Quédate conmigo esta noche

BY : Lumeriel_Melkoriniel
Category: Spanish > Books
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Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes de El Silmarillion o LOTR, todos pertenecen a J.R.R. Tolkien. Esto es solo por diversión; no recibo ninguna ganancia de esto.

Se estiró en la cama. Por un momento, sus músculos tensos crujieron, recordándole las horas en la forja. Y la excursión del día anterior. Y la noche entera intentando dormir a Turco. ¿Por qué el tercero de sus hijos no podía ser un niño adorable como Nelyo? ¿O como Cáno? No, tenía que ser un escándalo constante. En cuanto empezaban las horas de descanso y todo el mundo se dormía en la casa, Turcafinwë despertaba y comenzaba a chillar para avisarle a todo Formenos de su existencia. Como “alguien” enteraba a todo el palacio de su existencia años atrás. Con un ronroneo mitad disgusto mitad diversión, pensó que de nuevo sus pensamientos iban al incordio de su medio hermano. Un incordio que en los últimos años se había vuelto cada vez más hermoso, recordó con placer.

Cerró los ojos y evocó la cara de sorpresa de Fingolfin cuando entró en el salón de clases durante su exposición. Por un momento, el príncipe adolescente vaciló – imperceptible para los demás; pero no para él que lo conocía desde que era un bebé chillón. Evocó esos ojos de suave plata destellando y enseguida tuvo ante sí la expresión concentrada de Fingolfin, dispuesto a demostrarle a su hermano mayor que él también era capaz. Con esa mirada orgullosa detrás de los párpados, dejó correr la mano por su torso desnudo, toda la palma acariciando la piel atezada por el trabajo en la fragua. Detuvo la caricia en la cinturilla de las calzas ligeras, vacilando un segundo. Apartó la mano ligeramente, curvando los dedos; pero el rostro sonriente de Fingolfin el día antes, cuando Nelyo aceptó encantado el juguete que le había hecho, apareció en su mente y una oleada de calor circuló hasta su entrepierna. Con un gemido ahogado, soltó los lazos de las calzas y las empujó por sus caderas para liberar su sexo medio duro. Recorrió con los dedos la carne palpitante y abrió más las piernas para acceder al sensible espacio entre sus testículos y su esfínter. Se mordió el labio inferior, ahogando el gemido que acudió a su garganta, más por la imagen que conjurara que por el toque de su propia mano. Detrás de sus ojos cerrados veía de nuevo a Fingolfin – la sonrisa de bienvenida, los cabellos sueltos enmarcándole el rostro nacarado, los ojos brillantes de entusiasmo, los miembros esbeltos y todavía delicados – y se imaginó abrazándolo, enredando sus dedos en los cabellos, uniendo su boca a esa boca entreabierta, saboreando la ingenuidad de esa lengua tan hábil en exponer las tesis y las opiniones, sintiendo contra su piel la piel desnuda y brillante… Con una mano acarició los testículos, apretándolos levemente, masajeando… mientras con la otra tomó la verga y la recorrió de arriba abajo con firmeza. Oleada tras oleada de calor circuló por sus venas, acumulándose en el bajo vientre, subiendo a su cabeza… Más, sintió que exigía su cuerpo en tanto se arqueaba hacia atrás, elevándose en los talones y los hombros, su sexo ahora totalmente recio en su agarre, el corazón golpeando el pecho… ¿Qué pensaría Fingolfin – su pequeño e inocente medio hermano – si supiera lo que estaba haciendo? ¿Lo que estaba pensando mientras se acariciaba? Dibujó en su mente la expresión de desconcierto, el rubor en los pómulos altos, los ojos muy abiertos, el tartamudeo con que preguntaría: “Curu-Curufinwë, ¿q-q-qué est-t-tás haciendo?”. Hermoso, se relamió los labios, jadeando en el ritmo creciente de las caderas empujando en el agarre de su mano. Fingolfin era sin dudas un ignorante en cuestiones de sexo: ¡apenas tenía treinta años! Aunque, tal vez no lo era. Tal vez ya se escondía en la soledad de su alcoba para acariciarse frenético, asaltado por deseos todavía indefinidos, dictados más por los cambios hormonales que por una inclinación romántica… Él sabría aprovechar esos estallidos hormonales: lo tomaría en su mano mientras lo besaba despacio, hundiendo la lengua en su boca, disfrutaría de las primeras gotas de fluido brotando de la verga dura – Fingolfin tenía una hermosa verga, incluso demasiado grande para su edad, como pudiera comprobar en los baños -, extendiendo la humedad por el asta, moviendo su mano en lentas espirales a todo lo largo… como estaba haciendo consigo mismo en este instante. “Por favor”, suplicaría Fingolfin con la piel ardiente, la respiración entrecortada; “por favor, hermano, más…” ¡Oh más! Sí, más: separar los muslos blancos – como de mujer -, hundir primero la lengua, después los dedos en su agujero, sentir los espasmos de rechazo hasta que estuviera listo… listo para él… y entonces clavarse en su interior con una sola embestida… Fingolfin jadeando, gimiendo de dolor hasta que él se moviera, encontrando el punto de nervios que desatara el éxtasis… y más, más duro, más adentro, más rápido… la voz suave y todavía infantil de su medio hermano cantándole en los oídos, gritando su nombre cuando eyaculara en su propio vientre liso…

