendo estrellas! –exclamó Azure, después de un rato–. ¡Agradezco tanto a los médicos de Les Bleus por haber hecho bien su trabajo, definitivamente ya estás al cien de tus capacidades!

       No tanto –negó él, mientras comenzaba a ser dueño de sus actos otra vez.

 

“Pero sí lo suficiente…”.

 

       Más de lo que tú crees –insistió Nuit y soltó una risita de satisfacción.

       Lo siento, perdí el control –se excusó Enji, después de unos instantes de silencio en los que fue consciente de lo excesivamente rudo que fue con ella–. No ha estado bien.

       ¿De verdad te estás disculpando? ¡Si acabas de darme el mejor sexo de mi vida! –expresó Azure–. Me encanta cuando me lo haces tan rudo y más cuando pierdes el control. ¡Valió la pena esperar una noche para tener esto!

       Uh, sí–. Él se sentía francamente avergonzado, pero estaría siendo deshonesto si dijera que no lo disfrutó tanto como ella–. Aun así, creo que te he dejado marcas, debí controlarme un poco.

       Shhh –lo calló Azure, al tiempo en el que se acercaba a Enji para besarlo en los labios.

 

Él correspondió ese beso tan francés que ella le estaba dando, experta como era en el arte de explorar su boca con la lengua. Se besaron durante varios minutos, fusionándose de una manera distinta pero igual de deliciosa. Azure, atrevida como era, empezó después a mordisquear sutilmente su barbilla, su cuello y después los músculos de su pecho, muy apenas, como si fuera un gato que estuviera jugueteando; bajó por el abdomen, sin dejar de morderlo y tocarlo, y llegó después a su pene, el cual acarició como si se tratara de un animal dormido. Enji la dejó hacer, aunque dudaba que estuviese en condiciones de estar listo para penetrarla otra vez, no después de lo que acababa de pasar (“Mañana me va a doler”, pensó), pero entonces Azure tomó ese miembro adormecido con sus manos y empezó a juguetear con él, lo recorrió con la lengua y después se lo introdujo en la boca para succionarlo. Él alcanzó a darse cuenta de que no se había limpiado y que todavía estaba sucio de la mezcla de sus fluidos, pero a Azure definitivamente no le desagradó el asunto y se lo lamió con muchas ganas. Y algo en ese acto tan sucio hizo que Enji volviera a encenderse, que sintiera la sangre fluyendo hasta esa parte de su anatomía para volver a darle una erección sin mucho esfuerzo.

 

“Esto es inaudito”, pensó él, mientras contemplaba cómo Azure le hacía sexo oral. “De verdad que no estoy tan acabado como creía…”.

 

Mucho antes de que Enji sintiera que estaba cerca de correrse, Azure se sacó el miembro de la boca, soltó una risilla de complacencia y procedió a masajearlo valiéndose de sus amplios pechos. Él recordó que ella ya había usado esa técnica una vez, cuando se acostaron en su agencia hacía tantos años, pero si bien en su momento se sintió encantado, desde que se reencontraron había sentido la suficiente vergüenza como para pedirle que se la hiciera otra vez, así que ahora que Azure la practicaba por voluntad propia, se quedó callado y la dejó actuar. Azure estimuló el miembro encajado entre sus senos, lamiendo su punta de tanto en tanto, hasta que quedó conforme con el resultado y lo liberó para después sentarse sobre él e ir introduciéndoselo de poco en poco, moviéndose de un lado a otro para acomodárselo y después comenzar a montarlo, haciendo bailar sus caderas de esa forma en la que sólo ella sabía hacer, arriba abajo, de adelante hacia atrás, firme y constante, mientras sus pechos saltaban a su ritmo.

 

Enji jadeó, sorprendido de que Azure supiera cómo manipular tan bien su cuerpo restaurado, y la dejó hacer mientras se deleitaba con el espectáculo de figura desnuda montada encima de él. Alzó una mano y tomó uno de sus pechos, lo acarició, lo apretó y lo pellizcó, al tiempo en el que Azure apoyaba sus manos sobre los bien trabajados pectorales masculinos. Él la tomó por las caderas y acarició después los glúteos, atrayéndola más hacia su cuerpo para penetrarla hasta lo más profundo y hacerla gemir. Se besaron como pudieron mientras Azure cabalgaba sobre él, aumentando el ritmo de sus movimientos.

 

       Estoy por correrme otra vez –jadeó ella, con una voz tan seductora que a él lo recorrió un escalofrío de placer–. Oh, mon amour!

       Yo también voy a correrme –soltó Enji, con un gruñido gutural.

 

            Repentinamente, Azure se incorporó y dejó escapar un gemido largo y agudo mientras su cuerpo era presa de un nuevo orgasmo; apoyó sus manos en los gruesos y musculosos muslos de Enji, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, dejando que el placer la recorriera desde la raíz del cabello hasta la punta de sus dedos. Sintió dentro de sí que Enji también alcanzaba el clímax, sintió su miembro contrayéndose al eyacular y lo escuchó gruñir otra vez, como un animal, mientras sus manos apretaban la carne de sus caderas. Cuando el orgasmo empezó a decaer cual ola que ha acabado de estallar en la playa, Azure se dejó caer sobre Enji y apoyó su cabeza en la curva de su cuello.

 

       No sé qué tiene este hotel que te ha liberado tanto –murmuró ella, sin abrir los ojos­–, pero me encanta.

       No es el hotel –la corrigió Enji, sin pensar–. Eres tú.