El placer dentro de Fëanor era tan grande que su piel ardía, hipersensible. Abrió los ojos, la culminación ya construyéndose en su pecho, en sus testículos duros, en los desajustados movimientos de su puño… y jadeó ante la visión que descubrió: agarrado al picaporte, con los ojos dilatados de curiosidad, las mejillas rojas de vergüenza, Fingolfin lo contemplaba inmóvil. La imagen fue la gota que colmó el vaso: con un gemido gutural, Fëanor se arqueó y se corrió con potentes chorros que empaparon su mano, su abdomen y su pecho.

Transcurrieron unos minutos antes de que consiguiera enfocar la visión y sintiera su respiración casi normal. Con un quedo gruñido, se volteó de lado… y una sonrisa curvó sus labios al comprobar que Fingolfin continuaba en la puerta de la alcoba.

- ¿Vas a entrar en algún momento? – lo provocó, incorporándose sentado en la cama, sin cuidarse del estado de sus ropas o del semen que se secaba en su piel.

- No quiero molestarte -, replicó el muchacho, tragando en seco; pero al mismo tiempo, entró y cerró la puerta tras de sí -. Atto dijo que estarías despierto y quería… quería pedirte que me dejaras acompañarte a Formenos mañana.

- ¿Por qué? – inquirió, abandonando el lecho para dirigirse al cuarto de baño.

Fingolfin se movió de un pie a otro, nervioso. Fëanor había dejado la puerta de comunicación abierta y el chico percibió los movimientos con que se desnudó y lavó antes de salir en cueros para buscar en el armario un nuevo par de pantaloncillos limpios.

- ¿Y bien? – insistió Fëanor, observándolo en el espejo.

- Quiero… Atto dice que has recopilado textos acerca de las Tierras del Despertar. Mi ensayo de historia será sobre las tradiciones matrimoniales de nuestra gente antes de la Gran Marcha; pero no hay mucha información en las bibliotecas públicas y atto se vuelve muy reservado acerca de algunos temas; así que pensé que podría… consultar tu biblioteca. – Alzó la vista para encontrarse con su hermano mayor observándolo fijamente -. Si no es mucha molestia. Puedo quedarme en los aposentos de los aprendices y de ese modo no causaré ningún problema en tu casa. No quiero importunar a Nerdanel con mi presencia…

- No vas a importunarla. Le encanta que estés cerca para que te hagas cargo de los chicos -, señaló con una mueca y enseguida, una expresión maliciosa iluminó sus ojos plateados -. Así que… costumbres matrimoniales, ¿eh? Y, ¿puedo saber qué sabes al respecto hasta ahora?

Fingolfin lo contempló con los ojos muy abiertos. Abrió la boca y la volvió a cerrar, sin decidirse a hablar. Su mirada bajó vacilante hasta los pantalones sueltos de su hermano, quien – notándolo – deslizó una mano abierta por su torso desnudo, deteniendo los dedos en los cordones de la cinturilla. El chico enrojeció visiblemente.

- Por… por los comentarios que he escuchado, ahora es di-diferente a Cui-Cuiviénen. – balbuceó luego de un momento.

- ¿Cómo? – insistió el mayor, sirviéndose un vaso de vino antes de sentarse en la cama, con la espalda apoyada en la cabecera de madera tallada.

- Pues, ahora… ahora se cumple el año de compromiso oficial antes de proceder a celebrar la ceremonia de los votos y el intercambio de los anillos de oro. Y… y solo después de esto se… se realiza la ceremonia íntima de… de vinculación de los espíritus.

- Creo que tengo esa parte dominada -, observó Fëanor, irónico, recordándole que estaba casado. Fingolfin se ruborizó más -. Ven. Siéntate conmigo. No te estoy haciendo un examen. – mediosonrió, palmeando en el colchón.

El menor se mordió el labio inferior y Fëanor sintió un tirón en su verga al notarlo. Por fin, el chico se acercó a la cama y se sentó en el borde, con la espalda muy recta. De nuevo, el mayor sonrió de modo imperceptible y movió una pierna para tocar la espalda del muchacho con el pie.

- Entonces -, dijo al percibir que Fingolfin se estremecía -, ¿cómo lo hacían antes del Gran Viaje?

- P-pues, era… existían los enlaces temporales. Las parejas se unían por un período de tiempo y al cabo de este, podían renovar su compromiso o terminarlo. Solo se invocaba la bendición del Único para que permitiera el nacimiento de infantes de la unión. Claro que entonces no conocíamos a los Valar ni sus leyes. Las costumbres eran más liberales en cuanto al sexo. – apenas dijo la última palabra, sus mejillas volvieron a colorearse intensamente.

- ¿Tienes calor? – se interesó Fëanor, con aparente ingenuidad -. Te ves acalorado, Nolvo. ¿Por qué no te quitas algo de ropa?

Se incorporó para apoyar una mano en el hombro del chico, agarrando la túnica azul con bordados blancos y plateados. Fingolfin se puso en pie de un salto.

- ¡No! – exclamó, horrorizado -. Estoy… estoy bien, Curufinwë.

- No, no lo estás -, objetó el otro, yendo tras él ágilmente y atrapándolo por los hombros para acercarlo a sí. – Estás incómodo, Nolvo. ¿Algo te disgusta, pequeño hermano?

Fingolfin apretó los ojos, sintiendo cómo las manos firmes de Fëanor bajaban por sus brazos para tocar levemente sus dedos helados y volver a ascender hasta el cuello de las ropas. Con habilidad, Fëanor desabotonó la túnica y la empujó a lo largo de sus miembros, dejándolo en la camisa blanca, cuyas cintas desanudó y apoyando la mejilla contra su hombro, el mayor observó satisfecho el bulto que tensaba las calzas de Fingolfin.

- ¿Es esto lo que te disgusta, hermanito? – susurró en su oreja al tiempo que movía una mano para cubrir la protuberancia.

- Lo-lo siento -, balbuceó el chico, las lágrimas de vergüenza empujando tras sus párpados.

- ¿Es por cómo me encontraste? – volvió a interrogar Fëanor frotando la palma de la mano contra la dureza, encontrando la punta para presionar un poco. Fingolfin asintió de modo imperceptible -. ¿Te gustó lo que viste, Nolvo?

- Mu-mucho -, confesó, a punto de estallar en llanto.

Fëanor le dio un ligero apretón a la verga de su hermano, aprobatorio, antes de hacerlo girar en sus brazos. Con un dedo bajo el mentón, lo obligó a alzar la cara para mirarlo.