 

Azure soltó otra risita satisfecha y sintió que el cansancio la invadía. De buena gana intentaría alejarlo para volver a estimular a Enji, pero estaba consciente de que él necesitaba descansar y además se estaba tan bien ahí, recostada contra ese pecho firme y musculoso, rodeada por esos brazos tan cálidos y fuertes. Ella dejó de luchar contra el sueño que iba apoderándose de su ser y se acurrucó en los brazos de Endeavor.

 

       Je t'aime, Enji –susurró Azure, sin ser realmente consciente de lo que decía.

 

Seguramente a la mañana siguiente no recordaría haberlo dicho, pero eso no significaba que no lo sintiera. Enji, que había comenzado a dormirse también, se despabiló al escuchar estas palabras.

 

No era la primera vez que Azure se lo decía; de hecho, se lo había dicho en muchas ocasiones, dado que a ella no le incomodaba confesar abiertamente sus emociones cuando se decidía a hacerlo. Si bien la primera vez que la cirujana le confesó a Enji que lo amaba ella había estado bajo influencia de un quirk, no tuvo reparos en repetírselo de manera consciente cuando no le quedó más remedio que admitir que se había enamorado de él. Después de eso, Azure se lo había dicho en otras ocasiones más, sin esperar a que él le respondiera que sentía lo mismo. Ésa era una de las tantas cosas que a Enji le gustaban de ella, que había entendido que él no era de los que expresaban cariño con palabras sino con gestos, con torpes pero sinceros gestos, y por lo mismo nunca le había reclamado por el hecho de que nunca le hubiera dicho “te amo” de frente. Sí, se lo había expresado con otras palabras, le confesó dos veces que “tenía sentimientos por ella”, lo más que se había osado a declarar, pero nunca se había atrevido a pronunciar un “Aishiteru wa”, demasiado exagerado, o un “Je t'aime”, más sencillo pero demasiado “extranjero”, por mucho que fuese una expresión usada en el idioma natal de la joven.

 

En la oreja de Azure destellaba a la luz de la luna el arete de flor de lis, del par que ella volvió a usar cuando recuperó la pieza que Enji guardó durante años. Aunque Azure se había acostumbrado a sus nuevos aretes de estrellas, que usó como reemplazo de los otros, los de flor de lis adquirieron un significado especial cuando ella se enteró de lo que uno de ellos llegó a representar para Enji. “Y también porque, al igual que tú, este arete regresó a mí”, le había comentado Azure. Ojalá fuera tan fácil para Endeavor expresarse, Azure lo había ver sencillo pero definitivamente no lo era, no para él.

En cierto modo, no se podía esperar otra cosa. Él era un hombre mayor, criado en una cultura en la que de por sí expresar abiertamente sentimientos de amor era algo casi prohibido, en una época en la que no se esperaba que un hombre fuese honesto con sus emociones. Y, como agregado, Enji Todoroki tenía una conocida incapacidad para expresar sus sentimientos más íntimos, un defecto de su personalidad que le acarreó la gran mayoría de los problemas de su vida. ¿Qué peor combinación que ésa había para un desastre matrimonial? Pero por fortuna Azure poseía toda la sensibilidad que a él le faltaba y apreciaba los pequeños gestos que Enji intentaba hacer como muestra del amor que le profesaba (el vals de recién casados en la terraza de Isla Paradise le hizo ganar muchos puntos). Sin embargo, Enji creía que quizás Azure se merecía que alguna vez le dijera directamente que la amaba.

 

       Yo también… te amo… Zuri… –dijo, en voz muy baja pero perfectamente audible.

 

Ella no reaccionó y por lo acompasado de su respiración él se dio cuenta de que se había quedado dormida. Durante un par de segundos Enji acarició la idea de despertarla para repetírselo, pero ese pensamiento pasó y decidió dejarla dormir. Soltarlo de manera imprevista en ese momento podría ser considerado como un impulso propio del reposo del buen amor, de un sentimiento que está más ligado a la satisfacción sexual que al amor real y Enji no quería eso. Sí, se lo diría alguna vez, cuando la posesión dejara de ser posesión y se convirtiera en ese amor desinteresado que dejaba ir al otro para que sea feliz y lo ve regresar años después, ese amor que les permitió a ambos separarse una vez con la esperanza de salvar al otro y que fue lo suficientemente fuerte como para esperar pacientemente por una segunda oportunidad. Cuando ese sentimiento fuese el que predominara, quizás, sólo quizás, Enji le diría a Azure un “te amo”, con todas sus palabras.

 

Sin embargo, por el momento, lo que había dicho y hecho era más que suficiente.

 

Fin.

 

            Notas:

       Enji Todoroki/Endeavor es un personaje creado y le pertenece a Kohei Horikoshi ©.

       Azure Bourgeois/Nuit es un personaje creado y le pertenece a Lily de Wakabayashi.

       Este fic forma parte de la historia de mi Azure en el universo de My Hero Academia, al cual también pertenecen mis otros fanfics “El valor de un hombre”, “Canción para un héroe herido”, “Un error de los grandes”, “No digas que me amas”, “Reducido a cenizas”, “Los lazos que nos unen”, “La lluvia ha llegado otra vez”, “Noche en llamas”, “Cuando el día se convierta en noche”, “Cicatrices”, “Esperaré por ti”, “El futuro por venir” y “Nunca me abandones”, siendo continuación directa de esta última historia. 

 

           

Age Verification Required

This website contains adult content. You must be 18 years or older to access this site.

Are you 18 years of age or older?

Need Help? Click Here or Try Again