- Eso está muy bien, Nolvo -, mediosonrió, incitante y se acercó para rozar los labios del chico con los suyos -. Porque tú eras la causa. – mordió el labio inferior cuando la boca se abrió, perpleja -. Tú eras la causa de que estuviera tan infernalmente excitado. Ven a la cama conmigo. Déjame  enseñarte unas cuantas costumbres de nuestros ancestros, pequeño hermano.

Jamás en toda su vida se le habría ocurrido a Fingolfin objetar. Dócilmente, siguió a su hermano al lecho y dejó que él le quitara las calzas y los zapatos, así como la camisa, antes de deshacerse de la única prenda que usaba. Fëanor lo empujó para que yaciera de espaldas, los cabellos destrenzados sueltos como una nube de seda sobre las almohadas y posicionándose de rodillas a los lados de sus caderas, descendió hasta que casi estuvo sentado sobre él. Fingolfin jadeó al percatarse de que Fëanor también estaba erecto y un gemido desgarró su garganta cuando los sexos se tocaron, dureza contra dureza, mientras los testículos de Fëanor descansaban contra los suyos.

Despacio, Fëanor le cogió ambas manos y se las sostuvo por encima de la cabeza, para inclinarse hacia su rostro. Fingolfin abrió los labios, expectante; pero su hermano no lo besó: con calculada lentitud, delineó las cejas, la nariz, los pómulos, la línea de la mandíbula, las orejas puntiagudas. Fingolfin pegó un respingo cuando el lóbulo fue apresado entre los dientes en tanto Fëanor se movía encima de sus caderas, presionando erección con erección, frotándose adelante y atrás.

- ¿Sabías que los elfos que despertaron en Cuiviénen aprobaban el amor entre individuos del mismo sexo? – inquirió Fëanor contra el cuello de su medio hermano, en un tono impropiamente didáctico que erizó la epidermis de Fingolfin.

- Los Valar han decla-a-rado es-s-sas prácticas en-en c-co-o-ontra de la natu…

- ¿Cómo puede ser contra natura algo que sentimos de modo instintivo? – cuestionó el mayor, siempre en tono lectivo, aunque una sonrisa vagó en sus labios ante el tartamudeo de Fingolfin. Le encantaba escucharlo: su hermanito empezaba a balbucear en cuanto se ponía nervioso… lo cual le ocurría a menudo en su presencia.

Fingolfin también era consciente de su azoramiento y en un esfuerzo por recuperar el dominio sobre sí mismo, alzó una mano para hundirla en las ondas de la melena de Fëanor al tiempo que respiraba profundo.

- Lasrelacionesíntimasentreindividuosdelmismosexonoproducendescendencia. – soltó de un golpe.

- ¿Perdón? – exigió Fëanor alzando la cabeza para mirarlo con una ceja arqueada.   

- Las relaciones íntimas entre individuos del mismo sexo no producen descendencia -, repitió el menor más despacio, con la seguridad de quien conoce una lección irrefutable.

- Pero sí placer, pequeño -, mediosonrió su compañero, retomando las ondulaciones de su cuerpo contra el del chico. - ¿Acaso no estás disfrutando esto?

El rubor coloreó el rostro y el pecho de Fingolfin; no obstante, asintió en silencio, elevando las caderas para encontrar las ligeras embestidas. Fëanor gruñó su aprobación y volvió a inclinarse, esta vez para cubrir la boca entreabierta de su medio hermano con la suya. Fingolfin respondió al beso casi desesperado, abriendo más y buscando la lengua que jugaba. El elfo mayor ronroneó satisfecho y pegó su torso al del muchacho. Con un ágil movimiento, cambió sus posiciones, quedando él tendido de espaldas en tanto atrapaba a Fingolfin entre sus musculosas piernas. Dejó sus manos correr por la espalda del chico, sintiendo los estremecimientos de placer que lo agitaban, hasta descansar las palmas extendidas en las nalgas. Lo empujó contra sí, sus sexos alineados, presionando y frotándose.

- Bésame -, ordenó Fëanor con voz ronca.

Cuando Fingolfin se inclinó para obedecer, intentó por unos segundos mantener la calma, solo cediendo a los tentativos toques y exploraciones del menor. Tal como supusiera, Fingolfin tenía tanta experiencia como un niño de siete años; pero su entusiasmo y el deseo de complacer a su hermano mayor suplían con creces cualquier impericia. Fue esto lo que derribó cualquier resto de autocontrol de Fëanor, quien agarró con una mano la nuca del más joven en tanto con la otra le apretaba el trasero para acercarlo más a sí y atacó su boca con salvaje pasión.

Cuando por fin se separaron, ambos jadeaban y Fëanor contempló extasiado las pupilas desenfocadas del menor antes de que descendiera para besarlo suavemente en la comisura de la boca para enseguida trazar un sendero de húmedas caricias hasta debajo de la oreja. Oh sí, Fingolfin era un alumno aventajado, pensó complacido.

- Eres tan joven todavía -, musitó de pronto, a pesar de sí mismo.

- ¿Qué? – preguntó Fingolfin, alzando el rostro espantado -. ¿Estoy haciendo algo mal?

- No, precioso, nada de eso -, sonrió Fëanor -. Al contrario. Estás haciéndolo tan bien que tengo que recordarme lo joven que eres.  

- ¿Por qué?

- Porque… debo tener presente que hay cosas que no podemos hacer aún.

Fingolfin frunció el ceño y se chupó el labio inferior, meditabundo.

- ¿Quiere decir que no piensas tomarme? – interrogó al cabo de unos minutos.

Por un momento, Fëanor lo observó perplejo. Finalmente, estalló en risas mientras lo abrazaba y lo besaba apasionadamente.

- Por supuesto que sí pienso tomarte -, dijo cuando cambió de posición otra vez para quedar encima de su excitado hermano y moverse contra su cuerpo despacio. – Pienso tomarte de todas las formas posibles, Nolvo; pero no hay prisa. Debes crecer un poco más, madurar en cuerpo y mente para comprender… - Se interrumpió al percibir la expresión desilusionada del muchacho. – Nolvo, ¿siquiera sabes lo que estás pidiendo?

Fingolfin enrojeció y ocultó la cara.

- Creo que sí. – musitó y con un impulso, enterró el rostro en el hueco entre el hombro y el cuello de su hermano mayor -. Sé que me gusta que me toques y que es diferente a cuando me toca cualquier otra persona. He tenido sueños… sueños en los que tú estás conmigo… como ahora… y me acaricias y me besas y… y me haces las cosas que he visto en algunos libros y… y cuando me despierto estoy… a veces mi sexo está duro y otras… otras estoy mojado y… es un desastre; pero se siente como si hubiese estado en algún lugar maravilloso y todo mi cuerpo hubiese estallado como una supernova y vuelto a armarse. Mejor que antes.

Fëanor tuvo que morderse la lengua para contener el impulso de atacarlo como un poseso, su cuerpo vibrando por las confesiones de Fingolfin y su verga doliendo de necesidad.

- Entonces, nunca… ¿nunca te has tocado como me viste hacerlo? – averiguó, una idea construyéndose en su mente. Fingolfin se limitó a sacudir la cabeza y una sonrisa distendió los labios sensuales del príncipe de la corona -. Entonces, empezaremos por esa parte, pequeño. Deja que te enseñe.

Apartándose del menor, le indicó que se acomodara sobre un costado del cuerpo, con lo que quedaron uno frente a otro. Satisfecho, Fëanor comprobó que su hermano parecía más que dispuesto a acceder a todo lo que él sugiriera.

- Ahora, - comenzó con voz baja, progresivamente gruesa -, si quieres, puedes tocarte cómo te gustaría que yo lo hiciera. A mí gustaría besarte despacio en la boca… toda la boca… lamer hasta tu oreja y morder el lóbulo hasta que te removieras entre mis brazos para escapar del dolor… Luego, bajaría por tu garganta… mordería ahí, en la curva del hombro y el cuello… mordería muy duro, para que tuvieras mi marca durante días… - Se relamió los labios, siguiendo con ojos voraces los dedos de Fingolfin, que obedientemente trazaban el recorrido descrito por sus palabras y por un momento, la mano del chico cubrió el punto donde aparecería la mordida, cual si la ocultara del mundo -.  Seguiría bajando por tu pecho… - Observó cómo los dedos de Fingolfin se detenían en el pezón izquierdo, circundándolo y pellizcándolo ligeramente, sin esperar su descripción y continuó diciendo, con voz más ronca cada vez: - Definitivamente, eso es algo que haría: lamer y morder tus pezones hasta que estuvieran duros y tú saltaras debajo de mí. Entonces descendería por tu abdomen… tu vientre se estremecería y contraería  cuando mi lengua tocara tu ombligo. Llegaría hasta tu entrepierna… en ese ángulo en que el muslo se une al torso volvería a marcarte… y entonces me movería hasta tu verga… tienes una verga hermosa, hermanito… la tomaría con mi mano para acariciarla adelante y atrás, deslizando el capullo para exponer la cabeza húmeda y entonces presionaría con mi lengua, lamiendo, saboreando… antes de tomarla toda en mi boca… hasta que la punta tocara mi garganta…

Fingolfin gimió a toda voz, los dedos crispándose en torno a su falo rígido, su cuerpo arqueándose, las primeras gotas de esperma derramándose generosamente por toda el asta, mojando su mano temblorosa. Fëanor vaciló entre el deseo de verlo alcanzar el clímax – su primer orgasmo consciente – y la necesidad de ser él quien lo llevara allí. Otro gemido brotó de los labios abiertos del chico y sus caderas ondearon, embistiendo en su mano… y Fëanor se abalanzó sobre él como una fiera hambrienta. Con un sonido similar a un rugido, le agarró la mano, entrelazando sus dedos con los del chico y con unas rudas y expertas caricias desató el estallido de placer. Fingolfin jadeó, gimió el nombre de su hermano en un reclamo incoherente y cerró los ojos mientras su cuerpo era sacudido por los espasmos con que eyaculaba en sus manos unidas.

Fëanor mantuvo los ojos muy abiertos, deleitándose con la exquisita imagen de verlo totalmente tomado por el éxtasis. Siguió acariciando la verga ya casi suave entre sus dedos, aspirando el aroma de la esencia de su hermano. Cuando Fingolfin solo yació lánguidamente contra su hombro,  el mayor inclinó la cabeza para besarle la curva de la mandíbula.

- Eso fue hermoso, hermanito -, murmuró en su oreja -. Eres una cosita deliciosa, imposible de resistir. Por Eru, Nolvo, ¿cómo haré para no devorarte delante de todos? ¿Para aguantar hasta que seas mayor?

- No tienes que. – musitó el chico, restregándose contra él como un gato -. Si me quieres ahora… no tengo ninguna objeción.

- Fue tu primer orgasmo real, chiquillo -, rio él, divertido por su coquetería.

- Y fue delicioso. ¿Podemos hacerlo de nuevo? ¿Pronto?

- ¿Quieres? – alzó una ceja Fëanor y para su desconcierto – y orgullo – sintió cómo la verga de Fingolfin temblaba contra su muslo. - ¿Ahora? – sonrió, pensando que Fingolfin tenía la justificación de la efervescencia adolescente; pero ¿y él? No hacía una hora que había tenido uno de los mejores orgasmos de su vida y desde que su hermano empezara a hablar estaba pidiendo más con todo su cuerpo.

- No me molestaría nada -, se encogió de hombros el chico; sin embargo, sus ojos brillaron de anticipación.

Por toda respuesta, Fëanor lo besó despacio, jugando en su boca hasta que Fingolfin se apretó contra él, demostrándole que no precisaba más excitación. Entonces, el mayor le indicó que se diera la vuelta.

- Probemos algo esta vez -, explicó lamiendo lentamente la nuca del menor mientras con una mano esparcía el semen todavía húmedo del vientre y el sexo de Fingolfin hacia el interior de sus muslos -. Si te gusta, la próxima ocasión cambiaremos de lugares, ¿está bien?

Fingolfin asintió, con la cabeza medio ida por los roces de los dedos cerca de sus testículos pesados de deseo y de su esfínter, que titiló nerviosamente cuando el índice de Fëanor lo acarició. Con un beso en su hombro, el mayor se movió para deslizar su verga entre los muslos tensos. Por un momento, no pudo moverse, imaginando que si ese calor lo recibía allí, ¿cuál no sería la maravilla de hundirse en ese anillo oscuro, apretado, caliente…?

- Por los cojones de Eru, Nolvo -, jadeó con esfuerzo -, me vas a volver loco.

Con manos febriles le acarició el torso mientras empezaba a moverse, embistiendo en la exquisita fricción. Instintivamente, Fingolfin se movió al encuentro de los embates, arqueando la espalda al mismo tiempo para apoyar la cabeza en el hombro de Fëanor. Un gemido escapó de sus labios al ser recompensado por su rápido aprendizaje con un mordisco en la parte baja del cuello. En su oído, contra su piel, Fëanor murmuró promesas y amenazas por igual mientras perdía cada vez más el dominio de su cuerpo y su espíritu.

Fingolfin soltó un grito de sorpresa cuando un estallido de luz y calor envolvió su alma, cegando su mente. A través de una barrera de irrealidad, percibió la mano de Fëanor que se cerraba en torno a su sexo, conduciéndolo de nuevo al clímax.

- Abre tu mente, Nolvo -, ordenó Fëanor contra su cuerpo -. Ábrete para mí, mi amor. Quiero que me sientas… quiero sentirte.

Fingolfin no sabía muy bien qué hacía: de alguna forma, un muro de hielo y cristal se derrumbó sin ruido, y de inmediato, el fuego y la luz que él creyera Fëanor estalló, enredándose con el torrente de lava que era su medio hermano.

- Oh cielos, Nolvo! – rio y rugió Fëanor -. Es hermoso. Eres hermoso, mi amor.

Cristal y fuego, oro y polvo de estrellas, blanco y rojo… sus almas se enredaron en un trenzado irrompible. El mundo dejó de existir y Fingolfin supo que los sismos que sacudían el mundo eran sus propios temblores en la cima del orgasmo. Segundos después, Fëanor gimió su nombre de nuevo y los chorros calientes de esperma empaparon los muslos de Fingolfin.

Durante un buen rato, ninguno de los dos se movió. Finalmente, Fingolfin empezó a deslizarse fuera del abrazo de su hermano con intenciones de abandonar el lecho.

- ¿Qué haces? – inquirió Fëanor, moviéndose ligeramente para besarlo en el hombro.

- Debería regresar a mi alcoba. – señaló el chico -. Es muy tarde y…

- Habrá tiempo suficiente después para que prepares tu equipaje.

- ¿Vas a llevarme contigo a Formenos? – preguntó Fingolfin, ilusionado.

Fëanor sonrió levemente y lo hizo girar frente a él para besarlo en los labios.

- Voy a atarte a mí para que no puedas ni respirar si no es de mi boca -, amenazó, juguetón -. Nerdanel pasará un tiempo en casa de su padre, así que estaremos solos tú y yo -, agregó, deslizando una mano por la espalda hasta el trasero de Fingolfin, que se dejó empujar contra el cuerpo musculoso de su hermano -. Van a ser los mejores meses de mi vida. Pero ahora… ahora solo quédate conmigo esta noche, Nolvo.

- Y todas las que quieras, Fayanáro -, aceptó, usando la forma más antigua del nombre materno de su hermano mientras se acurrucaba en su pecho. – Todas las que quieras.

- Mhm. Me gusta eso. – ronroneó el mayor -. Y como dices mi nombre también.



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